Este lunes 24 de agosto, Ucrania conmemora 35 años desde que su parlamento, la Verjovna Rada, aprobó el Acta de Proclamación de la Independencia. Este año la fecha suena distinta a cualquier otra. No celebramos el aniversario de un desarrollo estatal pacífico, sino el aniversario de una nación que libra, desde 2014, la mayor lucha armada por su supervivencia que ha vivido Europa desde la Segunda Guerra Mundial.

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El error más extendido a la hora de entender 1991 es pensar que Ucrania nació entonces como un país nuevo y joven. En realidad, el Acta de Independencia se apoyaba jurídica y moralmente en una tradición estatal mucho más larga: desde la Rus de Kyiv y el Estado cosaco hasta la independiente República Popular Ucraniana (RPU), proclamada en 1917 con capital en Kyiv. La RPU tuvo una vida corta y en 1920 fue conquistada por los bolcheviques. Sin embargo, aquella experiencia estatal permitió a los ucranianos afirmar que tenían derecho a decidir su propio destino.

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Pocos saben hoy que, durante la ocupación soviética, Ucrania tuvo un gobierno en el exilio. Durante más de setenta años, mientras el régimen soviético dominaba el territorio de Ucrania, en Europa funcionaba formalmente un gobierno ucraniano exiliado, símbolo de que el proyecto estatal no se había cerrado, sino solo interrumpido. En agosto de 1992, el último presidente de la RPU en el exilio, Mykola Plaviuk, viajó a Kyiv y entregó los poderes y los símbolos del poder al presidente electo de la Ucrania independiente, Leonid Kravchuk. Fue un reconocimiento jurídico y moral: la Ucrania actual no es un Estado nuevo, sino la continuación directa de la lucha iniciada siglos antes.

El poder soviético comprendía el peligro de esa continuidad mejor que nadie, y por eso combatió contra ella de forma sistemática y brutal. El Holodomor de 1932-1933 acabó con la vida de millones de campesinos ucranianos, no por una mala cosecha accidental, sino como resultado de una política deliberada de requisas de grano destinada a aplastar al campesinado ucraniano como base social de la independencia. Las represiones estalinistas y el llamado "Renacimiento fusilado" de la década de 1930 privaron a la nación de toda una generación de escritores, científicos y artistas. La rusificación de la educación, la lengua y el espacio cultural perseguía un único objetivo: relegar la identidad ucraniana a un lugar periférico, secundario, condenado a desaparecer. El imperio perdió. En 1991, más del 90 por ciento de los ucranianos que participaron en el referéndum votaron a favor de la independencia, incluida la mayoría de los habitantes de Crimea y de las provincias de Donetsk y Lugansk, hoy bajo ocupación rusa desde 2014. No fue simplemente la disolución de la URSS: fue la elección colectiva y consciente de una nación a la que habían intentado borrar.

Un siglo después contra Moscú

El paralelismo entre la lucha contra la Rusia bolchevique y la actual guerra contra la Federación Rusa no es un recurso literario, sino una constante histórica. Entre 1918 y 1921, el joven Estado ucraniano intentó defender su condición de sujeto frente a una Moscú imperial que no le reconocía derecho a una historia propia. Exactamente lo mismo ocurrió en 2014: la anexión de Crimea y la ocupación de las provincias de Donetsk y Lugansk, en el este de Ucrania, fueron un intento del Kremlin de interrumpir de nuevo lo que no logró interrumpir cien años antes. La diferencia esta vez es que Ucrania no cayó de inmediato: se armó, construyó un ejército, reforzó sus instituciones y se preparó durante ocho años para lo que llegaría el 24 de febrero de 2022.

Tras 1991, Rusia nunca aprendió a convivir con sus vecinos en términos de cooperación

Las causas de la invasión del 2022 van más allá de una simple disputa territorial. Se trata de un revanchismo imperial: la negativa del Kremlin a aceptar como definitiva la disolución de la URSS y la pérdida de control sobre Ucrania. Ya en julio de 2021, Putin publicó el artículo "Sobre la unidad histórica de rusos y ucranianos", en el que negaba explícitamente el derecho de Ucrania a una condición estatal propia. Si la disolución de la URSS en 1991 supuso para Ucrania y otros Estados independientes una victoria histórica y una oportunidad, el Gobierno ruso sigue considerándola hasta hoy su propia catástrofe geopolítica. Rusia, tras 1991, nunca aprendió a convivir con sus vecinos en términos de cooperación y relaciones de mercado, como hace el mundo desarrollado. Rusia está dispuesta a gastar recursos ingentes y sacrificar su imagen internacional con tal de limitar, o directamente eliminar, la soberanía de los países que la rodean. Una Ucrania independiente nunca tuvo problemas graves con ninguno de los antiguos Estados de la URSS, salvo con Rusia.

Las consecuencias de la guerra serán críticas para el país durante mucho tiempo. Un número enorme de civiles y militares de todas las edades han muerto a causa de la guerra, muchos de ellos lejos de la línea del frente, a causa de los constantes bombardeos rusos. Muchas más personas vivirán con el trauma de la guerra: la pérdida de seres queridos, de sus ciudades natales, de sus propiedades. Resulta desconcertante que, en pleno siglo XXI, una nación europea siga teniendo que derramar sangre para seguir siendo independiente. El precio de la independencia siempre ha sido alto para los ucranianos, tanto a principios del siglo XX como ahora.

No obstante, hoy, gracias a esta lucha, el mundo ha conocido por fin la causa ucraniana. Los ucranianos quieren el fin de la guerra, pero no a cualquier precio. El objetivo principal es garantizar que esta guerra no vuelva a repetirse y obligar a Rusia a asumir finalmente la realidad. Oponerse a la cesión de territorios es una cuestión de principio ligada a la supervivencia del Estado. Cada concesión territorial ante un agresor ha servido históricamente solo para posponer el siguiente ataque, no para evitarlo. Para la sociedad ucraniana está claro que el llamado "compromiso territorial" no resuelve el problema de una Rusia agresiva que no ha renunciado a su objetivo de controlar Ucrania por completo.

El significado de Ucrania para el continente europeo hoy es difícil de sobrestimar. La victoria o la derrota de Ucrania es una cuestión de seguridad no solo para Europa del Este, sino para todo el continente: un precedente que determinará si el derecho internacional sigue teniendo algún valor, o si la fuerza vuelve a convertirse en el único argumento de las relaciones internacionales.

Hace treinta y cinco años, Ucrania restauró lo que se intentó destruir durante siete décadas. Es una única línea ininterrumpida de lucha por el derecho a ser sujeto, y no objeto, de una historia ajena. Hoy esa lucha continúa, no en archivos ni en actos simbólicos de traspaso de poder, sino en las trincheras, en la elección diaria de millones de ucranianos de seguir siendo ucranianos. La independencia, según se ha demostrado, nunca se conquista de forma definitiva. Hay que demostrarla cada día, y por eso tiene un precio tan alto.


Oleksandr Slyvchuk es coordinador del programa de cooperación entre España y Latinoamérica del Transatlantic Dialogue Center (Kyiv)