Los maquinistas de tren han llamado a la huelga y es como la primera revolución postsanchista, una revolución proletaria y carbonífera, como aquéllas que eran más por la vida que por el trabajo, cuando los obreros morían dentro del carbón como dentro de un volcán. A Óscar Puente, tan emocional, la huelga le parece sólo fruto del “estado de ánimo” de los maquinistas, adjudicándoles una especie de viudez histérica en vez de la lógica preocupación por su vida, por su futuro y por la situación herrumbrosa y cochambrosa del ferrocarril en España. Los maquinistas parecen ya navegantes colombinos o pilotos de biplano, embarcan sin saber si se los llevará por delante una racha de viento, una serpiente abisal, una brida suelta, una cuaderna podrida, el escorbuto de la sangre o del acero, o incluso Koldo vestido de pirata o de luchador de sumo. Tienen razones para estar hartos, pero esta huelga se empieza a merecer lo de revolución porque, además, el obrero ejerce de vanguardia de la conciencia social con su cabreo vaporífero. Nuestros sindicatos “de clase” sólo montan homenajes para sus políticos con mano roja de gambón, o pícnics para liberados (Pepe Álvarez lleva siempre una manta de pícnic haciendo de bufanda). Pero estos maquinistas no hacen politiquilla ni canapés, hablan del trabajo y de la vida, por ellos y por nosotros.
Entre las muertes de estos días, aún más crueles por evitables (cuando todo está manejado por la incompetencia, los accidentes no son accidentes sino consecuencias), están las de tres maquinistas, a los que no podemos olvidar como si fueran esos porteadores de Tarzán que se morían inevitablemente en cada expedición, cayendo al vacío como si ese fuera su trabajo, el sacrificio más que el porte. Los maquinistas también eran los que sufrían los meneos y los sustos de frente, con la responsabilidad y los instrumentos temblando en las manos, como un cirujano. Ellos contenían el miedo y el peligro, o lo esquivaban, mientras a los pasajeros sólo se nos derramaba el café, o sólo perdíamos la tarde, o como mucho teníamos que montar el campamento en el vagón, algo que entonces nos parecía inaceptable pero aún quedaba muy lejos de morir repentina, primitiva y absurdamente, como en una estampida o en un alud.
Eran los maquinistas los que avisaban a Adif, pero diría que, aún más, eran los que de verdad iban llevando la cuenta de los percances y los sobresaltos, que se les quedaban ya dentro como carbonilla o como astillas. Quiero decir que Adif recogía los cables o rellenaba un bache para hacer, en la siguiente incidencia, otra vez lo mismo, mientras que era el maquinista el que iba sintiendo, en los huesos como en la vía, esa acumulación de la mecánica o del destino que iba acercándose a la inevitabilidad. Ellos, los más conscientes desde el principio, son también los más conscientes ahora, y por eso convocan esta huelga. La huelga, que Óscar Puente cree que está entre la sentimentalidad gremial y el desahogo del camarada, yo creo que es la acción evidente del que ha sido más consciente desde el primer momento. Mucho más consciente que los técnicos que están tras las cristaleras, mirando la vida o la muerte como una pecera, con el cargo político detrás; mucho más que esos cargos políticos, cuya misión y obediencia son políticas, y mucho más que el ciudadano, que yo creo que no podía concebir (que aún no puede concebir) que se nos pudran las vías del tren, los cables eléctricos, los servicios públicos, los partidos políticos, el Estado de arriba abajo, como un olmo, y la democracia grandilocuente por un pico, como un libro viejo y anacreóntico.
Óscar Puente, haciendo como de ministro invitado o sobrevenido, como aquel embajador de Cantinflas pero sin la altura del personaje de Cantinflas, insistía en su rueda de prensa en que no hay que especular, en que hay que esperar a la investigación, en que no se pueden adelantar las causas, que es lo que siempre dicen cuando huelen a chamusquina (cuando huelen a chamusquina en algo suyo, no en algo de la oposición, que entonces enseguida encuentran al culpable, al asesino, a la bruja, y empiezan a quemarlo por los pies antes de que se ponga la luna). Para empezar a suponer lo que puede tardar un dictamen oficial, no tenemos más que recordar el apagón, que siguen investigando como si fuera el Big Bang, o que no están investigando, o que ya investigaron y no nos enteramos. Pero los maquinistas son los que siempre han estado ahí, antes que nadie, como en el frente, como en la trinchera o en el periscopio, sintiendo cada vibración, cada golpe y cada crujido, y luego tocándose la cabeza o las tripas. Quizá hasta acariciando a su máquina después del susto, como se acaricia a un caballo de batalla que ha sobrevivido y te ha hecho sobrevivir. Si los maquinistas piden seguridad, es que no hay seguridad. Si los maquinistas van a la huelga, no sólo tenemos que suponer que tienen razón, sino que deberíamos ir a la huelga con ellos.
Se empieza por un maquinista, por un minero, por un obrero textil, y puede tener uno una revolución. En este caso, al menos una revolución mental, la que nos haga darnos cuenta de que realmente se nos está pudriendo el país como un estanque, de que se nos está cayendo el país como una tapia de cementerio. No son sólo los trenes ni los enchufes, es el abandono de todo lo público que no signifique mordida, botín o propaganda. Los ministros son tuiteros, son lacayos o son bandidos, el presidente no gobierna sino que sólo se compra votos y palmeros, y lo demás va sobreviviendo o sobremuriendo entre la inercia y el azar, hasta que revienta algo o hasta que reviente todo. Incluso hasta que revienta la carne mortal, rosa e inocente del ciudadano, que empieza a ser un sacrificio en aras de la política. Los maquinistas, como mineros por fuera, como ciudadanos por dentro, van a la huelga, eran los primeros en el tren y van a ser los primeros en la sociedad. Tendríamos que ir a la huelga con ellos, que no se trata de su futuro sino del de todos.
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