En Estrasburgo, Ursula von der Leyen pronunció una fórmula que no existe en los tratados: Canadá como primer «miembro asociado» de la Unión Europea. Terminado el anuncio, abrazó a Mark Carney. Hubo cordialidad, la que corresponde a un reencuentro. Hubo también otra cosa, que nadie se molestó en nombrar.

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Canadá no va a ingresar en la Unión. El artículo 49 del Tratado reserva la adhesión a los Estados europeos, y Ottawa no la busca. Tampoco existe, jurídicamente, la condición intermedia: queda por ver si los Veintisiete la traducen algún día en acuerdos de defensa, tecnología y energía, o si se queda en etiqueta. Qué derechos traería, qué obligaciones, es algo que nadie puede decir todavía.

El nombre importa menos que la fecha. Alguien consideró necesario inventarlo ahora.
Durante tres décadas Europa organizó su prosperidad sobre cuatro supuestos que nadie se detenía a examinar: que Estados Unidos garantizaría su seguridad, que Rusia suministraría energía barata, que China fabricaría lo que ya no compensaba producir, que Oriente Próximo se quedaría al otro lado del Mediterráneo. A eso se le llamó interdependencia. La palabra tenía la virtud de no obligar a pensar en lo que describía: una distribución de dependencias, cuidadosamente repartida.

El sistema aguantó mientras ningún proveedor decidió usar su parcela como arma. Rusia usó el gas, y después la guerra. China, las cadenas industriales. Irán, los drones y las milicias. Estados Unidos, bajo Trump, los aranceles y la incertidumbre militar. No son amenazas equivalentes. Rusia libra una guerra en suelo europeo; Washington sigue siendo el pilar de la OTAN, pero excluir a cualquiera del cálculo sería seguir viviendo en el mundo anterior.

Canadá no va a ingresar en la Unión. El artículo 49 del Tratado reserva la adhesión a los Estados europeos, y Ottawa no la busca

Rusia fue la advertencia más clara y la más ignorada. Georgia en 2008, Crimea en 2014, el Donbás: no episodios sueltos sino un método, visible para quien quisiera verlo. Europa respondió con sanciones calibradas para no tocar el gas, mientras Putin rearmaba su ejército y varios gobiernos europeos desarmaban el suyo. El Nord Stream se presentó como una tubería comercial. Era una dependencia más, enterrada bajo el Báltico. La invasión de Ucrania rompió la ficción; desde entonces Moscú ha añadido sabotajes, intrusiones aéreas y ciberataques, siempre por debajo del umbral que forzaría una respuesta militar abierta. No necesita vencer a la OTAN. Le basta con que cada provocación parezca demasiado pequeña para contestarla.

China avanzó sin ruido, ocupando los espacios industriales que Europa abandonaba: tierras raras, componentes de baterías, paneles solares, químicos esenciales, todo concentrado en un solo país. El problema no es comerciar con Pekín. Es carecer de alternativa el día que decida restringir una exportación o condicionar el acceso a su mercado. Von der Leyen lo cifró: el déficit europeo de bienes con China alcanza los mil millones de euros diarios.

Estados Unidos plantea el problema más delicado, porque exige distinguir entre la alianza atlántica y la tutela. Una política de seguridad no puede depender del temperamento de un presidente ni de unas elecciones celebradas a seis mil kilómetros. Canadá lo aprendió de golpe: la vecindad, la integración económica, décadas de cooperación militar —nada de eso lo protegió de los aranceles de Trump—. Un país que no puede defenderse sin permiso no es del todo un aliado. Es, en parte, un cliente.

Irán cierra el mapa. En marzo, un Shahed, probablemente lanzado por Hezbolá, alcanzó la base británica de Akrotiri, en Chipre. Voló bajo. Nadie lo detectó. El daño material fue escaso; el artefacto costaba una fracción de lo que cuesta el sistema que no lo vio. Semanas después, Reino Unido, Estados Unidos y los Países Bajos atribuían a Teherán una campaña de espionaje digital contra disidentes y periodistas. Una potencia media puede imponer costes muy superiores a sus recursos si combina tecnología barata, intermediarios armados y disposición a arriesgar.

