Nadie contaba con que Angela Dorothea Merkel, nacida en Kasner, (Hamburgo, 1954) fuera canciller de Alemania. Ni siquiera ella. Cuando le preguntaron por sus sueños en 1991, en una entrevista como ministra de Mujer y de Juventud en el gabinete de Helmut Kohl, hablaba de vivir en Estados Unidos, quedarse en la cama a la espera de que pasara algo grande, o bien ser profesora. Según Stefan Kornelius, autor de Angela Merkel: Kie Kanzlerin und ihre Welt (La canciller y su mundo), es la última vez en la que tenemos constancia de las aspiraciones de la jefa del Gobierno alemán, que va camino de batir el récord de Kohl en el poder (1982-1998). Con el presidente ruso, Vladimir Putin, con quien tiene una contenida rivalidad, es la única gran líder internacional que sigue al pie del cañón desde hace más de una década.

Cuando acaba de cumplir 11 años en la cancillería -asumió el poder el 22 de noviembre de 2005 tras vencer al entonces canciller Gerhard Schröder- ha anunciado que optará a la reelección por cuarta vez en otoño de 2017. Ha reconocido que serán las elecciones «más difíciles desde la unificación». Por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, un partido de extrema derecha, Alternativa por Alemania (AfD), tiene serias opciones de entrar en el Parlamento. De hecho, según las encuestas, AfD sería la tercera fuerza política en la República Federal.

Alternativa por Alemania, una fuerza populista que nació como un movimiento contra el euro, ha logrado importantes éxitos en las elecciones regionales celebradas este año en Alemania. Aún así, un 55% de los alemanes está a favor de que la canciller siga siendo Angela Merkel. Si fuera reelegida en 2017, lo que parece probable aunque necesitará seguir gobernando en una coalición quizá a varias bandas, y terminara su mandato, también llegaría a los 16 años como Helmut Kohl.

Su biógrafo, Gerd Langguth, ya fallecido, lo predijo en vísperas de su primera reelección, en 2009, en una entrevista en el Corriere della Sera: «Fría y pragmática, durará 16 años como Kohl», y señalaba que es «la canciller adecuada para todo tipo de coaliciones: con los socialdemócratas, con los liberales, con los verdes… Merkel es ahora tan fuerte como lo era Kohl en sus mejores momentos. Es extraordinario tratándose de una mujer que hasta hace poco nadie habría imaginado como líder de un partido y menos aún líder de un país».

Merkel, que se doctoró en Física con una tesis titulada El cálculo de las constantes de velocidad de las reacciones elementales en el ejemplo de hidrocarburos simples, comenzó su andadura política en 1990 y el semanario Die Zeit publicó que ni se le pasaba por la cabeza unirse a la CDU. «No tengo nada que ver con la CDU», habría dicho entonces.

Estuvo casada a finales de los 70 con el físico Ulrich Merkel, de quien adoptó el nombre, y conoció en los 80 a su actual marido, el catedrático de Química, Joachim Sauer, a quien llaman el hombre invisible por su extrema discreción. Dicen que fue el ministro de Finanzas, Wolfgan Schäuble, quien recomendó a la pareja que se casara en 1998, cuando llevaban juntos más de tres lustros.

Empezó como diputada al amparo de Helmut Kohl siendo das Mädchen (la chica) y ahora a los alemanes les gusta llamarle Mutti (mamá). Fue elegida presidenta de la Unión Cristiano Demócrata (CDU) por primera vez en 2000 en pleno escándalo de las cuentas secretas de la CDU, un caso que impidió a Kohl terminar su carrera política de forma honrosa.

Merkel supo situarse hábilmente en el lugar adecuado en el momento preciso, dio la espalda a su padre político, y fue elegida porque era quien menos rechazo generaba en ese partido regido por varones conservadores, poco amigos de experimentos. Lleva 16 años al frente de la CDU y acaba de ser reelegida como presidenta por 89,5% de los apoyos. Noventa y nueve del millar de delegados del partido se opusieron en esta ocasión a su única candidatura. Empieza el principio del fin de una época, que aún durará.

