La declaración de Francisco Verdú, ex consejero delegado de Bankia, ha desbaratado por completo la estrategia de defensa de Rodrigo Rato, consistente en afirmar que las tarjetas black eran un complemento de retribución, una parte de su salario.

Verdú, que es una de las tres personas que, pudiendo aprovecharse del chollo, decidió no hacerlo, aportó un testimonio demoledor. «Yo no entendía que en una entidad financiera hubiera tarjetas para gastos sin justificar. Rato se enfadó bastante. Se molestó. Y me dijo que me la quedara y me lo pensara, que hiciera lo que me diera la gana y que él ya me había dicho lo que me tenía que decir».

Mientras que la versión del ex vicepresidente del gobierno, coincidente con la de la mayoría de los que se sientan en el banquillo, tiene toda la apariencia de ser una explicación a posteriori, cocinada por una defensa profesional, con un objetivo puramente jurídico; la de Verdú transmite credibilidad, es el relato preciso de una persona que no tiene nada que ocultar, que sólo trata de reflejar lo embarazoso de una situación en la que tuvo que aguantar el enfado de su jefe no por haber metido la mano en la caja, ¡sino por haberse negado a hacerlo! Es como si Adán hubiese rechazado el ofrecimiento de Eva para comerse la manzana del árbol prohibido.

El testimonio de Verdú probablemente no añada mucho desde el punto de vista penal al material probatorio acumulado por la Fiscalía, pero, desde el punto de vista ético, supone una sentencia condenatoria sin paliativos.

El de Francisco Verdú es el relato preciso de una persona que no tiene nada que ocultar

Nos imaginamos a Rato, enfadado con Luis de Guindos por haberle impuesto un justificado límite a su salario tras recibir su entidad ayudas públicas, y queriendo tomarse la justicia por su mano en forma de tarjeta black. Esa ha sido su justificación: una manera de compensar el recorte impuesto por el ministro de Economía. También Verdú había sido víctima de una reducción de más del 70% de su salario, pero él no cayó en la tentación. Y eso, naturalmente, enfadó al ex gerente del FMI. Cuando uno peca quiere que el pecado sea generalizado, total, para que, llegado el caso, pueda ser juzgado con indulgencia.

Pero no, Verdú aguantó la bronca de su jefe, al que advirtió de las consecuencias que podía acarrearle gastar dinero de Bankia sin necesidad de justificarlo, y metió la tarjeta black en un cajón. Ni siquiera abrió el sobre que la contenía.

El proceso de las tarjetas black nos enseña el rostro terrible de la corrupción, pero también nos muestra el ejemplo de Verdú, el testigo de cargo que ha desnudado con pocas palabras y con sus hechos a aquellos que durante una época se sintieron tan poderosos que creyeron estar por encima del bien y del mal.