La primera Cumbre Iberoamericana que viví de cerca fue la de Salamanca de 2005. A pesar de que se llegó a acuerdos importantes en educación, cultura o migraciones, la información giró en torno a Hugo Chávez. Acostumbrado a ser el niño del bautizo y la novia de la boda, mantuvo en secreto la hora de su llegada hasta el último momento por razones de "seguridad", y así consiguió que todo el mundo estuviera pendiente de él. Más de veinte años después, las noticias de la Cumbre vuelven a girar en torno al saboteador de turno.
Esta vez me sorprendió la unanimidad de las cabeceras de prensa al dar detalles del saludo entre el presidente del Gobierno del Reino de España y el de la Nación Argentina. No contentos con los testimonios de expertos en lenguaje corporal, los periodistas sacaron el tema en la rueda de prensa de Pedro Sánchez posterior a la Cumbre y, como no podía ser de otra manera, esa fue la declaración que pusieron de relieve. Tanta expectativa se debía a que, en su tónica habitual, Javier Milei había insultado al presidente Sánchez, algo que no me parece excepcional tratándose de un pendenciero. Estoy convencido de que Milei no insulta porque quiere, sino porque no sabe comunicarse de otra forma, y por eso su toxicidad y su violencia verbal no deberían ser noticia. Es como si considerásemos novedad informativa que Óscar Puente se ponga faltón en Twitter. Amplificar las boutades de quién busca el boicot solo contribuye al éxito de su cometido.
La otra obsesión de la cobertura fueron las ausencias. Muchos de los que glosaron las hazañas de Milei eran los mismos que lamentaban que no vinieran Lula da Silva y Claudia Sheinbaum. La web de RTVE llegó al colmo de titular "Madrid celebra una Cumbre Iberoamericana descafeinada: Milei estará en la foto, pero se ausentan Lula y Sheinbaum". El desencanto se explicaba por la lectura en bloques que suele hacerse de la realidad iberoamericana. El razonamiento es muy simple. Si los presidentes de México y Brasil son de izquierda, y el presidente del Gobierno de España también dice serlo, entonces deberían haber venido. Sin embargo, lo raro habría sido que Lula viniera después de la dura campaña electoral de la que acaba de salir. Intuyo que, además, le facilitó la decisión la idea que circuló de involucrarlo en la campaña española, hasta el colmo de soñar con un mitin conjunto.
También habría sido raro que viniera Sheinbaum, que estuvo hace pocos meses en una reunión de líderes progres en Barcelona. Hay que asumir de una santa vez que las relaciones entre España y México serán más bien frías mientras gobierne MORENA, un partido que lleva en su ADN el nacionalismo antigachupín. Es un sentimiento que, a veces, lleva a interpretar "los vínculos económicos" —el 33 % de las inversiones españolas en América Latina van a México— como extractivismo neocolonial, algo patente en el caso de los bancos. Así pues, la participación de Sheinbaum era tan probable como la asistencia de Jordi Pujol a los desfiles del 12 de octubre cuando presidía la Generalitat.
Frente a estas ausencias, el contrapunto es poner en valor las presencias: los presidentes de Bolivia, Chile, Costa Rica, Guatemala, Honduras y República Dominicana, los jefes de Gobierno de Portugal y Andorra y los vicepresidentes de Colombia, Ecuador y El Salvador, quienes viajaron a Madrid no para hacerse la foto ni para buscar un titular a costa de nadie. Llegaron con propuestas y se fueron con compromisos concretos. Alguien dirá que son países pequeños. Lo son, y esa es otra de las virtudes de la comunidad. México o Brasil pueden permitirse ir por libre, pero para un país centroamericano o andino la cumbre es una de las pocas mesas en las que su voz se escucha en igualdad de condiciones.
Lo importante es que los acuerdos alcanzados afectan a la vida de las personas; esa es la fortaleza y vocación última de la Comunidad Iberoamericana"
En definitiva, quien solo haya leído la prensa en estos días podría pensar que la Cumbre se convocó para comprobar si Sánchez y Milei se daban la mano o para hacer quinielas sobre los presidentes que no asistirían. Pero lo importante fue que los acuerdos alcanzados afectan a la vida de las personas. Y esa es precisamente la fortaleza y la vocación última de la Comunidad Iberoamericana, haber nacido como un espacio de cultura compartida que sirve de base para el trabajo conjunto. Por eso también es un error pretender ver en estas reuniones una especie de G20 donde se hable de dinero y de hard power.
Glosando los resultados cabe mencionar a la Red Iberoamericana de Reducción del Riesgo de Desastres y Protección Civil. Puede parecer un acuerdo técnico, pero pocos asuntos tocan tan de cerca la subsistencia de muchos seres humanos. Solo en Perú, Credicorp Capital calcula que el episodio actual de El Niño costará más de 4.000 millones de euros entre 2026 y 2027. Durante la Covid cada gobierno improvisó por su cuenta mientras se disputaban mascarillas y respiradores. Esta red no lo resuelve todo, pero la próxima vez no empezaremos de cero.
Por otro lado, está la Carta Iberoamericana de Cuidados y Apoyos. Atender a niños, mayores y dependientes ha recaído casi siempre en las mujeres, sin reconocimiento ni salario. Situar los cuidados en el centro de la agenda supone admitir que son una cuestión económica de primer orden y no un asunto privado de cada familia. Con sociedades que envejecen a gran velocidad, quien no planifique hoy la atención a la dependencia lo pagará mañana.
El tercer aspecto que quiero destacar es la Carta Iberoamericana de Movilidad Académica, cuya finalidad es facilitar que estudiantes, profesores e investigadores se muevan entre nuestros países y que sus estudios se reconozcan. Quienes trabajamos en la universidad sabemos que un semestre fuera te devuelve con otra mirada y que Europa construyó buena parte de su conciencia común gracias al programa Erasmus. Iberoamérica, que ya comparte lenguas e historia, ha carecido hasta ahora de un programa similar.
Asimismo, en la Cumbre se constituye la Alianza Iberoamericana de Inteligencia Artificial, que busca que el español y el portugués tengan en las tecnologías el lugar que les corresponde. Frente al consumo de tecnologías diseñadas en otros lugares y con otros valores, se pretende ofrecer una alternativa para más de seiscientos millones de hablantes que merecen algo mejor que una traducción de segunda. Además, una lengua que se queda al margen de la inteligencia artificial acaba quedándose fuera de la economía y de la ciencia.
Ninguno de estos acuerdos dará titulares tan llamativos como las ausencias o los chulescos desplantes, pero todos se ocupan de las personas. Esa es la diferencia entre una Cumbre que se reduce a una foto y una que deja alianzas y compromisos detrás. La Comunidad Iberoamericana sigue siendo el único foro permanente donde los países ubicados desde Río Grande hasta Tierra de Fuego, grandes y pequeños, se sientan juntos, a la vez, con sus vecinos del otro lado del Atlántico, sin tutelas externas. Madrid ha demostrado que el proyecto iberoamericano tiene todavía mucho que ofrecer. Que la foto no nos impida verlo.
Francisco Sánchez es director del Instituto Iberoamericano de la Universidad de Salamanca. Aquí puede leer todos los artículos que ha publicado en El Independiente
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