Imagino que al poeta peruano César Vallejo no le importaría que cite los primeros versos de Los heraldos negros para expresar el estado de ánimo en que nos encontramos tras el choque de trenes en Urda, Toledo. Por supuesto que lo primero son las víctimas, sus familias y sus entornos; pero, al ver que esta tragedia está sacando también lo peor de la condición humana –la falta de empatía y la huida de responsabilidades–, creo que nunca mejor que ahora podemos repetir con él aquello de: "Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé! / Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, / la resaca de todo lo sufrido / se empozara en el alma... ¡Yo no sé!".

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César Vallejo fue vecino de Madrid en 1931 y quiero creer que la tragedia le hubiera llevado al mismo estado emocional de tristeza y desasosiego en que estamos sumidos la mayoría de los que acá vivimos. Un sentimiento que –sigo suponiendo– compartirían otros poetas iberoamericanos que residieron en esta ciudad, donde además escribieron parte de su obra. Quizá el más conocido sea el nicaragüense Rubén Darío, que cuenta con glorieta, parada de metro y placa conmemorativa; pero también pasó por aquí el chileno Vicente Huidobro, fundador del creacionismo, el movimiento que le dio la vuelta al modernismo del que Darío fue referente. Y, como para confirmar que los caminos de la lengua se cruzan, ambos tuvieron también su etapa porteña, Darío viviendo varios años en Buenos Aires y Huidobro presentando allí su teoría creacionista.

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Evocar a estos poetas de países distintos, que trascendieron sus fronteras para convertirse en referentes de todos los que hablamos la lengua en la que escribieron, nos recuerda que Iberoamérica es una comunidad. Un espacio compartido que tomó forma institucional en la Comunidad Iberoamericana que celebra su XXX Cumbre la próxima semana en Madrid, los días 4 y 5 de noviembre.

No voy a descubrir nada si digo que el clima no es el más propicio para recibir visitas. A los tres días de luto oficial se suma un adelanto electoral que nos llevará a las urnas el 29 de noviembre, así que el anfitrión tenderá la mesa con las Cortes disueltas y con un ojo puesto en los mítines. Como ya comenté en esta columna, es posible que algún mandatario que no entienda que se trata de un asunto de Estado y no de gobiernos no quiera "salir en la foto" junto a un jefe de gobierno cuya continuidad está en el aire o que crea que todo lo negociado no tendrá seguimiento si el color del gobierno cambia.

Ahora bien, sería mezquino no reconocer que detrás de esta cumbre hay mucho trabajo entre bambalinas para que las cosas salgan bien al tratarse de un evento prioritario para la política exterior española. Todos recordamos la Cumbre de Cuenca en 2024, cuando el gobierno de Daniel Noboa logró la proeza de organizar la cumbre con menos presidentes de la historia y cerrarla sin una declaración de consenso. Un récord que nadie querrá batir. Reflotar el proyecto después de semejante naufragio no era sencillo; por eso hay que destacar y valorar también el empeño de la Secretaría General Iberoamericana (SEGIB) y de su secretario general, Andrés Allamand, que se ha dedicado a llenar de contenido las reuniones y hoy espera a más de catorce jefes de Estado y de Gobierno.

La cita de Madrid tiene la virtud de ser un foro más neutral que otros, y contar con un espacio donde se sientan gobiernos de distinto color no es poca cosa

Además, la cita de Madrid tiene la virtud de ser un foro más neutral que otros a los que nos estamos acostumbrando. En marzo, Donald Trump convocó en Miami la cumbre Escudo de las Américas, solo con mandatarios afines y un guion escrito desde la Casa Blanca, con la seguridad, la migración y China como únicos platos del menú. Frente a eso, y a falta de otros proyectos regionales que funcionen –la integración latinoamericana lleva años en la UCI–, contar con un espacio donde se sientan gobiernos de distinto color, sin que un actor externo les dicte el orden del día, no es poca cosa.

Eso no quiere decir que en Madrid no se vaya a hablar de seguridad; sería raro no hacerlo cuando el crimen organizado es el mayor desafío de la región. La diferencia debería estar en el enfoque. Espero que aquí no se repita el mantra de la mano dura y los militares en las calles, que ya sabemos a dónde conduce si no se ve el problema de forma integral, y que se asuma algo que suele olvidarse, como es que el negocio de las drogas –una de las principales causas de la violencia– también tiene clientes y lavanderías a este lado del Atlántico, donde algunos socios iberoamericanos son parte de la cadena.

Me alegra también que la educación y la ciencia hayan vuelto al centro del debate. Hace unos días se reunieron en Alicante los responsables de educación superior, ciencia, tecnología e innovación y, entre las propuestas, otra vez figura un programa de movilidad estudiantil al estilo del Erasmus, así como una alianza iberoamericana de inteligencia artificial. Como parte de la universidad, sé lo que se gana cuando estudiantes e investigadores circulan; pero, sobre todo, este es el tipo de agenda de "intereses compartidos" que vengo reclamando hace tiempo, más útil que seguir machacando con unos "valores compartidos" que, visto está, no movilizan por sí solos, aunque sí son un punto de arranque.

Tampoco descarto que la cumbre sea uno de los pocos lugares donde se hable de Cuba con los cubanos sentados a la mesa. La isla no anda sobrada de foros internacionales en los que compartir mantel con sus vecinos y con los dos países ibéricos, y aunque no se espera a Miguel Díaz-Canel, el canciller Bruno Rodríguez asistirá con una delegación completa. En diplomacia, que alguien acuda con todo su equipo suele indicar que tiene algo que decir o, al menos, ganas de escuchar.

Por último, aunque las cámaras suelen fijarse en la foto de familia y en contar quién falta, lo interesante muchas veces pasa en los márgenes. El Encuentro Empresarial Iberoamericano que organizan la SEGIB, el Consejo Empresarial Iberoamericano y la CEOE los días 3 y 4 de noviembre es una de esas citas que no generan titulares, pero sí resultados, más aún ahora, cuando las empresas que lideraron la internacionalización española en la región han empezado a hacer las maletas. A ello se suma el rosario de reuniones ministeriales que durante todo el año ha paseado la agenda iberoamericana de Zamora a Huelva y de Avilés a Valladolid. Es en esos espacios menos vistosos donde la comunidad se teje día a día, aunque nadie se haga la foto.

Rubén Darío, que conocía bien los golpes de la vida, publicó en Madrid en 1905 su Salutación del optimista, aquel poema que arranca con las "Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda". No pido tanto entusiasmo como el del poeta nicaragüense, pero sí que, después del luto y en plena campaña electoral, seamos capaces de aprovechar una cita que nos recuerda que, en las buenas y en las malas, seguimos formando parte de una misma comunidad.


Francisco Sánchez es director del Instituto Iberoamericano de la Universidad de Salamanca. Aquí puede leer todos los artículos que ha publicado en El Independiente