Venezuela atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia republicana. No se trata solo de una crisis política prolongada, sino de un colapso integral que ha erosionado las instituciones, fracturado el tejido social y obligado a millones de ciudadanos a abandonar el país. Frente a esta realidad, seguir atrapados en la lógica de la confrontación permanente, de las soluciones mágicas o de las salidas maximalistas no solo es inútil, sino profundamente irresponsable. El país necesita una transición democrática realista, amplia e inclusiva, y la experiencia de la Transición española ofrece una referencia histórica que no puede seguir siendo ignorada.

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Durante años, el debate político venezolano ha estado dominado por una falsa dicotomía: o victoria total o derrota absoluta. Esta visión, más emocional que estratégica, ha paralizado cualquier posibilidad de avance. Mientras los actores políticos se acusan mutuamente de traición o claudicación, la realidad social se deteriora y la ciudadanía pierde confianza en la política como herramienta de cambio. La historia demuestra que ninguna transición democrática exitosa se ha construido desde la exclusión, y Venezuela no será la excepción.

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En este contexto cobra especial relevancia la reunión entre el senador estadounidense Marco Rubio y la líder opositora María Corina Machado, que dejó un mensaje claro: la comunidad internacional no respalda atajos ni liderazgos impuestos, sino procesos de transición legítimos, negociados y con reglas claras. Rubio fue enfático al señalar que una salida democrática para Venezuela debe pasar por elecciones libres y competitivas, con todos los partidos políticos habilitados, sin vetos administrativos ni inhabilitaciones arbitrarias. También fue claro en advertir que el liderazgo de la transición no puede surgir de designaciones a dedo, ni desde el exterior ni desde una sola facción interna, sino de acuerdos políticos amplios, construidos dentro del país y validados por la ciudadanía.

Este planteamiento desmonta uno de los mitos más persistentes del discurso opositor: la idea de que la legitimidad se puede decretar sin consenso. La Transición española entendió esta realidad con una lucidez histórica notable. Tras la muerte de Franco, España era un país marcado por décadas de represión, miedo y divisiones profundas. Sin embargo, sus actores políticos comprendieron que la única manera de evitar el colapso era ceder, negociar y pactar. Se legalizaron partidos antes perseguidos, se aprobaron amnistías, se convocaron elecciones y se construyó una nueva institucionalidad sobre la base del consenso. Nadie obtuvo todo lo que quería, pero el país ganó estabilidad, convivencia y futuro.

La pluralidad no es una debilidad: es una condición indispensable para la legitimidad democrática"

Venezuela enfrenta hoy un desafío incluso mayor. No solo se trata de cambiar un gobierno, sino de reconstruir el Estado, restablecer la confianza en las instituciones y recomponer una sociedad profundamente fragmentada. Pretender que esta tarea monumental pueda llevarse a cabo desde una sola corriente política o desde un liderazgo único es una ilusión peligrosa. Todos los sectores de la oposición venezolana, sin vetos ni exclusiones, deben participar en la transición. No existe una oposición pura ni un actor con derecho exclusivo a representar al país. La pluralidad no es una debilidad: es una condición indispensable para la legitimidad democrática.

Toda transición democrática auténtica debe comenzar con gestos inequívocos que demuestren voluntad real de cambio. En el caso venezolano, esto implica de manera ineludible la liberación plena e inmediata de todos los presos políticos, el retiro de cargos, procesos judiciales y medidas cautelares contra todas las personas perseguidas por motivos ideológicos, así como la garantía efectiva de la libre circulación dentro del territorio nacional de cualquier ciudadano, sin amenazas, detenciones arbitrarias ni restricciones administrativas. No puede hablarse de elecciones libres, negociación política ni reconstrucción institucional mientras existan venezolanos encarcelados por pensar distinto o impedidos de ejercer sus derechos civiles básicos. Estas medidas no son concesiones, sino requisitos mínimos para restablecer la confianza, desmontar el miedo y crear un clima propicio para una transición democrática creíble y verificable.

