Jewel tiene 25 años y es de Bangladesh. Su familia pagó 7.000 dólares a contrabandistas para cruzar el mar hasta Europa y labrarse un futuro, pero el camino no fue nada fácil. En siete días atravesó Turquía, Sudán y Libia, donde permaneció cuatro meses junto a cientos de personas en pésimas condiciones: “Si llovía no teníamos donde refugiarnos y nos daban comida una vez al día, siempre pasta. Además, me golpeaban sólo por pedir algo para comer”, cuenta.

Él era alfarero, pero no le pagaban. Tampoco le dejaban marchar. “Se llevaron mi pasaporte para que no pudiera coger el barco que me llevaba a Italia”. Era una calle sin salida. Le embarcaron junto a otras 700 personas rumbo Sabratha, una ciudad a orillas del Meditarráneo situada a 60 kilómetros de Libia. Los 7.000 dólares que pagó su familia sólo servían para viajar en un frágil barco de madera abarrotado de gente que podía hundirse en cualquier momento, sin importar que hubiera vidas de niños en juego. “No me dieron chaleco salvavidas. Intenté protestar, pero me dijeron que me callara y me quedara en mi sitio. Llegaron a apuntarme con un arma”, recuerda.

Jewel, 25 años.

Jewel, 25 años. Maria Carla Giuglano / MSF

Como él, millones de personas salen de sus países cada años para iniciar una nueva vida sin saber si llegarán a conseguirlo. En 2015, más de 65,3 millones de personas se encontraban desplazadas, seis millones más que el año anterior, según el informe anual de Acnur Tendencias Globales. Por primera vez, se ha superado el umbral de los 60 millones de personas. Natasha es una de esas personas desplazadas. Con 23 años, dejó dos hijos en Camerún a cargo de su familia y emprendió un largo viaje embarazada de tres meses. “Tuve un problema con mi familia porque estaba casada con un hombre que no aceptaban y decidimos ir hacia el norte del país”, cuenta la joven.

En 2015 se superó, por primera vez, el umbral de los 60 millones de desplazados

Boko Haram controlaba esa zona, por lo que decidieron continuar su camino hacia Argelia, pero el viaje se truncó. “Cuando llegamos a Trípoli nos secuestraron. Nos llevaron a una casa con cientos de personas más cautivas”. Allí pasó cinco meses. Cinco meses eternos de terror y sufrimiento y con una vida creciendo en su interior. “Tenía miedo de que me violaran hacían con otras mujeres”, dice Natasha.

Su marido no lo pasó mejor. “Le amenazaban. Le obligaban a hacer trabajos forzosos y le golpeaban”, recuerda. Con su bebé a punto de nacer, pidió que la llevaran al hospital. “Estaba agotada. No comía ni bebía bien”. No fue al hospital, pero un médico la visitó dos días después. Estaba de parto. “Ya tenía contracciones y al final di a luz por cesárea en una mesa”.

Natasha, de 23 años, y su hija Divine, de cuatro meses.

Natasha, de 23 años, y su hija Divine, de cuatro meses. Sara Creta / MSF

Ya con su bebé y con la ayuda de un hombre maliense, su marido y ella lograron salir del cautiverio y cruzar el Mediterráneo a bordo de una barca hinchable que podría llevarles a su nueva vida o al final de ella. Según Acnur, en lo que va de año han muerto 4.690 personas en el Mediterráneo. Las condiciones en las que “viajan” los migrantes no ofrecen ninguna garantía de supervivencia, y Natasha lo sabe. “Estaba al fondo del bote, que estaba sobrecargado. Íbamos unos encima del otros. No pude amamantar a mi hija durante todo el viaje, tuve que dársela a otra mujer que estaba sentada en un lugar mejor”. El trayecto lo pasó tumbada entre el combustible, rezando por si no volvía a ver la tierra firme. “Escuchaba a mi hija llorar y yo sólo repetía: ‘Si muero, por favor, cuida de ella'”.

En otra barca hinchable Valery también arriesgó su vida y la de su familia cruzando el mar buscando un lugar donde ver crecer a su hija, Treasure. Partieron de Nigeria, su país de origen, hacia Libia, buscando trabajo. Allí fue donde nació Treasure, que ahora tan sólo tiene un mes de vida y, por suerte, no es consciente del riesgo que ha corrido su vida. “No había paz en Libia, así que decidimos hacer este viaje en un barco de goma”. Gracias a Médicos Sin Fronteras, que ha rescatado a 19.682 personas en lo que va de año, estas familias ahora pueden empezar de cero. Todos vuelven a tener una nueva oportunidad con un mismo objetivo: “Sólo queremos un trabajo y paz”.