Noventa años después del comienzo de la Guerra Civil aumentan peligrosamente en España los que estarían dispuestos a repetirla. Unos, como revancha; otros, como reafirmación de superioridad.
Lo que no consiguió el Gobierno con su montaje sobre los 50 años de democracia –en realidad, cincuentenario de la muerte de Franco–, lo ha logrado un escritor sin mucha trayectoria pero con una intuición insuperable para atraer los focos sobre su persona. Lo decía Borja Martínez en una reunión de redacción en esta casa tan alérgica a extremos que es El Independiente.
Les imagino ya al tanto de lo ocurrido. Arturo Pérez-Reverte y el periodista Jesús Vigorra habían organizado unas jornadas en Sevilla bautizadas como 1936: ¿La guerra que todos perdimos? (que debían celebrarse la próxima semana), pero uno de los invitados, David Uclés, autor de La península de las casas vacías y que ha ganado el Premio Nadal con La ciudad de las luces muertas, anunció el pasado domingo que no asistiría para no compartir cartel con el ex presidente José María Aznar y con el ex secretario general de Vox, Iván Espinosa de los Monteros, porque, según él mismo explicó, "han hecho zancadillas a valores democráticos y a medidas que nos conforman como una sociedad moderna y empática". Se montó el lío.
Al final, los organizadores decidieron el pasado miércoles suspender las jornadas por una "campaña intolerable de presiones desde Podemos y desde medios afines sobre algunos de los participantes". Y el lío aumentó mucho más, hasta contagiar a unas redes sociales ansiosas de posicionarse, de marcar tendencia, de decir barbaridades. He aquí, por ejemplo, lo que dijo en X Máximo Pradera –no hace falta ubicarle ideológicamente– sobre el tema: "En relación a las jornadas que Pérez-Reverte se ha tenido que meter por salva sea la parte, hay que admitir que el cipotudo plagiador podría haberse esmerado un poquito más y titular: "1936: la guerra que empezó sola y a la que Franco no le quedó más remedio que poner orden".
No he leído la obra de Uclés, pero he intentado comprenderle. Recomiendo una extensa entrevista que le hizo Jesús Ruiz Mantilla en El País el pasado 29 de enero. Sirve para acercarse al personaje. Sólo citaré una de sus respuestas: "¿Qué es escribir? ¡Vivir! Vivir y luego contarlo. Si me va muy mal, muy mal, si me cancelan porque llevo boina, me voy a Praga, a Dinamarca, a cualquier país que me guste, y soy feliz".
David Uclés es un ejemplo casi perfecto y un tanto impostado de la España intolerante
Queda claro que este hombre es feliz, aunque luego, en la misma entrevista, cuenta lo que ha sufrido durante su niñez y juventud y las humillaciones de las que fue víctima por ser gay.
De lo que no cabe duda es de que Uclés es listo. Ha sabido hacerse un hueco en el mundillo literario con su boina, tan innecesaria como grotesca sobre una melena que no necesitaría esconder. Decía Javier Ortiz, el brillante director de Opinión de El Mundo durante algunos años, ya fallecido, que la única manera de explicar por qué los etarras aparecían con capucha y boina al hacer sus comunicados era porque la boina para ellos era como su funda mental. Luis Miguel Fuentes, en estas mismas páginas, hablaba de la "boina tapón". Yo creo que la cosa va de vender libros, en una sociedad en la que el personaje es más importante que su obra, como recordaba Rubén Arranz en su última columna.
Dice Byung-Chul Han en su libro La sociedad de la transparencia: "La época de Facebook y Photoshop hace del 'rostro humano' una faz que se disuelve por entero en su valor de exposición". Y, más adelante, añade: "Las prácticas 'políticamente correctas' exigen transparencia y renuncian a ambigüedades". Sabe perfectamente Uclés dónde está y como tiene que comportarse para lograr lo que tanto ansiaba cuando se ganaba la vida como músico callejero: el éxito. La progresía –él se define como "progresista de izquierdas"– le ha utilizado como bandera de la España a la que odian los fachas. No importa si tiene valor literario lo que ha escrito –probablemente aplicar el realismo mágico a nuestra Guerra Civil aporte una visión diferente, desde luego original, aunque seguramente poco realista–, lo que importa es que este tipo provoca a los de enfrente.
Lo triste del caso Uclés es el respaldo –interesado– que ha tenido, no sólo entre los escasos seguidores de Podemos, sino entre la progresía oficial, la que vive de su proximidad a la Moncloa; los intelectuales orgánicos, a los que este joven escritor ha subyugado con su desparpajo y su ingenuidad impostada.
Revivir ahora las dos españas –con minúscula– no sólo es anacrónico, sino ciertamente peligroso. Escucho a jóvenes que nacieron mucho después de haber muerto Franco hablar de la dictadura como si hubieran pasado meses en la cárcel de Carabanchel o hubieran sufrido torturas en la Dirección General de Seguridad (DGS). ¡Cómo echo de menos la España en la que Fraga y Carrillo podían darse la mano y discrepar sin insultarse! Pero esa es la España de la Transición, de la que algunos recelan porque fue una "traición" al antifranquismo, o al franquismo.
Miro con nostalgia al periodista y escritor Manuel Chaves Nogales, que dirigió el periódico azañista Ahora, y que se marchó de España en 1937. Dice en el prólogo de su libro A sangre y fuego: "De mi pequeña experiencia personal, puedo decir que un hombre como yo, por insignificante que fuese, había contraído méritos para haber sido fusilado por los unos y por los otros".
En medio de esta barahúnda de despropósitos, hay que apelar al sentido común, a salvaguardar un sistema que, con sus defectos, garantiza la convivencia, la libertad y la disidencia. Espero que no tengamos que hacer nunca lo que tuvo que hacer Chaves Nogales: "Me fui cuando tuve la íntima convicción de que todo estaba perdido y ya no había nada que salvar, cuando el terror no me dejaba vivir y la sangre me ahogaba. ¡Cuidado!".
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