En este contexto cobra especial relevancia la experiencia comparada: los procesos exitosos incorporan activamente a los gremios profesionales, colegios, federaciones empresariales, sindicatos, universidades, iglesias y organizaciones de la sociedad civil. Estos sectores representan a millones de venezolanos que no militan en partidos, pero que sostienen el país en medio de la crisis. La reconstrucción nacional exige acuerdos laborales, pactos productivos, consensos educativos y compromisos sociales amplios. Nada de esto será posible sin la participación directa de quienes producen, trabajan, enseñan y organizan la vida cotidiana del país.

Una amnistía bien diseñada, acompañada de justicia transicional, reparación a las víctimas y garantías, puede ser el punto de equilibrio necesario"

Uno de los temas más sensibles —y al mismo tiempo más necesarios— es el de la amnistía. En el debate público venezolano suele presentarse como una claudicación moral o una negación de la justicia. Sin embargo, la historia demuestra que, en contextos de transición, la amnistía ha sido una herramienta política para desmontar el miedo y facilitar acuerdos, no una absolución del pasado. España entendió que sin garantías jurídicas no habría transición posible. Venezuela enfrenta hoy un dilema similar: sin seguridad política y jurídica para todos los actores, no habrá transición real. Una amnistía bien diseñada, acompañada de justicia transicional, reparación a las víctimas y garantías de no repetición, puede ser el punto de equilibrio necesario.

Este enfoque no responde a una ideología específica. Dirigentes del Partido Popular en España y de partidos de centro-derecha europeos lo sostienen, pero también gobiernos de izquierda, como el de Lula da Silva en Brasil, han insistido en que la solución venezolana debe construirse a través del diálogo, las elecciones y el respeto a la pluralidad política. Esta coincidencia transversal debería ser leída con atención: el mundo apuesta por el consenso democrático, no por el maximalismo.

En contraste, preocupa que algunos sectores de la oposición venezolana sigan alineándose con discursos radicales provenientes de grupos europeos como los Patriotas, que se presentan como defensores de la democracia venezolana pero que, en la práctica, han votado en numerosas ocasiones en el Parlamento Europeo de forma funcional a los intereses del régimen. Esta incoherencia revela una verdad incómoda: no todo aliado que grita más fuerte es el que más ayuda. Venezuela necesita apoyos coherentes, no retórica ideológica.

Venezuela ya agotó el tiempo de las consignas, de los liderazgos mesiánicos y de las soluciones imaginarias. El país no necesita más héroes, necesita instituciones; no necesita más enemigos internos, necesita acuerdos nacionales. La transición que viene —si es que viene— no será épica ni perfecta, pero debe ser real, incluyente y legítima.

Persistir en la exclusión, en el veto permanente y en el “todo o nada” no es una postura de firmeza moral, sino una forma de irresponsabilidad histórica. Cada año perdido en la confrontación estéril se traduce en más pobreza, más migración y más fractura social. Venezuela no puede seguir siendo rehén de ambiciones personales ni de extremismos ideológicos, vengan de donde vengan.

La lección ya fue escrita por la historia: las transiciones exitosas no las hacen los más ruidosos, sino los más responsables"

La lección ya fue escrita por la historia: las transiciones exitosas no las hacen los más ruidosos, sino los más responsables. España lo entendió cuando decidió pactar con el adversario para salvar la nación. Venezuela debe entenderlo ahora, antes de que el deterioro sea irreversible.

La democracia no se decreta, no se impone y no se hereda. Se acuerda. Y esos acuerdos solo serán posibles cuando toda la oposición, junto a los gremios, sindicatos, federaciones, universidades y organizaciones sociales, asuma que el país está por encima de cualquier sigla, liderazgo o dogma.

O Venezuela elige una transición democrática, plural y negociada, o seguirá atrapada en un conflicto perpetuo donde nadie gana y todos pierden. No hay tercera vía.
El futuro no se construye con exclusiones. Se construye con país.


Manuel Rodríguez es presidente de la Plataforma Ayuda Venezuela. Aquí puede leer sus artículos publicados en El Independiente.