Artur Mas regresó con fuerza a la primera línea de la política catalana tras la vista oral del juicio por la organización del 9-N.  El ex president ha marcado, en parte, el discurso del soberanismo en las últimas semanas con sendas conferencias en la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid y, sobre todo, en el Kursaal de San Sebastián como invitado de honor del ex lehendakari Juan José Ibarretxe. Y más tarde en Oxford y Harvard, éstas organizadas por el departamento de Presidencia de la Generalitat.

Desde su equipo niegan que haya intensificado su agenda, afirman que nunca se fue y señalan que desde febrero de 2016, superado el shock de perder la presidencia de la Generalitat por obra y gracia de la CUP, ha pronunciado 50 conferencias por toda Cataluña. Pero a nadie se le escapa que su figura ha ganado enteros en las últimas semanas por dos hechos fundamentales: el juicio del 9-N, convertido por las entidades soberanistas en una nueva demostración de fuerza en la calle, y el autodescarte de Carles Puigdemont como candidato a la presidencia de la Generalitat.

En este contexto, se analizan con lupa sus declaraciones en Madrid, donde algunos entendieron que el ex presidente catalán apostaba por la tercera vía para evitar el choque de trenes que implica la celebración de un referéndum independentista. Desde la órbita de Carles Puigdemont, en cambio, aseguran que no hay contradicción en el actual y el anterior inquilino de la Casa dels Canonges y que Mas se limitó a señalar que entre el referéndum y el inmovilismo debería haber una tercera vía, una oferta del Gobierno que no acaba de llegar.

Más contundente fue su mensaje desde San Sebastián: «No hemos llegado hasta aquí para tirar la toalla». Una afirmación que tanto se puede leer en términos de procés como de su propia carrera política. El juicio del 9-N le ha devuelto el papel de mártir y protagonista del proceso que la CUP le robó en enero de 2016 cuando vetó un gobierno que le tuviera a él como presidente y sus colaboradores más cercanos le animaron a dar «un paso al lado».

La crispación de Mas tras su renuncia era evidente en todos los actos públicos a los que asistía, que han sido muchos. Pero esa crispación se borró de su rostro el día 6 de febrero, cuando de nuevo se vio protagonista de una movilización organizada por Ómnium y la ANC que le llevó en volandas hasta las puertas del Palacio de Justicia de Barcelona.

Doble candidatura Mas-Puigdemont

En este contexto, cada vez se habla más abiertamente del ex president como cabeza de lista en las elecciones autonómicas que todos los partidos dan por seguras a finales de este año. Una lista en la que los más optimistas dentro de la formación soberanista apuestan por una candidatura liderada por Artur Mas en Barcelona y Carles Puigdemont en Girona para intentar batir a Oriol Junqueras, al que todas las encuestas dan como vencedor.

Aunque la dirección del PDCat insiste en intentar frenar el debate de los nombres para fijar primero las bases ideológicas del nuevo partido, la falta de un candidato claro es un hándicap más para el partido, mientras ERC, C’s, PSC y PP engrasan ya sus maquinarias electorales con líderes bien definidos. Sólo los comunes de Ada Colau se encuentran en una situación tan precaria como la del PDCat.

Esta situación ha sido la mejor excusa para que Artur Mas vuelva a postularse, cada vez más abiertamente, como salvador del partido. «Yo, que en condiciones normales debería decir no, pero no puedo decirlo por una cosa: él ha dicho que no se presentará», advertía recientemente en una conferencia ante militantes en Sabadell. «Sí me autodescarto», añadía Mas, «la debilidad de nuestro proyecto político es muy grande. En otro momento yo habría dicho que no. Ahora no digo que sí, pero debo estar abierto a ver qué pasa en el momento final de todo lo que estamos viviendo». Y concluye Mas: «Os puedo decir cómo actuaré y cómo tomaré esta decisión: será exactamente igual que en enero del año pasado, primero pensaré en el país, en el partido, y después en mí».