LA ACAMPADA DE TODA LA VIDA. Por la Puerta del Sol igual que un campamento de noche de San Juan, Pepa Bueno y Xabier Fortes se paseaban como con linterna, como buscando la queimada o la letrina. De Maricarmen, con su cuartito como una pajarera y su traslado como en el pañuelito de la gente, habíamos pasado a la acampada con hornillo y atrapasueños, con calimocho y batucada, con talleres de activismo y despulgamiento ideológico. Para que olvidemos el campamento de Ceuta, la izquierda montaba la acampada de toda la vida. Lo de Sol no deja de ser esa izquierda que está toda la vida en una tienda de campaña esperando a irse a otra tienda de campaña, esa juventud a estrenar y ese pureteo hippie que se mueven aherrojados por los ombligos de causa en causa, de explanada en explanada, de rollete en rollete (hay que entender que el activismo para ellos es socialización, ocio y ligue, como para otros el tardeo, el bingo o Maspalomas). Pero esto no es el 15-M, sino una jugada política perfectamente organizada por la extrema izquierda agónica. Lo entendí cuando vi a Ada Colau, más desamparada que la propia Maricarmen (ella siempre sufre más, incluso más que la sufridora oficial de España ahora), explicándole a Pepa Bueno que había tenido que dejar su casa y se iba a vivir con un familiar, así también con el canario y la plantita. Le faltó pedir un decreto con su nombre, y eso que por su tierra no está Ayuso alimentando buitres. Ocho años como alcaldesa de Barcelona y no ha podido salir de debajo de los cartones. Eso debe de ser verdadera vocación.
España era otro campamento, o no era otro campamento porque España no son unos cientos de peloflautas (ya no van con perro, sólo con flauta y las púas de sus pintas) movidos por esas yogurinas profesionales de la demagogia, entrenadas como caniches, del recién entronizado Sindicato de inquilinas. Pero el cambio de foco convenía y TVE hacía en Sol sus telediarios, y dirigía allí sus especiales, y se paseaba por ese campamento bereber de lonas azules, de pies alacranados y pubis adunados o al revés, y pasaba el micrófono, como una piedra pómez, a esas sindicalistas de cuna, que yo creo que nacieron sindicalistas y liberadas como quien nace marqués (ya mencionaba yo el otro día que hay un casi marquesito por allí, Fernando de los Santos). Xabier Fortes, en camiseta para la queimada, se topaba por allí con Daniel Guzmán, actor conocido por Aquí no hay quien viva, que yo creo que sigue viviendo en la serie, entre el desván y el videoclub. Quizá por eso se mostraba muy preocupado por el tema del alquiler y los desahucios, a pesar de que él mismo fue condenado por agredir a los okupas que intentaba expulsar de una propiedad suya. Nada de eso importaba, porque aquello volvía a ser el pueblo metido en una tarterita, la izquierda metida en su saco y el escape perfecto para Sánchez.
DECRETO MARICARMEN O DECRETO MOHAMED. Mientras los reporteros en Sol parecían esos reporteros de turismo rural u oriental, entre gallineros, tendederos y pagodas, en el plató, con Pepa Bueno ya regresada como del Himalaya, se proclamaba el decreto Maricarmen como una auténtica anunciación (hasta Pepa Bueno hacía mucho el gesto de rezar, como una pastorcilla de belén escolar). Ayudaba a la buena nueva Jesús Maraña, como un cura de mano oleosa, y aunque Isabel Rodríguez resultaba ridícula mostrándose enfadadísima con el tema de la vivienda, olvidando su ministerio, su gobierno y ocho años de progreso, fue un acierto llamar al consejero de Vivienda de la Comunidad de Madrid. Jorge Rodrigo Domínguez es de esa gente con el cuello gordo enterrado en la chaqueta y en los ricillos engominados de la nuca (se los imagina uno aunque no estén) que sirve de contraste prefecto ante la sindicalista con la camiseta de Fanta. Esto es una batalla iconográfica, sentimental e incuso fetichista, y la derecha nunca ha sabido manejarse ahí. Por eso también invitan mucho en estos programas al especimen inmobiliario, que inevitablemente acude con corbata de nudo gordo, como a la feria de Sevilla (a TVE le gusta porque es como si viniera el rico con chistera o el buitre con frac, como el muñeco Rockefeller de José Luis Moreno). Entre los jóvenes con tachuelas en la lengua y los inmobiliarios con reflejos plateados en la solapa se nos olvidaba, que era de lo que se trataba, que el campamento de España está en Ceuta. En las noticias de Antena 3 volvía a salir la señora ceutí (ya no sale la señora ceutí, sólo la sindicalista como mojada de sopa de fuente municipal) quejándose de que no hicieran un decreto para ellos igual que para Maricarmen. Pero Sánchez lo hubiera llamado decreto Mohamed y el agraciado sería el rey del mismo nombre, que también va en babuchas y se monta tiendas folclóricas con quinqué y soñera.
