ERROR HUMANO. Ha vuelto a pasar lo imposible, que ya no es imposible sino cotidiano, que se nos mate la gente en trenes del infierno ante políticos discotequeros, inútiles, cínicos, siniestros, llevados por publicistas y sostenidos por esbirros y tragasables. Todavía entre el humo caliente de Urda, y como perseguido por un ovillo de metal y muertos, como esos arbustos rodantes, Óscar Puente, ministro entre la garrota y el felpudo, con sombra de árbol de ahorcado del sanchismo, aparecía como desnudo en mangas de camisa. Diría que esta gente, lo mismo ante una catástrofe que ante Broncano, no tiene nada más que ofrecernos como sacrificio o disculpa que su chaqueta de chaqueteros. Una vez entregada la chaqueta, como una capa, al mayordomo carpático, las obligaciones, y no digamos las culpas, caen en otros que, eso sí, ya te suelen entregar ellos en esos brazos peludos y escleróticos, como de mago enfermo. Lo que traía Óscar Puente en las manos amuñonadas, lo que trae en realidad siempre ese sanchismo que manda en todo sin tener responsabilidad de nada, lo que traía, además de la maderada de muertos, era el chivo expiatorio, el “error humano”, como si el sistema ferroviario de alta velocidad fuera apenas un señor con boina en un tractor.

Puente nos traía el error humano bastante temprano, caliente y morboso como los mismos muertos. Luego, los suyos se encargarían de filtrar esos audios, elegidos con mucho más cuidado que los técnicos de Adif, en los que los controladores de Atocha parece que están aprendiendo las sílabas. Pero en los programas de la mañana ya habían empezado a salir los especialistas, con la cara abombada por la incredulidad: “Los trenes están funcionando manualmente, eso es una temeridad. En el sistema automático no cabe el error humano, sólo cabe el error humano si el sistema automático no funciona”, decía el ingeniero Juan Franco en Antena 3. Luego supimos que el sistema LZB, obsoleto, que debería haberse cambiado ya, como anunció el año pasado el mismo Óscar Puente, se suele caer como la ropa de los tendederos. Y que los maquinistas llevan mucho quejándose de ese funcionamiento en manual, del abuso de la “marcha a la vista”, con silbato y catalejo, en esas “condiciones degradadas” que son las de todos los días. Y supimos que los controladores reciben presiones para no acumular retrasos en los trenes. Los que solemos coger esa vía ya conocíamos y sufríamos esos parones en mitad de los girasoles y los túneles, y esos vuelcos del café y del corazón. Ahora entendemos mejor por qué, y nos damos cuenta de que íbamos en trenes de madera a 300 kilómetros por hora.
LOS AÑOS 50 en 2026. Un sistema ferroviario de alta velocidad no puede depender en 2026 de un señor con manivela como con caña de pescar, sobre todo si has tenido tiempo, y dinero dorado de la Unión Europea, y advertencias, y hasta muertos. Pero en Telepedro no tenían mucho más, si acaso la “avería técnica”, como si pudiera haber otro tipo de avería. “Claves del accidente: una avería técnica y una orden de marcha”, rotulaban en Mañaneros 360. Lo de “avería”, además, suena a rueda pinchada, no a un problema que se repite cada día y que convierte a nuestros trenes de alta velocidad en oruguitas en fila. Lo que falla tanto ya no es avería, sino dejadez. Jesús Cintora intentaba despistar con el luto, como toda TVE (luego abundaremos en ello), así en plan Anthony Blake, y poniendo el foco en el centro de control de Atocha, mientras Salvador García‑Ayllón, ingeniero, le explicaba que “introducir el factor humano es un riesgo importante, tiene que hacerse sólo en situaciones muy extraordinarias”. El problema es que esa supuesta situación extraordinaria es, ahora mismo, lo cotidiano. “Se ha normalizado esta situación de gestión manual y estamos llevando trenes del año 2026 con la tecnología de los años 50”, resumía el ingeniero. Quizá por estas cosas, Cintora ya ve más conveniente irse al accidente de Angrois, y poner en el pantallón a Feijóo, midiéndose a un Óscar Puente que parecía ese Rocky Balboa expresionista del final de Rocky III. O quiza Fred Galiana, que es más de los años 50, donde parece que estamos gracias al ministro o a su caudillo.

CATÁSTROFE EN EL RELATO. “Vamos a seguir avanzando en el relato de la actualidad”, decía Silvia Intxaurrondo, monja con silbato del sanchismo, que todavía no era consciente de que el relato había saltado por los aires, minutos antes, en Urda. Intxaurrondo, con su agenda colegial y su corbatín colegial, con el mapa sanchista detrás como el mapa de los ríos de España de los colegios de antes (no sé si sigue habiendo mapas, ríos, colegios o España en estos tiempos); Silvia Intxaurrondo, monja de latín sanchista, tenía que que avanzar en la lección del día, en la rutina del día, ahí con la lluvia machadiana de la mañana sonando contra su latín como contra un techito de uralita. Y la lección, el relato sanchista, el Relato con mayúscula quizá, como una saga épica y fantástica, ese día eran las listas del Senado, el pacto entre PP y Vox como un pacto de sangre o un pacto de acero entre villanos germanoides o mongoloides. Un pacto tan apestoso que le evocaba a gente votando “con la nariz tapada”, gesto que, en un programa anterior, ella no había podido evitar, como una verdadera arcada.

