En 1959, la Guerra Fría estaba en su etapa más álgida. En 1955 había sido creado el Pacto de Varsovia como respuesta soviética a la formación de la OTAN. En 1956, las protestas en Hungría habían sido acalladas por los tanques. EEUU y la URSS se encontraban en una carrera febril de armas nucleares y Moscú había dejado aterrado a EEUU con el lanzamiento de las primeras naves espaciales del Programa Sputnik, iniciado en 1957 y concluido en 1959.

América Latina era, con escasas excepciones, territorio asolado por dictaduras feroces y ultramontanas, sobre todo en los países ribereños del mar Caribe. La persecución contra todo lo que oliera a «comunista» era implacable, entendiéndose entonces por «comunista» todo lo que se opusiera a las dictaduras.

El ensayo reformista de Jacobo Arbenz, en Guatemala, había terminado con una invasión y golpe de estado organizado por la CIA, en 1954. En Guatemala se encontraba, cuando la invasión, un médico argentino llamado Ernesto Guevara, quien queda hondamente impresionado por el golpe militar y la atroz represión que le sigue.

Es virtualmente imposible entender el impacto demoledor del triunfo de la revolución en Cuba, en enero de 1959, sin conocer las circunstancias internacionales y regionales dentro de las que se dio. Una revolución que triunfa cuando Latinoamérica vive el peor ciclo de dictaduras, en el mayor oscurantismo y bajo dominio absoluto de EEUU.

Cuba era un paraíso para los clanes mafiosos estadounidenses, que abrían casinos y hoteles para lavar el dinero que obtenían del crimen y devolverlo a EEUU, refulgente y limpio. Nadie, absolutamente nadie, podía esperar que en esa isla, situada frente a Florida, triunfara un movimiento guerrillero sin contar con el asentimiento de Washington.

Pero ocurrió. En EEUU creyeron que Fidel Castro era un caudillo militar más, cuya ambición, como había sido norma en Latinoamérica, era llegar al poder y establecerse como señor de Cuba. Enorme fue su sorpresa al darse cuenta de que no era así. Que Fidel y sus guerrilleros victoriosos iban por otro camino, aunque, en 1959, no era de confrontación con el imperio, sino de recuperación de la soberanía para Cuba, y esa soberanía incluía la economía y, por supuesto, limpiar el país de mafiosos, corruptos y expoliadores.

En EEUU creyeron que Castro era un caudillo militar más, cuya ambición era establecerse como señor de Cuba

Washington, con la soberbia que le caracterizaba, optó por el portazo, en la seguridad de que –una vez más- derrocar a un gobierno incómodo le resultaría fácil, como había comprobado cuatro años atrás, en Guatemala.

Ocurrió lo contrario. Fidel Castro aceptó el envite y, sin titubeos, nacionalizó empresas extranjeras, liquidó al ejército batistiano, expulsó a la oligarquía azucarera y –crimen entre los crímenes- decidió aliarse con la más que odiada y temida Unión Soviética y declararse marxista-leninista. Un terremoto político barrió el continente y un mundo que entraba, en esos años, en la liquidación de los imperios europeos con el proceso de descolonización.

Las fuerzas revolucionarias latinoamericanas recibieron una inesperada y poderosa inyección de optimismo. ¡Era posible derrocar dictaduras y ganar una revolución! ¡Era posible enfrentar el poder hasta entonces omnímodo de EEUU! ¡Era posible la esperanza! No menos importante: había, por fin, un país donde refugiarse, organizarse, entrenarse, ser armado, para iniciar guerras de liberación.

Como hongos en otoño, los movimientos revolucionarios empezaron a resurgir y a multiplicarse. De Guatemala a Argentina, las organizaciones clandestinas rehacían su arsenal ideológico alimentadas por el fulgor y el fervor que emanaban de Cuba. Los años 60 ver surgir movimientos guerrilleros en medio continente. Ni siquiera la Iglesia Católica escapa al terremoto provocado por Fidel.

