En mi generación, la oferta televisiva y las pantallas disponibles en casa eran, por decirlo de alguna manera, limitadas. Aunque existían tres canales, la señal no cubría el país entero por falta de repetidoras, aquellas torres hacia las que había que orientar la antena colocada sobre unos largos tubos que despuntaban de los tejados. En uno de los pueblos en los que viví de niño, solo se podía sintonizar uno de los canales porque estaba en el fondo de un valle. Gracias a esa falta de alternativas, vi programas que quizá me habría perdido en otra circunstancia. Uno de ellos fue Soul Train, "el tren del alma", como se apresuraba a aclarar el presentador, Osvaldo Valencia, en cuanto terminaban las imágenes algo psicodélicas de una locomotora acercándose a la estación.
El programa era una franquicia del show que conducía en Estados Unidos Don Cornelius. Con los años supe que la idea de traerlo a la televisión ecuatoriana partió de los dueños de la discográfica J. D. Feraud Guzmán, que encontraron en aquel medio la oportunidad de introducir géneros y artistas nuevos en un país entonces más rural que urbano. Así nos llegó, a quienes vivíamos en la periferia, lo mejor de los músicos afroamericanos de finales de los setenta. Quizá fue allí donde escuché por primera vez soul, R&B o funk, aunque lo que de verdad me impresionaba eran los números de baile. Era deslumbrante ver ese grupo de chicas y chicos, tan felices, moverse y disfrutar como si estuviesen en una fiesta.
Además, eran bellos, estaban en plena forma y desbordaban elegancia. Muchos lucían el afro, esa cabellera que, por lo apretado de sus rizos, no cae, sino que crece en todas direcciones hasta dibujar una especie de globo. Me llamaba la atención que lo llevaran hombres y mujeres, porque en mi entorno estaba muy claro qué cortes correspondían a cada sexo. Era un tipo de peinado que vi también en algunos futbolistas afroecuatorianos, cuyas fotos aparecían en la revista Estadio. Pero aquel estilo fue desapareciendo, y varias de las cantantes que había admirado con unos afros preciosos empezaron a mostrarse con melenas lacias que, como descubrí mucho después, eran pelucas.
Todo esto no pasaría de anécdota si detrás de aquellos peinados no hubiera habido, como luego comprendí, bastante más que una moda. En los años sesenta y setenta, el afro se convirtió en símbolo de afirmación de la identidad negra, ligado al movimiento por los derechos civiles y al Black Power. Dejar el pelo al natural, sin los tratamientos químicos que lo alisaban para acercarlo a los cánones de belleza blancos, suponía reivindicar el orgullo por los propios orígenes y rechazar los patrones estéticos de una sociedad racialmente jerarquizada. Aquellas cabezas no respondían a una mera cuestión de peluquería. Eran también una declaración política.
Más adelante, sin embargo, el afro fue cediendo terreno ante los alisados, las extensiones y los postizos, sobre todo entre las mujeres, sometidas a una doble exigencia por su raza y por su género. No se trataba de que ellas decidieran simplemente cómo llevar el pelo, sino de lo que pasó a significar para muchas mostrar los rizos. Dejar su pelo natural podía implicar ser vistas como descuidadas o impropias en un entorno profesional, un obstáculo a la hora de conseguir empleo, ascender o ser aceptadas en determinados espacios. En algunos países latinoamericanos se llega al colmo de llamar "pelo malo" al rizado y crespo propio de buena parte de la población afrodescendiente. Peor aún, entre los argumentos para alisar el "pajón" a toda costa figura el de que, en su forma original, parece sucio.
Estos adjetivos despectivos no se quedan en la superficie ni son reflejo de una costumbre pasajera. Que algo tan aparentemente trivial como un peinado condicione la consideración social de una persona se explica porque el pelo esconde una jerarquía, y esa discriminación golpea en América Latina, con especial dureza al Caribe. En la República Dominicana han trascendido varios casos de alumnas presionadas en sus centros educativos para arreglarse de determinada manera. En 2019 se difundieron los audios del director de un liceo que, a gritos y golpeando la mesa, recriminaba a las estudiantes que habían acudido con sus rizos al natural y les advertía que aquello era una escuela "para la formación y el empleo, no para la chabacanería". Ese mismo año, la directora de Género del Ministerio de Educación, impulsora de la campaña "Ni pelo bueno ni pelo malo", fue destituida poco después de disponer la readmisión de una niña a la que habían suspendido por llevar el cabello afro. Las autoridades atribuyeron su salida a reiteradas ausencias en el trabajo y negaron que tuviera relación con la campaña o la confrontación con los gestores del centro docente.
Cuando a una persona le repiten desde pequeña que tiene "pelo malo", aprende que algo con lo que nació está mal. Lo escucha en casa, en la peluquería, en el colegio y en la publicidad, hasta que el mensaje se instala en su manera de mirarse al espejo. De ahí que desde muy niñas sean sometidas a desrizados y secadores, las quemaduras en el cuero cabelludo y esa sensación, que tantas mujeres evocan al recordar su infancia, de no resultar nunca presentables tal como son y que por eso tienen que aguantar el dolor que esos tratamientos implican. Por eso, cuando una adulta decide dejar de alisarse, no está cambiando de peinado sin más, sino desaprendiéndose de años de vergüenza. No es casual que en varios países de las Antillas hayan surgido iniciativas que reivindican el cabello afro como expresión de identidad y, ante todo, de libertad.
Cada vez que alguien con poder dicta cómo debe peinarse un menor, le está indicando qué tipo de persona se espera que sea"
Con todo, el control sobre la cabeza ajena no se limita a las afrodescendientes. En El Salvador, el Gobierno de Nayib Bukele impuso en 2025 un "corte de cabello adecuado" en los colegios públicos como parte de su cruzada contra las pandillas, con catálogo de cortes incluido, cual Corea del Norte. Y esta semana, la presidenta de Perú, Keiko Fujimori, ha anunciado un reglamento escolar según el cual "los hombrecitos" deberán ir con el pelo corto. Como si la violencia, la indisciplina o el fracaso académico se solucionasen con tijera y una raya bien marcada.
Cada vez que alguien con poder dicta cómo debe peinarse un menor, le está indicando qué tipo de persona se espera que sea. En mi infancia, aquellos afros que veía en la televisión proclamaban algo tan sencillo como que así eran y que no pensaban esconderlo. Lo inquietante es que medio siglo después sigamos discutiendo si una alumna puede ir a clase con el cabello tal como le crece, o si un chico rendirá peor por llevar flequillo. El orden impuesto a golpe de tijera es el más fácil de exhibir y el más barato, porque no exige más maestros, ni mejores aulas, ni reflexión alguna sobre el racismo. Mientras tanto, la dignidad de miles de niñas sigue pendiendo de un pelo.
Francisco Sánchez es director del Instituto Iberoamericano de la Universidad de Salamanca. Aquí puede leer todos los artículos que ha publicado en www.elindependiente.com
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