El marxismo llegó a España no de la mano de un ideólogo intelectual, sino de un humilde tipógrafo cuya interpretación de los postulados de Karl Marx vino a través de segundas versiones. Pablo Iglesias Posse (1850-1925), el fundador del Partido Socialista Obrero Español y del sindicato UGT, no fue tanto el líder carismático que logró alzar el movimiento obrero en España a la primera línea de la vida política, sino la guía espiritual, el modelo y el mito sobre el que descansaron las esencias del partido que despegó definitivamente durante su declive físico en la vejez.

Su proverbial humildad y ascetismo, su enfermedad en los últimos años (1921-1925), cuando le apodaban cariñosamente El Abuelo, moldearon la figura del ‘santo laico’ como le definió José Ortega y Gasset, que identificaría al fundador: el virtuoso acreedor de todas las buenas cualidades del obrero: austero, trabajador, comprometido. Un referente moral, prácticamente sin tacha, ni vicios, hasta el extremo que ni bebía ni fumaba, como destacaron sus biógrafos.

Se cuenta que Zapatero acudió a su tumba a depositar flores el día después de su victoria en 2004

Ahora, cuando se cumplen 91 años de su muerte, apenas ninguno de los políticos de la izquierda actual -del PSOE en particular- son acreedores de ese origen puramente obrero, lo que ahonda aún más el carácter casi legendario del primer socialista español. Felipe González, acaso fundador del moderno PSOE, eliminó del partido el enunciado marxista, y José Luis Rodríguez Zapatero, del que se cuenta que el día de su victoria electoral en 2004 fue a su tumba a depositar unas flores, lo calificó de “emancipador de los oprimidos”: el tipógrafo autodidacta, que enarboló las ideas del marxismo a través de los intelectuales, Paul Lafargue y Jules Guesde, ya que “apenas citaba a Marx ni a Engels, cuyas doctrinas procuraba interpretar y divulgar a través de lecturas francesas”, según el ex dirigente de UGT, Pedro Díaz-Chavero.

Cuando en 1879 fundó el partido después de su breve experiencia en la Asociación del Arte de Imprimir, Iglesias tuvo que enfrentar su impulso del socialismo a tres dificultades que harían de su trayectoria una biografía enorme, a pesar de unos resultados políticos muy modestos: la lucha con el movimiento sindical anarquista representado por la CNT, que disputó con éxito a su Unión General de Trabajadores, la UGT, la hegemonía en la movilización y afiliación obrera; el difícil espacio a la oposición contra la derecha maurista, copada por el republicanismo moderado y burgués, y la escisión que dio origen en 1921 a la creación del Partido Comunista, respaldada por la mayor parte de sus primeros compañeros.

Se quedaron en las filas mayoritariamente, la segunda generación que había de suceder a El Abuelo y encumbrar de verdad a fuerza política mayoritaria el modesto partido que él fundara: Julián Besteiro, Largo Caballero, Indalecio Prieto. De Largo Caballero, cuyo carisma duplicó o triplicó al de Iglesias, apenas nadie quiere hacerse acreedor, a diferencia del mítico fundador, Pablo Iglesias, aunque para historiadores como Charles J. Esdaile éste se tratara de un individuo “agostado y solitario, atribulado por problemas burocráticos y totalmente incapaz de constituirse en el líder carismático del movimiento”.

La «aristocracia de la clase obrera»

Como tipógrafo, la “aristocracia de la clase obrera”, por su dominio de la imprenta: la lectura y la escritura, emprendió un camino duro, de privaciones, que le llevaron del hospicio a los talleres donde dar vida a las cajas que daban forma a las letras de los periódicos, a los que estaría ligado íntimamente toda su vida. Por la noche acudía a clases de francés y entremedias, leía lo que podía, tratando de adquirir la cultura que la España de la Restauración hurtaba a las clases desfavorecidas, otra de las dificultades de la expansión del movimiento obrero.

El medio para la difusión de las ideas del bisoño partido fue El Socialista, que fundó en 1886, esencial en la biografía y génesis del PSOE aunque fuera un periódico “que no se leía y cuyas tentativas eran baldías porque no interesaba” según su biógrafo Juan José Morato. A partir de ese momento comenzó una lenta expansión. Ésta se debía, además, a su negativa a acudir a unas elecciones o de participar en una coalición con los partidos republicanos que se oponían a la derecha monárquica que lideraba Antonio Maura y después al reformista conservador José Canalejas.

