El juicio del caso de las mascarillas se convirtió este miércoles en el caso de la financiación irregular del PSOE. Víctor de Aldama, el comisionista que se forró con la venta de mascarillas a ministerios, empresas públicas y comunidades autónomas, tardó poco tiempo en elevar el tiro con una declaración inculpatoria para el Partido Socialista y para el presidente del Gobierno.

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Durante ocho horas, Aldama relató la entrega de dinero en efectivo a Ábalos y Koldo (10.000 euracos para sus gastos) proveniente de comisiones de empresas constructoras y otros chanchullos, como el petróleo venezolano. La pega es que en este proceso no se juzga si hubo financiación irregular del PSOE (eso lo investiga la Audiencia Nacional en una pieza que está secreta), y tampoco si la X de la trama corrupta es o no Pedro Sánchez.

Aldama no dijo nada sobre si el presidente del Gobierno sabía la comisión que se cobró por la compra de mascarillas y cuanto de ese dinero se quedaba en los bolsillos del ministro de Transportes y de su asistente. ¿O es que el PSOE sólo se financió irregularmente por las comisiones de constructoras y no por el dinero de las mascarillas, que supuso un gasto de dinero público de más de 50 millones de euros? ¿De ahí no se llevó nada el PSOE?

El comisionista arrepentido (que asimiló en su declaración el ser empresario con tener una moral demasiado laxa) no tuvo empacho en narrar como él personalmente llevaba dinero al despacho oficial del ministro Ábalos. Cuando eran cantidades pequeñas –de 50.000 o 60.000 euros–, dijo, lo llevaba en sobres; si eran más grandes, como una vez que llevó 250.000 euros, lo llevaba en una mochila.

El comisionista arrepentido habló muy poco de las mascarillas y mucho del PSOE y del presidente

Todo eso está muy bien, pero ¿dónde están las pruebas? Su testimonio tiene valor por que es auto incriminatorio, pero Aldama no pudo aportar ningún dato más allá de sus apuntes ya conocidos. Para ser creíble tendría que haber dado algún indicio, algún detalle de la procedencia de ese dinero en efectivo. ¿Dónde lo guardaba él? ¿Qué día llevó esas cantidades al ministerio? ¿De qué obras procedían esas comisiones?

Una declaración ante el Supremo no es largar en una tertulia donde se pueden decir muchas cosas para agradar a la audiencia y con eso basta.

Aldama, hay que reconocerlo, ha aportado datos que han permitido a la UCO aquilatar una organización delictiva en la que, como dijo el teniente coronel Balas, había una bicefalia clara: Ábalos era el conseguidor y Aldama el que mandaba de verdad, porque era el que pagaba. Pero la UCO no ha ido más allá. Al menos en esta causa, el PSOE no aparece en los informes de la Guardia Civil, ni tampoco Sánchez.

Da la impresión de que el comisionista se ha habituado a ser la estrella del firmamento mediático y que sus actuaciones obedecen más a ese afán de protagonismo que a aportar pruebas o indicios que puedan llevar a la imputación del presidente del gobierno.

Lo que queda, tras su declaración, es un relato que puede ser coherente, que es atractivo desde el punto de vista periodístico, pero que carece de sustento desde el punto de vista probatorio.

Los jueces del tribunal escucharon atentamente, dejaron explayarse al acusado sin poner coto a sus acusaciones –pese a las protestas de algunas defensas–. Sus señorías tienen ya mucha experiencia en estas lides y me temo que no se van a dejar influenciar por el ruido... si es que detrás no hay nueces.