Su juego es hacer de buena madre, una madre protectora que vela por el bienestar de los alemanes»

«Merkel no es vanidosa y siempre se presenta de manera que nadie se siente intimidado por su poder o su inteligencia. Su juego es hacer de buena madre, una madre protectora que vela por el bienestar de los alemanes», afirma Ignacio Sotelo, catedrático emérito de Ciencias Políticas en la Universidad Libre de Berlín. «Lo bueno que tiene Merkel es que no concreta sus políticas con lo cual difícilmente se equivoca», apunta Ignacio Sotelo.

De hecho, hay un verbo en alemán de nueva creación basado en su apellido, merkeln, que viene a ser lo que en España coloquialmente sería «hacer un Rajoy», es decir, dejar que las decisiones caigan por su peso. En su último encuentro, Merkel felicitó al jefe del Gobierno español, tras lograr formar gobierno tras dos elecciones consecutivas y casi un año con un gabinete en funciones, y le dijo: «En Alemania diríamos que tienes la piel de elefante». Merkel sabe de lo que habla.

Crisis de los refugiados

Hay, sin embargo, una excepción sobresaliente, que tiene que ver con su origen y con su papel como líder europea y global. En el verano de 2015, cuando miles de refugiados procedentes la mayoría de la guerra de Siria, abrió las fronteras alemanas, lo que la convirtió en un ídolo para estas víctimas (Merkel, Merkel, gritaban antes de cruzar rumbo a Alemania procedentes de Europa central y oriental, o de Grecia) y en una pesadilla para muchos conservadores alemanes, especialmente en el partido hermano de la CDU, la Unión Social Cristiana (CSU). «Si tenemos que pedir perdón por mostrar una cara amable en una emergencia, entonces éste ya no es mi país», dijo la canciller, en uno de los gestos más valientes de su mandato.

Merkel, hija de un pastor luterano y una profesora de latín e inglés, se crió en Templin, en un país que ya no existe, la República Democrática de Alemania (RDA), la Alemania fiel a la URSS tras la Segunda Guerra Mundial. Vivió en un país dividido por una frontera que parecía insalvable. Quizá sea la primera vez que actuó emocionalmente. Después de haber acogido a cerca de un millón de personas entre  2015 y 2016, la canciller, que rechaza la demanda de su partido de abolir la doble nacionalidad a los hijos de inmigrantes, sí ha abogado por que se prohíba el burka en lugares públicos. La crisis de los refugiados ha sido utilizada por los populistas de AfD para ganar adeptos.

AfD puede contar con ayuda externa para lograr un impulso en las elecciones legislativas. Bruno Kahl, jefe del servicio de inteligencia exterior, ha advertido del riesgo de que Rusia intente interferir en las votaciones a través de ciberataques. «Europa está en el foco ahora, especialmente Alemania», dijo Kahl, citado por el Financial Times a principios de este mes. Este fin de semana se ha dado a conocer que la CIA tiene pruebas de que Moscú intervino a favor de Donald Trump en las pasadas elecciones en EEUU, información exclusiva de The Washington Post.

Obama dijo que si fuera alemán, votaría por ella, y ‘New York Times’ la consagró como «última defensora del liberalismo en Occidente»

Para tomar la iniciativa sobre los refugiados Merkel no se coordinó con sus aliados europeos, pero ejerció un liderazgo desconocido desde hace décadas en Europa. Ahí se consolidó esa Merkel, esa abanderada de las libertades y de los principios de Occidente, a quien el presidente Barack Obama acudió a despedir en Berlín en noviembre pasado. «Si fuera alemán, tendría mi voto», dijo entonces Obama. El New York Times hablaba de la canciller como «la última defensora del liberalismo en Occidente».

