EL ESPEJO DE MEDUSA. Montse Mínguez tenía una portavocía maricarmenista y a la vez, como desveló Artículo 14, un churri desahuciador y Gran Tenedor (hay que ponerlo en mayúscula, que uno lo ve como un título a medio camino entre Gran Maestre y Mesonero Mayor). O sea, que era digna portavoz de este PSOE completamente disociado entre el discurso y los actos. Más que portavoz, Mínguez, con su presencia de Medusa, era algo así como el mascarón de proa del sanchismo, a la vez emblema y ariete. En las televisiones impías ponían las recopilaciones de sus frases sobre vivienda, espantando a los buitres desde la tribuna del Congreso, desde los atriles como brocales, desde la radio como un entresuelo invadido por palomas: “Con los fondos buitre o con las familias”, “de lo que se trata es de que la vivienda sea considerada como un derecho, no como un negocio”, “quieren echar a la gente de sus barrios, que haya desahucios…”. Pero parece que el buitre vive con ella, como en su pelo de nido, como en la paja de su discurso, y que el Gran Tenedor, como el Gran Satán, duerme en casa.

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Ante Susanna Griso, Mínguez, incluso desplumada de discurso y hasta de pelo, o precisamente por eso, seguía siendo una purista. Se quejó del “ataque personal”, “lo peor de la política”, como si el PSOE no lo usara, y mejor; como si ellos no hubieran llegado a la alcoba chorreante y al cuello de cisne de Ayuso o Feijóo, y, sobre todo, como si una incoherencia personal pudiera ser otra cosa que eso, personal. Olvidó de repente la justicia de las calles, y esa moral de los lagrimones como aldabas, para pasar a la estricta ley, a la “empresa que se dedica al alquiler y cumple la legalidad”, como si no hicieran eso mismo los fondos buitre, los Grandes Tenedores pantagruélicos, los caseros que desclavan ancianas de sus camas, todo lo que sale en sus discursos y en sus telepedros como puro mal. Susanna Griso le recordaba que ella había llamado a la empresa del caso de Maricarmen “pyme carroñera”, y eso que sólo tenía ese piso. Pero era un piso simbólico, paradigmático, modélico, algo como el piso piloto de la estrategia sanchista, con su gancho de olor a muerto como el gancho del olor a nuevo.

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Mínguez era puro sanchismo, pillado y desentendido en “0,2”, que eso dijo ella, que “se desconectaba en 0,2” si seguían atacándola con sus contradicciones, ese espejo de Medusa. “Si hay un inquilino que no paga, se le desahucia”, llegó a declarar, indistinguible de los fachas crucíferos. Aunque tampoco pasa nada con las contradicciones si se olvidan o se obvian y enseguida se pasa a reconducir la realidad hasta el relato, justo lo contrario de lo que debería hacer la política: “Estamos hablando de un tema que es el derecho a la vivienda, y para defender el derecho a la vivienda estamos los socialistas”. Mínguez, mascarón y aldabón de fiera, ya es la nueva heroína y mártir del PSOE, no sólo acribillada por la verdad sino por ella misma, que no puede haber cosa más facha ni más sanchista.


Felipe de paisano, un rey consolador.

MARRUECOS CON FRAGATA Y EL REY CON SUVENIRES. El rey Felipe, de paisano, no iba a Ceuta a espantar fragatas marroquíes ni a plantar las nuestras, que parece que sólo las sacamos en musicales o para colgar luces de la patrona. El rey iba a consolar al pueblo, que tenía él algo de padre o tío con regalo de la Península a Ceuta, regalo inverso al que nos hacía ilusión de pequeños, esos relojes o radios que parecían traídos de una aventura en Cipango. Se nos había pasado ese detalle, el rey de paisano, el rey de caramelos, el rey de los autógrafos de tenista, hasta que en Espejo público el general Rafael Dávila explicó que, siendo la primera vez que el rey va a Ceuta, tendría que haber sido recibido con honores militares, revista a la tropa, corona floreada de salvas y palomas espantadas. Recordaba yo el otro día a ese general como un acerico de estrellas que visitaba mi cuartel y ante el que había que presentar fusiles, botas y peroles relucientes, y no caímos en que a Ceuta llegaba el rey como capitán general y lo recibían como si fuera David Bustamante. Parece que el Gobierno sólo permite que hagan alarde militar por allí los marroquíes, mientras nuestros soldados van con escoba, como yo en la mili, y nuestro rey va con suvenires.

El general Dávila se fijó en el detalle que se nos había pasado.

