Tiene gracia el modo en que algunos ministros y socios de gobierno ensalzan la postura de Sánchez frente a Trump. El suyo, afirman unos, no es "un patriotismo de pulsera", sino que se demuestra cuando el enemigo es más fuerte; otros, en el mismo registro, resaltan que el presidente "no se pone de rodillas", como hacen los líderes de PP y Vox, ante los deseos del "matón norteamericano".
Sitúan la negativa de Sánchez al uso de las bases españolas en el ataque a Irán como una muestra de valentía, una virtud innata en él, que le hace no tener miedo a enfrentarse al mismísimo presidente de los Estados Unidos. Nuestro líder no necesita ninguna pócima mágica, ningún druida que le nutra: su fortaleza le viene de estar siempre "en el lado correcto de la historia".
Al igual que Trump no necesita abuela para resaltar sus virtudes, Sánchez tiene un elevado concepto de sí mismo, adornado por sus palmeros. Ninguno de los dos se equivoca, los dos están en el lado correcto, aunque eso es propio de los que asumen que su papel era determinante en la historia, desde Stalin a Franco.
El problema es que Trump controla la primera potencia del mundo y Sánchez carece de peso para tratarle de tú a tú. Por muy machote que se crea, España necesita mucho más a Estados Unidos que a la inversa.
De nuevo, la izquierda recurre al quijotismo, a la imagen de David frente a Goliat, para apelar a unos valores, una superioridad moral, de los que carece la derecha. Sánchez no sólo es bravo, sino que atesora unos principios que la derecha, y desde luego, Trump, no tienen. El bueno frente al gran Satán.
La guerra no le gusta a la mayoría de los ciudadanos. A mí, tampoco. Así ocurre tanto en España -dos tercios en contra, según las últimas encuestas-, como en Estados Unidos -donde el grado de rechazo supera el 80%-. España, y su presidente, tiene todo el derecho a rechazar una intervención al margen de la legalidad internacional. Trump no puede erigirse en el sheriff del planeta, con autoridad para quitar y poner presidentes allá donde le parezca. Eso nos avoca a un mundo sin normas, nos retrotrae a la época colonial, donde las grandes potencias se repartían el mundo en función de la potencia de sus ejércitos.
Pero la guerra es un hecho. EE.UU. e Israel bombardearon Irán el 28 de febrero y acabaron con el ayatolá Jamenei y toda la cúpula del poder, destrozando las defensas de Teherán. Yo creo que no hay un plan definido de actuación, no hay un recambio que de estabilidad al país tras la caída del régimen, ahora sustentado tan sólo por la Guardia Revolucionaria y los clérigos que han sobrevivido al raid aéreo. Por eso se habla de recurrir a una especie de guerra civil en la que los kurdos harían de carne de cañón para el cambio. Pero esa es otra cuestión.
Ante esa realidad, un ataque a una nación soberana, pero también una teocracia represora y retrógrada, cada país, cada líder debe adoptar una posición clara, pero siempre priorizando la defensa de los intereses nacionales.
Lo ideal hubiese sido que la Unión Europea hubiera adoptado una posición común, que hubiese actuado como un bloque. No ha sido así. Aunque ningún país se ha mostrado dispuesto a sumarse a la guerra junto a EE.UU. e Israel, unos, como Francia o Alemania, no han tenido inconveniente en permitir el uso de las bases norteamericanas; pero España se ha negado en redondo incluso rechazando que en Morón y Rotan recalen los aviones cisterna.
El mayor riesgo para España sería perder la aportación tecnológica en defensa por parte de EE.UU. y la colaboración de sus servicios de inteligencia con el CNI
Recordemos que España sí permitió el uso de las bases con ese fin cuando se produjo el ataque a Irán el 22 de junio de 2025. La ministra de Defensa, Margarita Robles, lo justificó diciendo que eso estaba dentro del acuerdo bilateral firmado por España y Estados Unidos.
La postura de España, por tanto, ha cambiado de forma evidente en menos de ocho meses. Recordemos que tres días después de aquel ataque, también al margen del Consejo de Seguridad de la ONU, se celebró la cumbre de la OTAN en La Haya en la que Sánchez rechazó abiertamente aumentar el gasto en defensa hasta el 5% del PIB, como le pedía Trump, y limitó su compromiso a alcanzar el 2%.