Fue después de que Merkel saludara la elección del magnate Donald Trump con una declaración en la que marcaba claramente las líneas rojas en la trascendente relación con EEUU: «Alemania y América están unidas por valores comunes: democracia, libertad, así como el respeto del gobierno de la ley y de la dignidad de cada ser humano, sea cual sea su origen, color de la  piel, credo, género, orientación sexual y opiniones políticas». Toda una declaración de principios contra el populismo de Trump. Y más allá.

«Creo que compite de nuevo porque ve en peligro el trabajo de su vida. Entiende su labor como líder global», señalaba Jürgen Falter, politólogo de la Universidad de Mainz, en el Financial Times. Según Jeremy Shapiro, que formó parte de la Administración Obama y es director de investigación en el European Council of Foreign Relations (ECFR), «Merkel tiene ahora una gran responsabilidad, porque es la única prácticamente que representa ese sentido de solidaridad y valores compartidos».

La batalla contra el populismo, que en Europa encarnan fuerzas como el Frente Nacional francés, la Liga Norte o el Movimiento 5 Estrellas en Italia, o Alternativa por Alemania, será crucial en 2017. «La forma en la que se libra la batalla contra el populismo puede encararse haciendo un diagnóstico ligado a personalidades políticas (…) En esa lógica, Merkel cumple todos los requisitos para seguir siendo el mejor estandarte del liberalismo y la democracia: ha sabido ganarse a su opinión pública, no hace aspavientos, opta por la pedagogía política, y últimamente ha tenido flexibilidad para enarbolar la bandera de los valores europeos», explica Didac Gutiérrez-Peris, investigador y politólogo, al frente de Estudios Europeos en el Instituto de Opinión Viavoice en París.

Compite de nuevo porque ve en peligro el trabajo de su vida. Entiende su labor como líder global»

Sin embargo, siempre están presentes los temores a un excesivo protagonismo alemán. «Merkel es conservadora y cuidadosa, y ni quiere ni puede liderar un continente sola en estos momentos», afirma Eckart Woertz, investigador senior en el CIDOB. «Su política en la crisis de los refugiados fue valiente, pero en la crisis de la eurozona no ha desarrollado una visión para una Europa unificada (…) Europa necesitaría una narrativa de esperanza y de optimismo», añade Woertz.

Según Shapiro, «el resto de Europa no se siente cómoda con el liderazgo alemán… por ello es tan necesario el eje franco-alemán y por ello Merkel necesita un líder con el que entenderse en Francia». El grave riesgo es que llegue al Elíseo Marine Le Pen, lo que dejaría herida de muerte a Europa. «Ahora Europa sólo es Alemania y eso hace que la UE sea más débil que nunca (…) Si Marine Le Pen ganara las presidenciales, sería el fin de Europa porque su objetivo es la ruptura absoluta, una ruptura que ya empezó con el Brexit», afirma el profesor Sotelo, gran conocedor de Alemania, donde vive desde hace décadas. «Nos jugamos mucho en 2017… Puede que se derrumbe el edificio europeo».

Angela Merkel se enfrenta ahora a este doble desafío, en Alemania, donde la ultraderecha xenófoba con probabilidad entrará en el Bundestag, y en Europa, que vive en una encrucijada cuando se cumplen 60 años del Tratado de Roma, germen de la actual UE. Nadie sabe si Mutti Merkel encontrará la salida del laberinto. Aquella chica de Kohl sigue siendo un enigma.

En último documental sobre Merkel, la ex primera ministra danesa Helle Thorning-Schmidt, decía que «como canciller alemana es brillante la manera que tiene de no mostrar su poder de forma ostensible» y añadía que «quizá eso tenga que ver con el hecho de que es mujer». La película de Matthias Schmidt y Torsten Körner, que fracasa a la hora de desvelar el misterio que encierra Angela Merkel, acierta plenamente con el título: La inesperada.