Ya habían pasado los mítines del amor con dentera, las sobradas en lo de Broncano con Sánchez como limpiándose la boca de besos adolescentes y mocos adolescentes en la camisa vaquera, y hasta el paseo de Sánchez ante el Guernica como por un osario, que le ha costado un nuevo expediente de la Junta Electoral. Todo eso había pasado ya de moda, o con más pena que gloria, afeado su efecto publicitario por el exceso de artificiosidad y hasta por mojigangas contraproducentes (en esos tres momentos dejó Sánchez caras de pelos en la lengua, de tirantez en el cuello y hasta de slasher, que el Guernica parecía tras él un decorado de Halloween). Ya tocaba otra cosa, tocaban las conspiraciones romanas en el Senado, ése era el relato. Hasta que irrumpieron en la mañana cenicienta, en la televisión muy bien dispuesta, en la campaña muy perfumada de Sánchez y en los muchos costurones dolientes de España los trenes de Urda.
Desde la ventanita de Telepedro todo parecía transcurrir a cámara lenta, era una catástrofe chocando con otra catástrofe como un planeta chocando con otro planeta
Apenas había hablado Intxaurrondo de un “alcance” entre dos trenes, que tampoco se podía saber mucho más a esa hora. Así que era normal “avanzar en el relato de la actualidad”, seguir en la rutina de la nueva campañita que tocaba, que toca más o menos una diferente cada tres o cuatro días o Sánchez se para, se desinfla, se ahoga como si dejara de nadar en su piscina de palomitas y aplausos. A la vuelta de las cuitas del Senado, con la periodista muy empollada en el asunto que quedaba súbitamente vieja y póstuma, ya todo era Urda. Urda ha sido, de nuevo, la realidad destrozando no sólo las vidas de muchos sino ese relato de uno solo. Desde la ventanita de Telepedro todo parecía transcurrir a cámara lenta, era una catástrofe chocando con otra catástrofe como un planeta chocando con otro planeta.
LAMPARÓN DE LUTO. Diría que Sánchez y Puente se disponen a repetir el mismo traje con lamparón de luto, la misma lágrima colgando como una araña, la misma flor de papel quemado que pasearon en Adamuz. Yo creo que el sanchismo guarda el material para todas las desgracias en un arcón, grande como una carroza, y se ponen y se quitan el duelo como un disfraz de Halloween. Al fin y al cabo todos los entierros se parecen, todas las desgracias terminan en cabezada, infusión y finalmente olvido, y en el luto acaban enterradas las miserias y las perlas. Sánchez repite luto y hasta discurso, y en las noticias de La Sexta nos hacían notar que el presidente volvía a decir ahora lo que ya dijo cuando Adamuz, que se tomarían todas las medidas para que algo así no vuelva a pasar, que suena a ese “no somos nadie” de los entierros con boina en el pecho y mortaja con anís.

Mientras se buscan soluciones o, mejor, excusas, el luto viste mucho y de verdad, el luto oficial es físicamente una capa o capote de luto, como lo que soltó Puente para comparecer. Silvia Intxaurrondo, monja de Viernes Santo del sanchismo, aparecía de riguroso y sarmentoso luto, como una viuda del Señor o de Sánchez. Javier Aroca también se había puesto camisa o camisola negra, por el luto o por ser el pintor de corte con bata que es, para decirnos lo mucho que le emocionaba ver “al Estado en acción”. Sí, precisamente ante el derrumbe y el túmulo de muertos provocado por el propio Estado “degradado” que deja el sanchismo. “Qué bien pagados están los impuestos”, decía, como un chiste de velatorio, delante del ataúd abaulado o avagonado. En eso incidía, también de luto, luto de aldea para el luto del pueblo, y ante el luto de mentalista de Cintora, en otra acumulación semanasantera del luto, Gloria Marcos: “Los mecanismos sanitarios, de atención a la gente… Todo funcionó, no estamos situados en el caos que alguien nos quiere vender”. Con luto de Tanxugueiras, en esa TVE ya muy enlutada de gente, tintes, telones y velones, Loreto Ochando echaba negros puñados de arena lorquianos a Feijóo y a Mazón.

Toda España está de luto, con dolor y teatro, con rabia y razón, luto por los muertos, por los vivos, y luto incluso por lo que teníamos hasta hace poco, que ya no tiene mucho sentido después de Urda. Recuerden esa campaña con baile de cocouaua de Sánchez, con Rufián e Irene Montero hablando de comer coños y culos en lo de Broncano (“comer culo, el nuevo programa de la izquierda”, que dijo gloriosamente Grison). Esa campaña con las calles que incendiaba (o quizá siga incendiando) la extrema izquierda, con sus proclamas, tradición y simbología de extrema izquierda pero culpa sólo de la extrema derecha. Sí, luto por España, por la campaña y seguramente por Sánchez.
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