El rey Felipe era poca cosa para el Sánchez posvacacional que, todavía con esa mirada de poner la mano haciendo de viserita, colgaba por fin su bañador carnoso, caldoso y terroso igual que un racimo de uvas. Más allá de su inquina hacia el rey, que es más alto, más guapo, más querido y más republicano que él, Sánchez sabe que el mundo está lleno de posibilidades, peligros, enemigos y ultras ultramarinos, y son mucho más manejables que los de aquí al lado. Mucho más lejos, mucho más blanca y mucho más fría que la Zarzuela o que Rabat, como si fuera la luna de Occidente, está por ejemplo la Rusia de Putin. Con Putin unido a Netanyahu, a Trump y a las mafias que, por lo visto, han montado el dudoso y siniestro negocio de vender flotadores al otro lado de Ceuta, como una mafia de balones de playa, Sánchez tiene todo lo que necesita para otra conspiración de supervillanos contra él (es el James Bond de la Mareta, con Begoña haciendo de Ursula Andress). La Rusia de Putin es otra cosa autoritaria, corrupta, feudaloide, oligarcoide y despiadada, y además con un arsenal nuclear y de toxinas capaz de acabar con el mundo varias veces. Aun así, Sánchez ha acusado de lo de Ceuta a Putin antes que a Marruecos. Le tiene más miedo a Mohamed VI con su botoncito de Pegasus y su té con moscas que a Putin con su botón nuclear y su caramelo de polonio. 

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Los chicos del sotanillo de la Moncloa, o del sotanillo de la Mareta (me los imagino con tinto de verano y el plan para salvar al jefe de los cangrejos, la desidia y la realidad desplegado en la mesa como un cinquillo), han decidido que cabrear a Putin es mejor que cabrear a Marruecos. Incluso es mejor que cabrear al rey Felipe, que no se cabrea o si se cabrea no se lo vamos a notar, como si fuera un guardia de Buckingham de sí mismo. No es que los chicos de los trucos y de la fontanería hayan pensado que Putin ya tiene bastante con la guerra de Ucrania, esa guerra que no puede ganar ni perder, y con esa podredumbre que se le va notando en sus palacios de mantequilla, su economía de mantequilla y su cara de mantequilla. O sea que Putin ya tiene bastante con lo suyo como para preocuparse por Sánchez. No, los chicos de los malabares y del escapismo lo han hecho precisamente para que Putin se fije en Sánchez, y salga una portavoz del Kremlin, fría como una ajedrecista rusa, toda geometría y metacrilato, a hablar del asunto. Sánchez ya tiene una guerra, otra más, lejos de las de verdad.

Sánchez nos ha metido en otra guerra que, esta vez, con Rusia, parece que trae automáticamente rompehielos, submarinos y espías lánguidas que asesinan con la frigidez. Pero es una guerra propagandística, a la vez doméstica y lejana, provocadora y cobardona, como todas las de Sánchez, y Putin le va a hacer mucho menos caso de lo que le gustaría a nuestro presidente. Sánchez se mete en muchas guerras para ser un pacifista con pandero de flecos y voz de flauta (en lo de Aimar Bretos competían los dos por aflautar su afonía y por percutir el vacío, algo que resultaba un empeño curioso). Pero es la única clase de guerra en las que va a meterse, que las del ahora y el aquí no le gustan, ni para usar argumentos ni para usar munición. Fíjense que, más de un mes después del asalto, o, mejor dicho, descendimiento humanitario, los militares de Ceuta acaban de recibir permiso para llevar armas, que antes parece que sólo llevaban barras de pan. Menos mal que Marruecos no ha intentado tomar otra vez el Perejil, que Sánchez hubiera mandado a los soldados sólo con bocadillo de mortadela, o no hubiera mandado soldados, claro, sino a Albares vestido de lagarterana, como en lo de Gila.

Sánchez espera que hablemos de Putin, que caigamos en la trampa de su sotanillo como en la de una espía rusa con caderas de rompehielos

Sánchez es un broncas muy comodón que evita el cuerpo a cuerpo y se va siempre lejos en la historia o en el mapa para buscar a su enemigo, un enemigo que, si acaso existe realmente o está vivo actualmente, luego no lo toma demasiado en serio, claro (Trump no lo distingue de un mariachi y Putin seguro que no lo distingue de un jamón). Sánchez se va quedando sin nuevos enemigos para sus nuevas excusas y ya tiene que irse a los polos, a las estepas, a las novelas con ventisca y cuenta atrás. Es cierto que Rusia no deja de desinformar, de trolear, de bulear, y hasta de mandarnos física o alegóricamente a “Natashas putrefactas” (Umbral, si no recuerdo mal) que nos desangelan el espíritu y nos acarambanan la picha mediterránea. Pero no ha sido Rusia la culpable de lo de Ceuta, aunque se haya aprovechado de los memes y del caos, un poco como si fuera Óscar Puente. Sólo el sanchismo se atreve a negar la evidencia, la guerra híbrida, el uso de la inmigración como gota china, los intereses de Marruecos sólo equiparables en transparencia a su desinterés. Hasta la amenaza de Pegasus se hace ahora más evidente y apocalíptica, al darnos cuenta de que Sánchez prefiere cabrear a Putin, con el maletín nuclear al lado del maletín del desfibrilador, antes que a Marruecos. 

Aquí estamos, mirando a Putin con cercanía, espanto, curiosidad y extrañeza, como a un explorador o mamut congelado. Es lo que Sánchez buscaba, otro enemigo remoto y tremebundo para que no lo miremos a él, que sigue de pesca o de nudismo, política y físicamente, así arda o se hiele España. Mientras hablamos de Putin como de una guerra en el Ártico, el Sánchez apepinado escapa de Ceuta o de la Mareta en moto acuática o en minisubmarino también apepinado, y Marruecos avanza en sus objetivos. Esto de Sánchez no tiene nada que ver con Putin ni con Ceuta, como no tiene nada que ver con el rey cuando lo saca como si lo sacara, verdaderamente, de una baraja. Simplemente, ya no le basta con las excusas y distracciones caseras, con el duro de Franco o la monarquía de Franco. Sánchez espera que hablemos de Putin, que caigamos en la trampa de su sotanillo como en la de una espía rusa con caderas de rompehielos. Pero el personal ya no cae. Incluso mirando a Rusia, es imposible dejar de ver a Sánchez en su pereza, en su abanicazo, en su desprecio, en su deserción o traición. Es imposible dejar de ver los pies de Sánchez colgados en la Mareta como dos peces vela. Es imposible dejar de ver a Ceuta convertida en un monzón y a Sánchez convertido en señor vasallo de Marruecos, tendido bajo las palmeras, coronado de dátiles como pezones, o al revés.