MARINALEDA COMO HORIZONTE. Cuando Junts anunció su voto negativo a los dos decretos Maricarmen, que ya eran en realidad incompatibles o irrealizables, me acordé del reciente duelo entre Míriam Nogueras y Silvia Intxaurrondo. Sí, la monja con lavativa del sanchismo y la monja con lavativa del independentismo midiendo tensamente sus sonrisas de desprecio y sus indirectas directísimas. Da la impresión de que van a ganar siempre los de Puigdemont, que, como decía en el matinal de Antena 3 Nicolás Redondo Terreros, no temen llegar hasta el final. Y, sobre todo, añado yo, tienen a su favor la única aritmética que le gana al relato. De todas formas, yo diría que Junts le podría haber regalado a Sánchez su milagro. En La noche en 24 horas, Pablo Simón, que está entre politólogo y confesor de la sanchosfera, hacía este experimento mental: “Si yo fuera presidente del Gobierno, me preguntaría: ¿tengo algún tipo de evento o de coyuntura que vaya a ser más favorable para la convocatoria de elecciones que éste?”. Pronto lo veremos. Claro que uno no está tan seguro de que Sánchez prefiera elecciones a seguir explotando la revolución lacrimosa de Maricarmen o la revolución siniestra de Bolaños.
La utopía mentirosa y subvencionada es justo lo que busca Sánchez
Me resultó muy revelador que, con Maricarmen en la urnita de santo y la Puerta del Sol como un concierto de ska, TVE nos pusiera de ejemplo o de horizonte Marinaleda. Quizá, simplemente, ya veían agotado un poco el activismo de abrazar farolas y contar ladillas, o al revés. Marinaleda es diferente, es retro, es sovietista, es agropop como los Chanclas y el Koala, es como volver a la Mirinda de la izquierda. Además, es convenientemente mentira. No sólo es imposible que España entera se dedique a recoger pimientos y los vecinos construyan sus propias casas con pañuelo en la cabeza, sino que, sobre todo, Marinaleda es una utopía subvencionada. Sin tierras de la Junta y dinero público del contribuyente capitalista, Marinaleda sólo sería otro secarral de motillos con serón y parados en zócalos. Pero la utopía mentirosa y subvencionada es justo lo que busca Sánchez. Un par de reportajes más sobre Marinaleda y la revolución de Maricarmen / Bolaños podría estar más cerca que las elecciones anticipadas.
UNA MONEDA PARA RUFIÁN. A Gabriel Rufián se le está poniendo cara de mimo limosnero, de estatua de purpurina de la Rambla. Su izquierda es altanera, pomposa y matona cuando puede avasallar, como con Sánchez, a quien parecía mandar a barrer el Congreso, sus gordas moquetas floreadas de lises y granadas, como si barriera el patio frutal andaluz del señorito (Sánchez lo hacía a medias, lo suficiente para sobrevivir). Ahora, Rufián ni siquiera puede mantener sus dogmas ante el espejo, ante Gonzo en Salvados, con su cosa de psicoanalista nómada de la izquierda, ni ante la pecerita de rojales que el programa le había puesto delante (la izquierda siempre ha sido esa pecerita como de los Monty Python en El sentido de la vida). Lo mejor de la izquierda rufianesca es que puede ser derecha igualmente, si hace falta y están en peligro las lentejas. Y no me refiero a sus hermandades de sangre con los más reaccionarios del país, o sea los de Puigdemont y los de Sabino Arana, sino a que un día, como el otro día, salga Rufián con el tupé como un morrión de Abascal y sea indistinguible del propio Abascal: “Se necesita orden, vías de entrada legales, controlar las fronteras...”. “Hay quien dice: es que estás comprando el marco de la derecha”, continuaba ante un Gonzo un poco espantado (la izquierda televisiva sigue siendo izquierda de pecera, con su espanto de boqueada de pez). Pero “el marco está compradísimo, yo sólo espero competir dentro de ese marco”, se contestaba Rufián. La izquierda fue racionalista y luego magufa, fue laicista y luego proislámica, fue internacionalista y luego tribal, fue lucha de clases y luego zoco de identidades urológicas. E, igual, puede ser ahora lo que ellos mismos llamaban, hasta ayer, derecha racista. Claro que, seguramente, en Cataluña lo fueron siempre. Con el platillo y la gorguera hechos de cartón plateado, y a punto de ser desahuciado también, Rufián ya sólo pide una moneda, un voto o un bocadillo.
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