El presidente español buscó un enfrentamiento directo con Trump. Desde entonces, el presidente de EE.UU. ha recordado cada vez que ha tenido ocasión que España es "insolidaria" y se niega a cumplir como hace el resto de los miembros de la OTAN.
Pero este nuevo revés a las pretensiones de EE.UU. es aún más ofensivo, ya que se produce en medio de una ofensiva bélica para la que Trump necesita el apoyo de sus aliados. Como ha reflejado bien la prensa norteamericana y europea, Sánchez ha buscado ser la "némesis" de Trump. Es una jugada de alto riesgo, que puede tener beneficios políticos internos, como ya hemos comentado en El Independiente: Sánchez no sólo busca movilizar a su electorado, sino quedarse con la mayoría de los votos que aún tiene la extrema izquierda.
Cada decisión de un líder tiene efectos positivos y negativos. Para saber si la decisión adoptada ha sido la adecuada hay que saber medir cuáles pesan más.
Como Sánchez ha confesado, la movilización está pensada para unas elecciones generales, lo que hace pensar en la posibilidad de un adelanto electoral. El presidente no cree que el No a la guerra le vaya a dar rédito en las elecciones regionales en Castilla y León, porque, de ser así, hubiera convocado el Pleno del Congreso para explicar la posición de España la próxima semana, y no después de los comicios que se celebran el próximo día 15.
Pero bueno, supongamos que hay un efecto electoral positivo -sea el que sea- derivado del No a la guerra. Punto para Sánchez.
Ahora bien ¿Cuáles son los efectos negativos de una campaña que tiene como fin evidenciar su desafío a Trump?
No sabemos aún cómo se va a concretar la amenaza del presidente de EE.UU. de romper las relaciones comerciales con España, hecha en la Casa Blanca y al lado del canciller Merz.
El mayor riesgo, sin embargo, para nuestro país, no es que se limite la exportación a EE.UU. de aceite, vino o jamón (cosa que, por otro lado, no puede hacerse de forma individual con un país de la UE), sino por una doble vía:
-Restringir la cooperación tecnológica con la defensa española.
-Restringir la colaboración de sus servicios de inteligencia con el CNI.
Recordemos que la mitad de nuestros cazas (F-18) tienen tecnología norteamericana. Nuestros buques más sofisticados (como la fragata Cristóbal Colón que se va a enviar a Chipre), cuentan con tecnología de patente norteamericana, así como los carros de combate más modernos (Pizarro, fabricados por Santa Bárbara, filial de General Dynamics).
Sin la tecnología norteamericana (e israelí), la defensa española quedaría muy mermada. Eso es algo que sabe toda la cúpula militar española y, naturalmente, la ministra Robles.
La colaboración en inteligencia es crucial para la información estratégica de las FAS, y también para la lucha antiterrorista. Como afirma una persona que conoce de cerca esta cuestión: "Mucha de la información sensible del CNI tiene como fuente a Estados Unidos".
No es, por tanto, baladí pensar que si Trump quiere tomar alguna represalia contra España lo haga justo en esos dos campos: tecnología e inteligencia. Las consecuencias de ello se verán a medio plazo, como sucedió cuando el gobierno de Rodríguez Zapatero decidió retirar las tropas españolas de Irak. España tardó muchos años en recuperar el status que tenía antes de 2004.
Tampoco hay que echar en saco roto las consecuencias geopolíticas de ese cara a cara con Donald Trump. Es indudable que el principal beneficiario de esa pérdida de confianza de Estados Unidos en el gobierno español es el reino de Marruecos. Rabat ya es un aliado estratégico de Estados Unidos y su ascenso en el ranking de amigos proviene de la primera administración Trump.
No es probable que Estados Unidos decida llevarse las bases a Marruecos, apuntan fuentes militares, pero no hay que descartar que Trump se muestre proclive a aceptar la idea del 'gran Marruecos', el sueño que comenzó a acariciar Hassan II, que supondría para España perder la soberanía sobre Ceuta y Melilla, y que ahora estaría tentado de hacer realidad Mohamed VI.
Hay, como puede verse, un aspecto positivo para Sánchez, al menos desde el punto de vista teórico, como es la rentabilización política de su desafío a Trump. Sin embargo, los riesgos que asume al adoptar esa postura de enfrentamiento abierto, sin matices, son evidentes, no tanto para él como para España. Sánchez está decidido a arriesgarlo todo con tal de permanecer en el poder.
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