A mediados de los 60 surgen los primeros curas guerrilleros, como Camilo Torres en Colombia. De Brasil a Perú, teólogos cristianos elaboran la Teología de la Liberación, que junta la ideología marxista con el pensamiento cristiano, animada también por el Concilio Vaticano II. La muerte del Che Guevara, en Bolivia, en 1967, no detiene la oleada revolucionaria.

La reacción de EEUU es virulenta y letal. Se crea la Doctrina de Seguridad Nacional, para enfrentar a las fuerzas insurgentes, teniendo su epicentro en la tristemente célebre Escuela de las Américas, fundada en la Canal Zone de Panamá, en 1963.

Por ella pasarán más de 60.000 oficiales latinoamericanos, que salen graduados para dirigir, en sus respectivos países, las carnicerías con las que EEUU espera arrasar los movimientos guerrilleros. Se instaura el terror, que alcanzará su cúspide en la década de los 70, cuando la CIA organiza el derrocamiento del Gobierno democrático de Salvador Allende en Chile. Llegan los Pinochet, Videla, Bordaberry, la Operación Cóndor…

Pero Cuba y Fidel seguían allí. EEUU intentó asesinarlo de 638 formas distintas, y todas fracasaron (véase el documental 638 Ways to Kill Castro). Seguían también, resistiendo como podían, los movimientos guerrilleros en una región que había abandonado, para siempre, la dicotomía oligárquica de liberales y conservadores, para establecerla entre socialismo y reacción.

La revolución cubana fue escuela para quienes aspiraban a la liberación de sus países del yugo extranjero

Era el salto ideológico más importante desde la independencia de los países latinoamericanos. No era sólo una cuestión de ideologías. La revolución cubana fue escuela para quienes aspiraban a la liberación de sus países del yugo extranjero, a la recuperación de los recursos y riquezas nacionales, a establecer nuevos modelos de desarrollo que no fueran los dictados desde Washington. A luchar, en definitiva, por la autodeterminación.

No quedó la revolución cubana reducida al continente americano. Fidel Castro y el Che no dudaron en implicarse en el proceso de descolonización en África. En 1965, el Che se traslada al Congo, para apoyar a los movimientos independentistas. No obstante, será la Operación Carlota la que marque la cúspide de la influencia cubana en África.

En 1975, para pasmo de Occidente, Cuba envía decenas de miles de soldados a Angola, recién independizada de Portugal e invadida por tropas sudafricanas y zaireñas. Fidel intenta impedir que el marxista Movimiento Popular para la Liberación de Angola (MPLA) sea aplastado por el régimen racista de Sudáfrica. Cuando las primeras tropas cubanas llegan a la capital, Luanda, el ejército sudafricano está a 25 kilómetros de la ciudad. La operación es un éxito absoluto y, en 1976, las tropas sudafricanas abandonan Angola. Cuba será el país latinoamericano más querido y admirado en África.

La oleada de victorias electorales de la izquierda latinoamericana, en los años 90, marca la culminación del proceso de transformaciones iniciado por Fidel Castro en 1959. Todos los presidentes electos –Lula, Chávez, Evo, Correa, Mujica, Kirchner…- no dudan en rendir tributo a Fidel Castro, como el dirigente revolucionario que cambió, para siempre, la historia regional y buena parte de la mundial (crisis de los misiles incluida). Nada habría sido como es, en Latinoamérica, sin Fidel, así, a secas. Retirado de la política desde hace una década, siguió siendo el líder. Lo seguirá siendo.

Los humanos somos finitos, pero las ideas no. Fidel seguirá siendo Fidel, como el Che sigue siendo Che, guste más, guste menos o disguste profundamente.

 

Augusto Zamora R es autor de Política y geopolítica para rebeldes, irreverentes y escépticos, Akal, 2016.