No sabéis lo que cuesta coser un botón, esperar sentados, levantar la persiana de un negocio, comprar un periódico en papel, subordinar una oración, regalar un buenos días, cobrar el paro.

PUBLICIDAD

No sabéis el tormento que da ver un telediario, evitar las multitudes, estudiar cada noche, colgar un cuadro, confiar en el gobierno, tolerar un tuteo, regalar un libro y blasfemar por lo bajo.

PUBLICIDAD

Ignoráis la trabajera de saludar a un vecino, de enfundarse una L, de varear un olivo, de viajar en autobús, pagar los autónomos, no perder el hilo ni padecer de algo. Lo que cuesta respetar una cola, preparar un examen, estrechar una mano sin respetando jerarquías y tratos, dormir de un tirón, razonar con un necio, educar a un hijo, separar la basura, reprimir un taco.

Sin daros cuenta, habéis olvidado el montante de tener una idea propia, ordenar un armario, defender una tesis, pasar desapercibidos, programar una lavadora, entender a Kant, escuchar un disco, ingresar el IVA, progresar despacio.

Ignorantes del valor de las cosas, dejasteis de estar al tanto de lo que cuesta tomarse un café, del valor del subjuntivo, de cuidar un árbol, enseñar modales, perdonar a un enemigo, escalar un monte, cenar todos juntos, no tener razón, sentar la cabeza, ensayar un tango.

Rodeados de luces, mentiras y recados, preferisteis no conocer cuánto esfuerzo lleva hablar desde dentro, pensar sin muletas, pagar un plazo, qué decisiones tomar sin limitaros a salir del paso, cómo aguantar callados en un chat, cuándo escapar de un pesado, de una comisión parlamentaria o no aguantar ni un segundo a un tonto digitalmente motivado.

Obstinados en la perfección de los relatos, prescindisteis de los consejos de extraños, de la casa sencilla, del valor de un rato, de la opinión implacable del amigo, del olor de la fruta, de la vida sin el halago. No podéis ya -decís con flato- comer bien, pasear sin rumbo, planear una reforma, escanciar un vino o rematar un artículo leído cien veces antes de publicarlo.

Ignorantes del valor de las cosas, dejasteis de estar al tanto de lo que cuesta tomarse un café, del valor del subjuntivo, de cuidar un árbol, enseñar modales, perdonar a un enemigo

Porque estáis donde os pusimos no sabéis lo que es guardar un turno, estirar una nómina, hornear un bizcocho, escuchar en silencio, empujar un carro, buscar aparcamiento, cerrar los bares, preparar un examen, soñar despiertos, dejar escapar la curiosidad sin pensar en el barro. Aunque no lo buscabais, estáis ya muy lejos del candor de los poemas, del abrigo del silencio, de subiros a un tren, de no picar entre horas, de decir lo siento, de gritar en un concierto, de pedir una beca, de mirar al techo o rellenar el vaso.

Conscientes de que todo os lo procurábamos, ajenos al peso de las cosas, dejasteis de reconocer los errores, de conducir el coche, de leer cada día, de castigar las faltas, de tomar el sol, de pasar por casa, de lavar un plato o de subrayar un párrafo. Y he aquí que, metidos en harina, rodeados de luces y de buenos vasallos, empezasteis a hablar como los sabios, a evitar la calle, a caminar con prisa, a insultar sin tasa, a engañar a ratos, a comer enclaustrados y a hablar en parábola mientras mirabais de lado.

Mientras enredábamos con la baliza por no volver al fútbol o descontar el paro, mientras dudábamos en seguiros en X o en apuntarnos al gimnasio, empezasteis a alejaros más y más, a poner distancias, a pedir respeto al poder establecido incapaces de establecer un poder respetado, a compartir vídeos perfectos y a sonreír sin labios, a hablar por decreto, a ensanchar las trincheras y a marcar el paso, erigiendo parapetos desde donde ejercer de próceres sin exponer el flanco.

No sabéis ya callar cuando no sabéis de algo, no podéis hablar del futuro ni del otro sin mentar el fango, no escapáis a derecha e izquierda de la tentación de anunciar cada día el apocalipsis y su espanto, de posar de cínicos o de parecer de mármol, ni de caer en las trampas del Ozempic mientras otros penan con la mancuerna y una dieta de rábanos.

Quizá porque en el fondo sois iguales que nosotros, porque habéis olvidado cómo hablarle a la gente mientras os las dais de bravos, porque vivís apartados del ritmo de la ciudad y no sabemos perdonarlo, hemos caído ya en la cuenta de que desconocéis el peso muerto de las cosas, su precio y su rango, preguntándonos si seréis capaces de ayudarnos cuando necesitemos algo. Y eso, tribunos, visto está, nunca acaba bien.