El hantavirus de los Andes, con nombre y huella de abominable hombre de las nieves, no da tanto miedo como el gabinete de crisis o de apocalipsis de nuestro Gobierno, con Pedro Sánchez con gorra de comodoro. Fernando Simón, del que hablábamos ayer, apenas era un telonero que había salido en monociclo a hacer declaraciones informales, que son las únicas que se pueden hacer en un monociclo, claro. A Simón tenían que pillarlo los medios entre setos o contenedores porque el Gobierno no aparecía, no decía nada, mientras nos acojonaban las siniestras panorámicas deshabitadas del barco, su posible destino en Canarias y, sobre todo, esos gráficos en los que se mezclaban repugnantemente ratas, virus y humanos agusanados. El propio presidente canario, Fernando Clavijo, ha denunciado falta de información y deslealtad institucional, porque sólo había recibido comunicaciones informales (el Gobierno entero va en monociclo, quizá) y a veces contradictorias. El barco no va a llegar a Canarias, el barco sí va a Canarias, va con infectados, va sin infectados… Yo creo que Clavijo no se da cuenta de que aquí pasan los desastres, y hasta los apocalipsis sucesivos, sin que el Gobierno sepa nunca qué hacer, qué va a pasar ni por qué ha pasado lo que al final pasó. Con decir que en el gabinete está Óscar Puente...
Hay gabinete, pues, aunque, eso sí, han tardado un poco en reunirse o en conjuntarse, como si fueran los Vengadores, que ahora caigo en que podría ser buen nombre para el grupito (el mismo Iron Man llega a decir en las pelis, fúnebremente, que ellos son los Vengadores, no los Preventores, justo como nuestro fúnebre Gobierno, que no previene ni arregla nada pero atiza luego a los supervillanos con guantelete de la derechona). En el gabinete vengador están Mónica García, activista de sus activismos y desertora de la medicina (como María Jesús Montero, por cierto); Óscar Puente, ministro de troleos y entierros (lo de Adamuz, y lo de todos nuestros trenes, lo arregló él enseguida planchándose el traje negro y la boina negra); Marlaska, el único más gafe, más lúgubre y más quemado que Puente y hasta que Sánchez; Albares, que hace política exterior doméstica para Sánchez, como una mucamita de la Moncloa; y Ángel Víctor Torres, ministro, ya lo sabemos tras el covid, sólo de la cogobernanza, o sea del escaqueo. Y Sánchez, claro, oh, capitán, mi capitán. Están estos, que sepamos, que luego lo mismo hay un comité de expertos laterales, traslúcidos o inexistentes, o se incorpora Simón con peluca y explicaciones de Harpo Marx.
Resulta que nuestro gabinete no ha decidido nada, que no sabía qué hacer y seguiría sin saberlo si no se lo llegan a decir la OMS y la Unión Europea.
El barco va hacia Canarias, entre aberraciones ópticas y aberraciones lógicas o políticas, y el hantavirus va viento en popa hacia nuestros titulares, pero por lo menos ya tenemos gabinete de crisis. Están todos los que tienen que estar, y están curiosamente los mismos que estaban en el Gobierno ayer y anteayer, y que no sabían qué hacer con el hantavirus, con el barco ni con el españolito que no entiende de microbiología ni de nada, y al que sólo le salía Fernando Simón dando de comer a las palomas o cosiéndose un botón, para tranquilizarlo o para rematarlo. Quizá nuestro gabinete tenía que estudiarse la cosa, consultando grandes tomos alquímicos o ferroviarios (la Espasa la recuerda uno como un gran tren expreso, hasta con olor de grasa y humo). Más o menos igual que esos libros de trenes, ingenieriles, infantiles o de origami, que se estudiaba Miss Asturias en la biblioteca. Pero resulta que nuestro gabinete no ha decidido nada, que no sabía qué hacer y seguiría sin saberlo si no se lo llegan a decir la OMS y la Unión Europea. Y eso, me parece a mí, que nos ha salvado.
Después de la elucubración, la conformación, la llamada, la apertura y la consagración del gabinete de crisis, resulta que nuestro Gobierno sólo está aplicando los protocolos y las recomendaciones de la OMS y de la Unión Europea etc. Así nos lo descubrió Mónica García, que compareció un poco nerviosa y olvidadiza, como si se volviera a examinar de anatomía. Apareció por fin un ministro, apareció por fin el Gobierno, que se diría que estaba también en soleado crucero o soleada cuarentena, como en el barco, para darnos otra versión del escaqueo o de la cogobernanza, o sea que ellos iban a seguir, como no podía ser de otra manera, los protocolos y recomendaciones de la OMS y la Unión Europea etc. Era como si la ministra, el presidente y todo el gabinete acabaran de descubrir esos protocolos en un cofre o en una cueva del Mar Muerto. Nadie salió, estos días atrás, para decirnos siquiera eso, que se hará lo que dicen los protocolos. No, sólo teníamos a Fernando Simón haciendo punto, cerámica o queso.
Han tardado unos cuantos días, mientras encontraban las escafandras con espita, las gorras con ancla o a una sobrinita para la secretaría, pero ya tenemos gabinete de crisis. Y lo mejor de este gabinete es que no va a decidir nada sobre la crisis. Sí, son los protocolos de la OMS y la Unión Europea, y no, afortunadamente, los de Óscar Puente con la red ferroviaria, los de Sara Aagesen con la red eléctrica, los de Mónica García con la sanidad, los de Cerdán por el partido, los de Marlaska por las fronteras, los de Albares por el mundo, o los de Sánchez por la Fiscalía, por el Estado en general o por su casa, lo mismo en el colchón que en la fontanería. Nuestro Gobierno en realidad no sabía qué hacer, por eso no decía nada. Y seguiría sin saberlo si no hubieran llegado desde Europa, como desde la gendarmería, a poner orden. Eso sí que nos hubiera tranquilizado, saber desde el primer momento que nada de esto depende de ellos, y no ver a Fernando Simón doblando calcetines o comiendo nueces. De todas formas ya da un poco igual, que para cuando salió nuestro gabinete, el español ya estaba informado o desinformado, pasota o acojonado, cansado o escarmentado, por sí mismo y seguramente sin remedio.
Te puede interesar