El socialista, por otra parte, era un diario sin concesiones a lo ligero ya que el propio Iglesias “no hacía nada por sacarle del tono serio, machacón, pro razonamiento sin la menor concesión a lo garrulo a lo sentimental”. Una ausencia de dominio escénico y del show, que caracterizó su forma de entender la política en los comienzos y que le granjearía el respeto personal del filósofo Ortega y de Miguel de Unamuno, aunque ambos difirieran después de los principios del socialismo.

El PSOE no obtendría escaño en el Parlamento hasta 1910, precisamente cuando Pablo Iglesias accedió a la conjunción con los republicanos, abjurando así de sus iniciales deseos de apartarse de la clase política burguesa. El debate Monarquía-República que dominaba los polos opuestos de la política española durante la Restauración (1874-1931), estaba fuera de las intenciones iniciales del PSOE, ya que el propio Iglesias había calificado a las repúblicas de adolecer de los mismos problemas con el obrero que las monarquías, y ponía como ejemplo la lucha obrera de Chicago en la República Federal de EEUU: El fin eran las condiciones y la mejora de la clase obrera para lo que la forma de gobierno era indiferente, principios originales del PSOE que a su muerte, alterarían la fisionomía del partido definitivamente durante la Segunda República y la Guerra Civil, cuando erigida ya como fuerza mayoritaria, se identificó a la bandera tricolor y los principios republicanos. Un simbolismo convertido en algo sentimental del que no se han desprendido del todo parte de sus simpatizantes y algunos de sus dirigentes.

Aunque sus hagiógrafos tilden el liderazgo de Pablo Iglesias como incontestable, lo cierto es que hubo disensiones en torno a él

La decisión de acudir con los republicanos a las urnas no estuvo exenta de polémica en las filas: aunque sus hagiógrafos tilden el liderazgo de Pablo Iglesias como incontestable, lo cierto es que hubo disensiones, como la decisión de entrar en la conjunción republicano-socialista, que para el grupo disidente sólo conduciría a debilitar el movimiento obrero.

Iglesias obtuvo el respaldo, acentuando un liderazgo que sin embargo: “Ni fue el jefe de los socialistas, ni estos le reconocieron nunca como tal. Educó a los trabajadores de modo que jamás pudiera nacer en sus filas el mesianismo aunque hubo casos aislados de afiliados que exageraron la subordinación de su pensamiento al de Iglesias”, según recogió su biógrafo y compañero de partido Andrés Saborit.

La conjunción con los republicanos para los socialistas obtuvo siempre modestos resultados pero suficientes para mantener la representación parlamentaria de Iglesias hasta que en 1918 consiguieron escaño también Largo Caballero, Indalecio Prieto, Julián Besteiro, Daniel Anguiano y Andrés Saborit. La revolución bolchevique y la Huelga General de 1917 a la que se sumó la UGT y que fue duramente reprimida fueron el comienzo del fin, los dirigentes del PSOE fueron a parar a la cárcel y aunque fueron indultados, la alianza con los republicanos se rompería más adelante.

Fuera de juego

El PSOE quedó en cierta medida fuera del juego político y sufrió además la escisión del grupo que se adhirió a la Tercera Internacional tras la Revolución Bolchevique de 1917, que acabaría formando el Partido Comunista tras los congresos extraordinarios de 1920 y 1921. Para entonces Pablo Iglesias estaba ya muy enfermo y prácticamente estaba recluido en su cama donde recibía a los miembros del partido. Era ya el Abuelo, la futura reverencia, el referente moral y el fundador, pero no el músculo. Sus virtudes y su biografía moldearon la imagen en la que muchos líderes de la izquierda se querrían reflejar: luchador, humilde, educado a sí mismo y comprometido, aunque la historiografía crítica le achaque la ausencia de carisma, inteligencia política y dominio de las tesis de Marx.

Durante su liderazgo el partido apenas tuvo relevancia y el movimiento obrero estuvo entre aplastado por las fuerzas de la restauración y dividido por la luchas internas. A partir de la dictadura del general Primo de Rivera, con la que el PSOE heredero de Iglesias transigió, especialmente Largo Caballero, el partido crecería exponencialmente. En las elecciones generales de 1931 tras proclamarse la Segunda República se convertiría en la mayor fuerza de la izquierda.