Ya han encontrado a Boro, el perro negro, como de carne y metal, que sobrevivió entre la carne y el metal de Adamuz. A lo mejor es a esto a lo que Óscar Puente llama “suflé emocional”, que igual que los maquinistas se ponen en huelga porque se les ha metido carbonilla en el ojo, el personal se emociona con la historia de un perro, y así se nos pierde de vista la realidad, o sea la edad dorada del ferrocarril español y la gran gestión del Gobierno en esto y en todo, en las catástrofes y en la bonanza, en la corrupción y en el salseo. Se emociona la gente con las familias muertas, yéndose con la última maleta de la vida, se emocionan los maquinistas con los compañeros muertos, como héroes de los zepelines, se emociona el personal por el reencuentro con ese animal hecho como de pizarra, al que la muchacha quiere y abraza como una niña a su pizarrín (antes los niños querían a sus pizarrines, y a todo lo poco que tenían, de una manera absoluta). Pero todo esto es un suflé emocional, o sea compañeros de armas, chicas con perro y hasta pizarrines que ha sacado uno, como si sacara las canicas de la infancia, con galaxia inaccesible dentro. Puente piensa que lo que nos pasa es que nos gusta mucho el suflé emocional, como a una trad wife la tarta de manzana, pero lo que pasa, más bien, es que no está el horno para bollos.
A ver si baja el suflé emocional, que así parece que los maquinistas volverán a su trabajo, como enanitos de Blancanieves, y el ciudadano volverá a olvidar, y el personal dejará de besar los hocicos húmedos de los perretes para besar de nuevo los morritos góticos de Sánchez. Puente no nos ve ahora llenos de pena, rabia, miedo y hartazgo, sino de queso o bechamel, o sea que para él el país tiene un calentón que es como un antojo confitero, y que ya se nos pasará con el berrinche, con el sueño o con el tiempo. “Si el suflé emocional baja y todos nos calmamos, podemos llegar a acuerdos razonables”, parece que es la frase exacta que les dedicó a los maquinistas que están pensando en la huelga o en la sublevación, o a todos los demás que estamos pensando más o menos lo mismo. Puente infantiliza la preocupación y la razón, los hace equivalentes a la histeria, que era con lo que se descalificaba antes a las mujeres. Parece que sólo tenemos uno de esos días en los que nos ponemos a hacer panqueques, a magdalenizarnos el corazón y a llorar sobre los perros o los edredones. Lo peor es que uno se imagina al sotanillo de la Moncloa sacando esta expresión verdaderamente del horno, después de muchas recetas, coladores y matanzas: la expresión justa que convierta el dolor y la indignación en un delirio casi caprichoso, cercano al antojo de chocolate o de novio con moto. Están, como siempre, más pendientes del relato que de los problemas.
Puente no nos ve ahora llenos de pena, rabia, miedo y hartazgo, sino de queso o bechamel, o sea que para él el país tiene un calentón
El suflé emocional, vaya ocurrencia. A lo mejor la idea para hacer que todo esto pareciera no la culminación evidente e inevitable de la incompetencia y la corrupción, sino sólo una pataleta como de Heidi en la montaña, fue el perro. En mitad de la tragedia, con los muertos y los supervivientes compartiendo todavía como la misma ropa, una chica pedía que encontraran a su perro. Boro, perro mineral, perro de sable, ya heráldico entre la inocencia y la ingenuidad de la ciudadanía, era una petición humana y un recurso muy sentimental. Quizá alguien pensó entonces, con la gente buscando a Boro, tuiteando sobre Boro, que al personal enseguida se le va la pinza sentimental y eso era una oportunidad para que el Gobierno apareciera de nuevo con la cabeza fría y con hielo seco, sacando a técnicos con tweed y pelos locos para dar datos y catalogar herrajes (como en el Covid, sólo que entonces los muertos eran como de hilo y aquí son como de forja). El que no estuviera de acuerdo, es que tenía ya no un ataque antipatriótico sino un ataque sentimental o incluso patológico. Puente primero usó la sentimentalidad cruda y luego la hizo suflé, hinchándola aún más, como una inflamación del alma o de las glándulas parótidas, o como un furor político uterino. La cosa era, así, casi tan científica o anticientífica como lo demás.
No voy yo a defender a Puente de la ira de la gente (la ira también es un sentimiento), pero sí quiero defender a Boro de la sentimentalidad de Puente, y de las alimañas. Boro es el perro metálico o volcánico que llegó a nuestros pies regresando del infierno y de la muerte, una muerte que lo había sobreteñido de negro, como a esos cormoranes llenos de petróleo de la Guerra del Golfo. Boro es un símbolo como egipcio de la vida perdida y encontrada, sin dejar la inocencia ni la esperanza, las más puras además. Uno podría llorar por un perro y no por un político. La única lágrima que derramó Ulises en toda la Odisea, o al menos, me parece, la única que quisieron cantar las musas, fue por su viejo perro Argos. Al regresar a Ítaca, fue el único que lo reconoció bajo las ropas de mendigo. Justo en ese momento murió y el héroe lloró. Argos fue más fiel que Penélope y fue más testigo del tiempo que las batallas, la historia, las cicatrices y los espejos. Su reconocimiento verdadero le recordó a Ulises que seguía siendo Ulises. Es ese tipo de reconocimiento que sólo puede venir de otro, porque es el que te devuelve el ser cuando uno ni siquiera se reconoce a sí mismo. Ya han encontrado a Boro, el perro que ardía en negro, como una bandera pirata, y que quizá fue lazarillo de muertos antes de ser una alegoría de los vivos. Y yo me he alegrado. La sentimentalidad no nos hace débiles, sino conscientes. Si pretenden que eso, y todo lo demás, sea un suflé, desde luego no va a bajar.
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