Hay quien construye muros de alambre y cemento, como parece proyectar Trump frente a México, y muros menos toscos pero tanto o más visibles, como el levantado por Felipe VI frente a su hermana, la infanta Cristina. Con el primero, el fogoso e iconoclasta mandatario estadounidense difícilmente alcanzará a proteger al americano medio de la presión migratoria. El segundo, sin embargo, se ha demostrado ya tan duro como traslúcido, y lleva camino ahora de aguantar con impecable firmeza la presión de una sentencia absolutoria.

El Rey prohibió a los miembros de la Familia Real hacer cualquier clase de negocios

Había que ver de cerca este viernes de autos la expresión del Rey en el minuto previo a la sentencia para sorprender un par de muecas instantáneas en medio de unas sonrisas demasiado abiertas. La profesionalidad, el escrúpulo protocolario y la brevedad -deliberada- de la cobertura informativa en el Museo Thyssen, no pudieron esconder la incomodidad del momento. Por esta vez, el gesto alegre de la Reina parecía el mas natural. Cabía constatar, simplemente, que el joven monarca no es de piedra.

Sin embargo, su determinación pública sigue siendo de cristal blindado. Antes de sucumbir en el intento y abdicar, su padre Juan Carlos I actuó como jefe de la dinastía, poniendo distancia y los primeros cordones sanitarios frente a las irregularidades de su yerno y a la negación de su hija. Pero fue Felipe VI quien llegó más lejos, no sólo como monarca sino, muy especialmente, como jefe de Estado.

En calidad de rey, vino a desterrar a la Infanta y acentuar su exilio con una exclusión de la agenda, desde el acto mismo de su proclamación. Además, en el primer aniversario de su reinado, y a punto de fijarse la fecha del juicio del caso Nóos, le arrebató el ducado de Palma.

En ambos casos, dejó sentada su autoridad con gestos expresos de rechazo hacia la actuación de su hermana y cuñado. Primero, hizo saber que la Familia Real se reducía a la pareja real, los padres -también reyes- y las hijas; lo que en realidad no difería de la estructura de la anterior Familia Real. Pero es que, además -y esto fue lo más revelador- prohibió taxativamente a sus miembros hacer cualquier clase de negocios. Por si fuera poco, y tras dictar otras normas de austeridad y transparencia, despidió al secretario de las infantas, que se convirtió en el primer ex empleado de la Casa en pleitear con la institución.

En cuanto a la revocación del título, no sólo anuló la decisión de su padre, 18 años atrás, sino que se enfrentó dialécticamente a su hermana al desmentir oficialmente su pretendida petición previa Del Real decreto. Probablemente, este inédito y público rifirrafe es el que mejor ilustra la dureza del muro del Rey. Y es que, más importante que la pervivencia o no del ducado de Palma -que ya los palmesanos habían saldado con la retirada de la placa de sus calles- era que los españoles supieran que era precisamente Felipe VI quien había tomado medidas. Para el bisnieto de Alfonso XIII -el último de los muchos reyes que en España han caído- era fundamental arrancar de propia mano cualquier tumor de indignación popular para salvar la Corona. Más si cabe, cuando Doña Cristina seguía empecinada en no colaborar en la operación con la renuncia -necesariamente voluntaria- a sus derechos de sucesión. Hubo de hecho un momento, en invierno de 2015, que cerca de la Casa se apostó por que ella iba a dar el paso; razón por la que la tensión se hizo mayor.

Felipe VI se había propuesto liderar la regeneración moral de las instituciones

Pero ni siquiera iba a ser su único gesto, porque como primer rey constitucional del régimen de 1978, Felipe VI se había propuesto liderar la regeneración moral de las instituciones -seriamente tocadas por la crisis y los casos de corrupción- con su compromiso de «ejemplaridad». Además, sabía por convicción que su función representativa, simbólica y arbitral está íntimamente ligada a la democracia parlamentaria, hasta el punto de que la institución nunca sobreviviría por sí sola a la división de poderes, ni a un intervencionismo, siquiera dialéctico, en el Poder Judicial. Y por ello construyó un discurso que al comienzo sonó evasivo, pero que finalmente le ha resultado salvador: en lugar de expresar su «sorpresa» por las decisiones de los jueces como hizo al principio del proceso su padre, se mantuvo fiel al «respeto absoluto» hacia sus decisiones.

Relaciones familiares rotas

Naturalmente, a lo largo de este proceso las relaciones familiares no sólo han sido frías sino, directamente, rotas. Antes ya de la proclamación, hace justo tres años, el príncipe llamó la atención al no saludar a su cuñado cuando coincidió con él en la final del Mundial de Balonmano. Ni siquiera saludó a sus sobrinos. No quedaban ni las cenizas de aquella complicidad con que habían nacido las dos parejas y que, como tantas veces se ha contado, sirvió para introducir a Doña Letizia en palacio o alojarla en Barcelona, y para hacer de Urdangarin el asesor de la compra del anillo de compromiso del príncipe.

Absuelta doña Cristina, el rey Felipe sigue con el muro levantado

Claro que con su hermana la ruptura no fue completa. Si por algo sorprendió la contundente retirada del título fue porque en el invierno de 2015 la Infanta había asistido a algún evento familiar, como el almuerzo privado que los reyes celebraron en casa tras la primera comunión de la princesa de Asturias. Aunque no hubo fotos de por medio, Doña Cristina acudió a Zarzuela con su hija, Irene. Incluso existe una imagen de funeral en el que se les ve sentados y hablando a los dos hermanos, con una retranqueada Reina Letizia al fondo.

Absuelta doña Cristina, y vuelta una parte importante de la opinión pública a su favor, el Rey sigue con el muro levantado. No sólo no restituirá a su hermana el ducado de Palma sino que tendrá buen cuidado en no rehabilitar a quien no sólo ha sido declarada partícipe a título lucrativo en el delito de su marido, sino que sigue sin acatar la sentencia, al volver a reclamar la inocencia de éste. Los hechos acreditados, además, tampoco dejan en el mejor de los lugares a la Casa de su padre, de cuya «proximidad» se aprovechó el condenado. Por otra parte, las palabras del instructor José Castro, criticando la benevolencia del fallo con la Infanta en comparación con el de la La Pantoja, resultaron el viernes tan inconvenientes en derecho como inquietantes para una institución todavía vapuleada por el populismo de la izquierda, el independentismo y las redes. Por si fuera poco, además, la Infanta sigue sin renunciar a sus derechos dinásticos; el último de los hilos que la monarquía necesitaría romper.

Vaya o no a la cárcel Urdangarin -hay quienes desean que lo haga cuanto antes en favor de la causa monárquica-; emprenda o no Doña Cristina, como se dice, un nuevo exilio en Lisboa, la Casa del Rey seguirá tomando distancias para preservar su reconocida reputación institucional y aún pondrá el turbo de una maquinaria dirigida ahora a desembarazarse de todos los correajes que la tenían atenazada. Superado el año de bloqueo político, salvado en lo fundamental el caso Nóos, La Corona pone rumbo a Japón y a tantos otros escenarios, por fin, aparentemente más reconfortantes.