Hay un solo Estado extranjero que dispone en España de una estructura de influencia y movilización organizada, jerarquizada y obediente, y ese Estado es Marruecos. Lo sabe el CNI, que lleva años documentando agentes de la Dirección General de Estudios y Documentación (DGED) camuflados en consulados, asociaciones y fundaciones, y lo sabe cualquiera que haya seguido de cerca la manera en que Rabat convierte su presencia en territorio ajeno en un instrumento de presión. Desde ese conocimiento leo lo que está ocurriendo en Barcelona desde el 24 de octubre, cuando una convocatoria anónima firmada como Blocus, lanzada por TikTok y canales de mensajería, transformó el centro de la ciudad en un escenario de saqueos, barricadas e incendios a cinco semanas de unas elecciones generales que las encuestas entregan al PP y a Vox. Sostengo que Rabat tiene el motivo, los medios y el precedente para haber puesto esa maquinaria al servicio de terceros, y que lo sucedido en Barcelona encaja con demasiada exactitud en su calendario diplomático como para despacharlo como un estallido espontáneo de adolescentes aburridos. 

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El motivo empieza por las encuestas, que en Rabat se leen con más atención que en Ferraz. En marzo de 2022, Pedro Sánchez envió a Mohamed VI una carta que el propio Palacio Real marroquí se encargó de hacer pública antes que la Moncloa, y en la que el presidente del Gobierno calificaba el plan de autonomía de Rabat como la base más seria, realista y creíble para resolver el conflicto del Sáhara Occidental. Con aquellas líneas, redactadas sin consultar al Congreso ni a sus propios socios de coalición, Sánchez rompió casi medio siglo de posición oficial española, que había defendido siempre una solución acordada en el marco de Naciones Unidas, y entregó a Marruecos el respaldo de la potencia administradora del territorio saharaui validando una ocupación ilegal de la forma más vergonzosa. Es el mayor regalo que el régimen ha recibido nunca de Madrid, y todo indica que su autor saldrá de la Moncloa el 29 de noviembre. Le sucederá, con toda probabilidad, un Gobierno del PP sostenido por un Vox que ha llevado a su programa la suspensión del Tratado de Amistad con Marruecos y la expulsión del embajador si Rabat no reconoce la soberanía española sobre Ceuta y Melilla. Un régimen que piensa en décadas se prepara para gestionar las consecuencias de ese cambio antes de que se produzca, y para hacerlo necesita algo que ofrecer a quienes tendrán ascendencia sobre el poder que viene. 

Israel es el primero de esos interlocutores. Ningún actor extranjero pesa tanto sobre Vox como el Gobierno de Netanyahu, con el que Abascal ha cultivado una relación pública y personal desde que Amichai Chikli lo invitó a Jerusalén en plena ofensiva sobre Gaza, y ningún socio regional es tan valioso para Israel como Marruecos, con quien comparte una alianza militar que tiene plan de trabajo firmado para este mismo año. La ecuación es sencilla. Tel Aviv quiere castigar a un Gobierno español que reconoció a Palestina y lo ha denunciado en todos los foros; Rabat dispone de la capacidad de erosionarlo en la calle; y a cambio puede esperar que Israel modere la agresividad de Vox hacia Marruecos el día que Abascal se siente en el Consejo de Ministros. Las señales de ese entendimiento ya están a la vista. El 30 de julio, mientras decenas de miles de personas cruzaban a Ceuta, el embajador israelí ante la ONU, Danny Danon, preguntó a España por qué conserva enclaves coloniales en África, repitiendo palabra por palabra el argumentario de Rabat. 

Un régimen capaz de compartir eurodiputados comprados con Qatar puede compartir con Moscú o con Tel Aviv su capacidad de agitar una ciudad

Rusia es el segundo interlocutor, y el plazo es inmediato. El Consejo de Seguridad vota entre el 30 y el 31 de octubre un borrador estadounidense que consagra la autonomía como única salida y borra el referéndum del nombre y del mandato de la Misión de las Naciones Unidas para el Referéndum en el Sahara Occidental (MINURSO), la mayor victoria diplomática que Marruecos puede obtener en medio siglo de ocupación. Lo único que puede arruinarla es un veto ruso o chino. Moscú se abstuvo el año pasado, y el 23 de octubre, la víspera de los disturbios, Nasser Bourita telefoneó al ministro de exteriores ruso, Serguéi Lavrov, por iniciativa propia, según hizo constar la diplomacia rusa. Rusia lleva años señalada en media Europa por campañas híbridas destinadas a debilitar a Gobiernos incómodos, y un servicio prestado en una gran ciudad europea a cambio de una abstención en Nueva York es exactamente el tipo de transacción que Rabat practica desde hace tiempo. 

Porque el precedente existe y tiene nombre. En el escándalo que la prensa bautizó como Qatargate, la red que el eurodiputado italiano, Pier Antonio Panzeri, tejió en el Parlamento Europeo con el diplomático marroquí Abderrahim Atmoun y oficiales de los servicios de inteligencia marroqui, trabajaba a la vez para Doha y para Rabat, según confesó el propio Francesco Giorgi ante la justicia belga. Un régimen capaz de compartir eurodiputados comprados con Qatar puede compartir con Moscú o con Tel Aviv su capacidad de agitar una ciudad. Ceuta enseñó además la gramática de la operación, llamamientos en redes que los servicios de inteligencia conocían de antemano, jóvenes movilizados desde el teléfono, unas autoridades marroquíes avisadas que no impidieron la avalancha y un desmentido oficial al día siguiente. Barcelona reprodujo esa gramática con exactitud, y las nuevas convocatorias de Blocus ya apuntan a Madrid, Algeciras, Marbella y Baleares para la noche de Halloween, que coincide con la votación en Nueva York. 

Queda la objeción más obvia, la de que el desorden favorece a la derecha que menos conviene a Marruecos. La objeción se desvanece en cuanto se entiende que Rabat apuesta por lo que el vencedor le deba y le tema, gane quien gane. Los disturbios le permiten cobrar tres veces: un favor a Moscú en la semana decisiva para el Sáhara Occidental en la ONU, un favor a Tel Aviv contra el Gobierno que más lo ha incomodado en Europa y una advertencia al Gobierno que llega, que entrará en la Moncloa sabiendo que Marruecos puede encender sus ciudades con la misma facilidad con la que abrió la frontera de Ceuta. Los adolescentes que reventaron escaparates son el eslabón más prescindible de esa cadena, y la pregunta relevante es quién diseñó la convocatoria y a quién sirve. Quien quiera averiguar qué hay detrás de Blocus haría bien en empezar por preguntarse quién tenía, aquella semana, algo que vender en Moscú y algo que pedir en Tel Aviv.