Marruecos lo reabrió en julio. La frontera que se abrió es precisamente la que Europa le delega: gendarmes marroquíes al otro lado de la valla, dinero comunitario para el control de las migraciones, acuerdos de readmisión. La guardia del perímetro de Ceuta —una de las dos fronteras terrestres de la Unión en África— la ejerce, en la práctica, el país que reclama la ciudad desde 1956. En el vocabulario de los últimos treinta años, eso se llama interdependencia.

En ese mapa se entiende la puerta abierta a Canadá: OTAN, G7, energía, uranio, minerales críticos, Ártico compartido, Cinco Ojos

El día 30, entre sesenta y ochenta mil personas —el Gobierno español cifró el flujo en unas 72.000— cruzaron a pie hacia la ciudad. Pedro Sánchez lo llamó «violación de la integridad territorial», pidió una respuesta europea y exculpó a las autoridades marroquíes; sus propios servicios de inteligencia les atribuyen distintos grados de implicación. Diez días antes, el presidente español había visitado Argelia, rival regional de Marruecos. Ninguna pieza exime a nadie. Juntas, explican el episodio. Las redes marroquíes ya convocan la siguiente avalancha para el 23 de septiembre, el día de sus elecciones legislativas.

Después vino lo que Europa prefirió no mirar. La mayoría regresó a Marruecos en pocos días; unas trece mil personas permanecen todavía en la ciudad, entre centros de acogida y asentamientos que crecen barrio a barrio. En el campamento de la playa del Trampolín se reparten comidas a tres mil personas cada día; un millar no consta en ningún registro, y duerme donde puede. Los comercios del centro bajaron la persiana. El Ejército patrullaba una ciudad europea de ochenta y tres mil habitantes cuyo colegio de psicólogos hablaba de población en situación de vulnerabilidad. El 2 de septiembre, doscientos sesenta municipios españoles se concentraron en apoyo a la ciudad. De Bruselas llegó, semanas después, una declaración.

En ese mapa se entiende la puerta abierta a Canadá: OTAN, G7, energía, uranio, minerales críticos, Ártico compartido, Cinco Ojos. El parentesco no es sentimental. Dos potencias han calculado lo que cuesta depender de sus vecinos comerciales, y han decidido asegurarse.

Quien no ha podido cerrar su acuerdo comercial con Canadá difícilmente construirá con él una comunidad estratégica

El seguro solo valdrá si produce hechos: cadenas de defensa integradas, contratos de suministro mineral, cables submarinos protegidos, una política común para el Ártico. El instrumento SAFE moviliza 150.000 millones en préstamos militares, pero el dinero no sustituye a la doctrina. Europa no necesita otra declaración sobre un ejército futuro; necesita saber cuántos interceptores produce al mes y cuánto tardarían en llegar a Polonia o a Chipre. Y sobre todo necesita una arquitectura política que reaccione antes de que termine la crisis: si cada sabotaje obliga a veintisiete gobiernos a discutir durante semanas si ha pasado algo lo bastante grave, el agresor ya cobró su recompensa. Ceuta lo midió en semanas: España pidió a la Unión una respuesta común y terminó protestando por carta ante la Comisión por la reacción de varios gobiernos europeos.

El precedente, conviene decirlo, no invita al entusiasmo. Casi diez años después de su entrada en vigor provisional, diez Estados de la Unión siguen sin ratificar el CETA. Quien no ha podido cerrar su acuerdo comercial con Canadá difícilmente construirá con él una comunidad estratégica.

Von der Leyen abrió la puerta tarde; la abrió. Canadá no resolverá solo las debilidades europeas, pero puede ser la primera pieza de una red de democracias que no dependan de una sola potencia, un solo proveedor, una sola ruta. A esa red deberían sumarse, con fórmulas distintas, el Reino Unido, Noruega, Japón, Australia, Corea del Sur.

La autosuficiencia es imposible y no hace falta. Bastaría algo más modesto: que ningún gobierno extranjero pueda apagar la energía de Europa, paralizar su industria o quebrar su voluntad con una sola decisión. Durante demasiado tiempo llamó interdependencia a lo que era una colección de dependencias: el gas ruso, las cadenas chinas, el paraguas americano, la guardia marroquí de una frontera europea. Defenderse empieza por llamar a las cosas por su nombre.