La playa del Tarajal no es un camposanto, pero debería serlo. Sus aguas se tragaron a más de un centenar de seres humanos en un solo día. Vidas apagadas, familias rotas, esperanzas hundidas. Ilusiones que se desvanecieron mientras el mar devolvía cuerpos inertes y la política, sencillamente, se quedó de brazos cruzados.
No fue un terremoto, no fue un tsunami, no fue una DANA. Fue una tragedia anunciada. Los avisos existían. El CNI había alertado. El riesgo era conocido. Y precisamente por eso, esta tragedia merece algo más que la pantomima de un minuto de silencio. Merece respuestas. Merece responsabilidades.
Durante años, la izquierda española ha construido un discurso sustentado en una supuesta superioridad moral. Ha convertido la inmigración en su bandera, en el territorio desde el que repartir certificados de humanidad y retirar carnés de demócratas a quien osara discrepar.
Acusó a la derecha de racismo, de xenofobia, de insolidaridad. Quien pedía control fronterizo era tachado de facha. Quien alertaba de la presión migratoria de Marruecos era un alarmista. Quien proponía reforzar los medios en la frontera sur era un insensible tachado de ultraderechista, y de islamófobo.
Pero cuando más de un centenar de inmigrantes mueren ahogados bajo un gobierno socialista, toda esa indignación se esfuma como por arte de magia. No hay manifestaciones. No hay concentraciones. No hay campañas virales. No hay acusaciones de "racismo institucional". No hay peticiones de dimisión. No hay editoriales reclamando responsabilidades. No hay tuits de quienes ayer exigían cabezas.
¿Por qué ese principio deja de ser válido cuando quien gobierna es Pedro Sánchez?
Con la dana, la izquierda exigió responsabilidades inmediatas a Carlos Mazón. Se habló de negligencia, se habló de homicidio imprudente, se habló de responsabilidad moral y política. El argumento era claro: un gobernante que dispone de información suficiente tiene la obligación de actuar para proteger vidas humanas. Ese principio era perfectamente legítimo.
La pregunta que nadie quiere responder es: ¿por qué ese principio deja de ser válido cuando quien gobierna es Pedro Sánchez?
Mazón tuvo horas para reaccionar ante una emergencia meteorológica extraordinaria. El Gobierno central dispuso de semanas. Semanas de avisos del CNI. Semanas de informes de inteligencia que alertaban de una avalancha inminente. Semanas para reforzar la frontera. Semanas para instalar las barreras flotantes que, tras la tragedia, se colocaron en cuestión de horas. Semanas para preparar un operativo que pudiera disuadir o al menos, salvar vidas.
Y, sin embargo, no lo hizo. Si se pudo hacer inmediatamente después, ¿por qué no se hizo antes? Esa pregunta es un puñal clavado en la conciencia del Gobierno. La inacción también tiene consecuencias. Y cuando un Gobierno conoce el riesgo, dispone de tiempo y tiene capacidad para reducirlo, la responsabilidad política deja de ser una cuestión abstracta. También aparece una responsabilidad moral. Y esa responsabilidad exige explicaciones que, hasta ahora, no han llegado.
Existe, además, una pregunta incómoda que el Gobierno sigue sin responder. Marruecos espía con Pegasus los teléfonos del presidente del Gobierno y de varios de sus ministros. El principal sospechoso es Rabat. La respuesta de Sánchez: silencio diplomático, cambio histórico sobre el Sáhara, cesión tras cesión y sumisión.
España responde con tibieza
Desde entonces, Marruecos ha seguido utilizando la presión migratoria como un instrumento de política exterior. Lo hizo en 2021. Lo hizo en 2022. Lo ha vuelto a hacer ahora. El patrón se repite, y España siempre responde con tibieza.
¿Cuántas vidas vale la información del Pegasus? Porque si el silencio sobre el espionaje marroquí fue el precio para mantener la "buena relación" con Rabat, entonces esa misma sumisión es la que ha permitido que Marruecos abra y cierre la frontera a su antojo. Y el coste de esa sumisión queda escrito en las aguas del Tarajal: más de un centenar de cadáveres.
Los ciudadanos tienen derecho a saber ¿Qué contienen esos informes que el Gobierno se empeña en mantener bajo llave? ¿Por qué protege ese secreto con más celo que las vidas perdidas en la frontera sur?
Y mientras los equipos de rescate recuperaban cuerpos en el Tarajal, mientras las madres marroquíes esperaban noticias de sus hijos, mientras Ceuta afrontaba la mayor tragedia migratoria de su historia reciente, el presidente del Gobierno, instalado en el Palacio de la Mareta con un dispositivo de seguridad muy superior al desplegado en la frontera de Ceuta, cogía el teléfono y grababa un vídeo para anunciar su playlist de verano. La playlist de la indiferencia.
El contraste es tan brutal que duele. Frente a más de un centenar de muertos, una lista de Spotify. Frente a una frontera desbordada, un mensaje de "felices vacaciones". Frente a una tragedia de Estado, una estrategia de comunicación diseñada para proyectar lo "guay" que es el presidente. Más seguridad protegiendo al presidente en Lanzarote que protegiendo la frontera del Tarajal.
No es un error de cálculo. Es un síntoma. Un síntoma de desconexión institucional. La misma desconexión que permite a la izquierda exigir cabezas por unas muertes y silenciar otras es la que permite al presidente recomendar canciones mientras el mar sigue devolviendo cadáveres.
La playa del Tarajal no es un camposanto, pero debería serlo. No por los cuerpos que el mar devolvió, sino por la dignidad que la política les ha negado. La historia la recordará como el lugar donde más de un centenar de personas perdieron la vida mientras la política española se cruzaba de brazos y callaba.
Las víctimas merecen algo más que la pantomima de un minuto de silencio. Merecen verdad. Merecen responsabilidades. Merecen que la indignación no dependa del color político de quien gobierna.
Cuando la izquierda, que hizo de la defensa de los inmigrantes su mayor bandera, guarda silencio, ese silencio pesa casi tanto como las inacciones que hicieron posible la tragedia. Y cuando su líder, en lugar de dar la cara, se sienta a grabar una playlist para las vacaciones, la indiferencia deja de ser omisión para convertirse en desprecio.
Amigos de la izquierda, el silencio no es neutral. Es una elección. Callar cuando el poder mata es ser cómplice. El que calla pierde su esencia. Pierde su dignidad.
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