Esta semana hemos conocido que, durante el asalto a Ceuta, buques de guerra marroquíes llegaron a entrar en aguas españolas, y hasta pesqueros más o menos camuflados, como esos pesqueros rusos, sospechosos de farol y quietud, de la Guerra Fría. Para el general Dávila no había duda de que esos movimientos, junto con la presencia de agentes y militares marroquíes entre los asaltantes y la atención de satélites espías, fueron planeados por un Estado Mayor. Nuestro Gobierno mandó sus fragatas de la Virgen, pero con discreción y como a vela, como el propio rey, y aquí no nos enteramos de nada. El viernes, las noticias de Antena 3 nos contaban que, según fuentes policiales, habría habido tres incursiones de buques marroquíes, la última el jueves, aunque el Gobierno lo desmiente. En los viejos tiempos, nos enterábamos hasta de que un Mig había hecho una pasada rasante, precisamente para que tomáramos conciencia de la amenaza, del enemigo, pero con Marruecos no pasa eso. Marruecos no es tratado por Sánchez como una amenaza sino como un vecino más despistado que molesto, al que se le cuela una fragata como una rama del plátano de sombra en tu jardín, sin mala intención. Al intentar explicar lo inexplicable, o mejor lo que tiene una explicación inconveniente, nuestro Gobierno, por supuesto, se lió de nuevo.

Vicente Vallés, que no necesita ni énfasis ni floripondios, que practica como un aikido del periodismo para desarmar la política con sus propios actos y palabras (como otro espejo de Medusa con frialdad de bandeja de riñón), iba haciendo rodar a los ministros. Ángel Víctor Torres calificaba el incidente de “rutinario” y Elma Sáiz de “puntual”, algo que hacía señalar a Vallés que “o fue puntual o fue rutinario, pero las dos cosas a la vez resultan difíciles de cuadrar”. Y aún más difíciles de cuadrar, continuaba, con la tercera versión, la de Félix Bolaños ante Ferreras, que explicaba que no se había divulgado el incidente (él único reconocido, de momento) simplemente porque “afecta a la seguridad nacional”. Apuntaba Vallés que se entiende que no se difunda información sobre detalles militares, pero no el hecho en sí. La verdad es que desvelar el incidente no menoscaba en nada nuestra seguridad nacional, sólo la tranquilidad de Marruecos y, claro, la imagen de un Gobierno que prioriza esa tranquilidad de Marruecos, que quizá también es la suya, a la tranquilidad de Ceuta y toda España. Tan tranquilo estaba Sánchez confundiendo cañoneras con plátanos de sombra que luego se fue a la Mareta, efectivamente, a buscar sombra y a no dar guerra.

Vicente Vallés surfeando las contradicciones del Gobierno en Ceuta.

PURGATORIO SIN SÁNCHEZ. Silvia Intxaurrondo, monja con pizarrín del sanchismo, no pudo sino escandalizarse, exactamente como esa monja del sanchismo, dejando caer el pizarrín y levantando las cejas como manos que claman al cielo. Quien había provocado su escándalo era la descocada Irene Montero, sacerdotisa de esa izquierda blasfema que a veces siente la necesidad de blasfemar contra otras izquierdas e incluso contra el propio Sánchez, que les dio el sustento. Le había preguntado Intxaurrondo a Montero, como la monja que pregunta la lección, si Podemos se iba a integrar en el Frente Amplio, e Irene Montero contestó que no. Fue como si hubiera contestado “no” a una pregunta no política sino teológica, como si hubiera contestado “no” a la primera y fundante pregunta del catecismo de Ripalda, ese “¿sois cristiano?” que no cabía contestar sino con toda la gracia del Señor y toda la inconsciencia de los chiquillos. Intxaurrondo, con las cejas en el cielo, como alas devotísimas e iracundas, incrédula pero aún piadosa, parecía darle otra oportunidad: “¡¿No?¡”. Montero sonreía satánicamente, como comulgando su chicle de fresa de colegiala perversa, y repetía: “No”.

Solo sí es sí y no es no: Montero desafiando descarada a una incrédula Intxaurrondo.

La izquierda unida es un oxímoron. La izquierda verdadera está hecha de purismos que se desprecian, de sectas que se odian, de mesías que se arrancan las barbas, las cejas y los aperos herreros y guerrilleros unos a otros. El único que quiere una izquierda unida es Sánchez, ni siquiera Rufián, que sólo está buscando nuevo acomodo. Después de ser algo así como el mozo de cuadra castigador de Sánchez, se prepara para volver a ser ese corresponsal ateo, cínico y amargo del independentismo en el Vaticano del Estado español. También Irene Montero busca su sitio, no ideológico sino físico, su escañito como una mecedora de abuela, que ella ya parece la abuela del negocio de su populismo, como la abuela con negocio de confituras. Igual que Ada Colau busca su mitología, siempre sacrificial y llagosa, y Maíllo yo creo que busca, aristotélicamente, algún punto entre la utopía y el posibilismo. Cuando escribo aún puede haber sustos, apreturas y recolocaciones en esta izquierda extrema que, además, también parece izquierda terminal, con mucho menos para repartir y más para pelear. Pero lo cierto es que cada uno busca su sitio, su cuartel de invierno, su consuelo, su tabernita o su chocita, que la izquierda tiene muchas. La sorpresa de Intxaurrondo, la incredulidad de Intxaurrondo, que luego le dio mucha caña a Irene Montero, con aires de venganza divina, es la sorpresa y la incredulidad del sanchismo que no quiere darse cuenta de que hasta su izquierda fervorosa empieza a buscarse la vida o el purgatorio sin él.