¿Quién era verdaderamente? ¿Se sabrá alguna vez la verdad, toda la verdad?». Las preguntas con las que el profesor André Kaspi concluye su biografía sobre John Fitzgerald Kennedy son una clara muestra de las dificultades que entraña el análisis de la figura del trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos.

Cuando se cumplen cien años de su nacimiento (29 de mayo de 1917), el mito se sigue entremezclando de forma inextricable con la realidad de un personaje convertido en leyenda casi sin tiempo para justificarlo con sus actos. Porque de Kennedy queda para la posteridad su dramático y misterioso asesinato en Dallas y una aureola de seducción -salpicada de sonados romances- que han hecho de él una de las figuras más carismáticas del siglo XX.

Episodios más controvertidos de su intensa presidencia, como el fallido desembarco de Bahía Cochinos, la crisis de los misiles de Cuba de 1962 o el creciente esfuerzo estadounidense en el sudeste asiático para frenar el avance del comunismo, tampoco parecen sustentar la relevancia de que gozó y aún goza.

Y es que, como el propio Kaspi resalta, sorprende «la fuerza de un mito que ha transformado una presidencia de mil días en una leyenda épica, como si los Estados Unidos de noviembre de 1963 fueran profundamente distintos de los de enero de 1961».

Kennedy murió en Dallas un 22 de noviembre de 1963. Dos impactos de bala; un sospechoso, asesinado dos días después de su detención; una investigación poco concluyente -reabierta varios años después sin conclusiones más satisfactorias-; y un sinfín de teorías conspiratorias en las que la planificación de su asesinato ha sido atribuido al comunismo soviético, a Fidel Castro, a la extrema derecha, a la mafia, al FBI o, incluso, a su vicepresidente y posteriormente sucesor en la Casa Blanca, Lyndon B. Johnson, acabaron por elevar al salón de la fama al que fue el presidente más joven de los Estados Unidos desde Theodore Roosevelt.

Pero, según observa Theodore Sorensen, uno de sus más estrechos colaboradores durante su carrera política, «sería una ironía del destino que su martirio convirtiera hoy en mito al hombre mortal. Según mi opinión, el hombre era más grande que la leyenda».

Y es cierto que, más allá de su muerte, su leyenda sería difícil de comprender sin reparar en su trayectoria. Una fulgurante carrera labrada, más que en sus políticas, en una sucesión de imágenes que hicieron de Kennedy un personaje seductor, capaz de granjearse la admiración de una gran parte de sus coetáneos.

Kennedy basó gran parte de su éxito político en su arrolladora capacidad de seducción

Porque en los menos de tres años que duró su mandato, Kennedy careció de margen para poner en marcha su programa de gobierno, frenado en muchas ocasiones por su propia contemporización y en mayor medida por las trabas impuestas por el Congreso.

Aunque la verdad es que aquel joven presidente de Estados Unidos ni siquiera albergaba ideas excesivamente revolucionarias, hasta el punto de que el periodista Walter Lippmann llegó a decir de su gobierno que era «la administración Eissenhower -la que le había precedido en la Casa Blanca- con treinta años menos».

Pero esa apreciación sobre su edad no es una cuestión baladí. Su juventud, la rapidez con la que ascendió a lo más alto de la jerarquía política de la mayor potencia mundial, es uno de los elementos claves sobre los que se apoya el mito de Kennedy.

Un mito que se vio potenciado potenciado por él mismo. «No hay lugar a dudas: el inventor del mito Kennedy fue el propio Kennedy. Él se preocupó siempre de la imagen que daba de sí mismo ante la opinión pública, ante sus compatriotas, en el extranjero», sostiene Kaspi. 

Una familia con poder

El presidente popularmente conocido como JFK, por sus iniciales, había nacido provisto de todos los ingredientes para triunfar: un padre que había llegado a ser una de las personas más ricas de Estados Unidos, importantes contactos en los ámbitos políticos y empresariales, ingentes recursos económicos y una familia siempre dispuesta a apoyarle. Una materia prima que no tardó en completar con distintos episodios de su juventud que empezaron a dar forma a su leyenda.

Especial consideración merecería su actitud durante la Segunda Guerra Mundial, la que le valdría un reconocimiento más generalizado. En abril de 1943, cuando estaba al frente de una lancha patrullera PT 109 en aguas del Pacífico, Kennedy se vio sorprendido por un destructor japonés, que embistió su nave, partiéndola en dos.

En todo momento, el futuro presidente de los Estados Unidos, que por entonces cuenta con 25 años, muestra una actitud valerosa que permite que después de siete días dramáticos toda la tripulación del barco regrese a su base sana y salva. Kennedy recibiría varias condecoraciones por su ejemplar comportamiento en aquel dramático episodio.

Es poco después de aquello cuando Kennedy inicia su carrera política. En 1946 se presenta por Boston a la Cámara de Representantes y sale victorioso. En elecciones sucesivas reedita su cargo, hasta que en 1952 decide competir por un puesto en el Senado por el Estado de Massachusets. Nuevamente resulta vencedor.

Su familia y sus elevados recursos serían clave en su exitosa carrera política

En el éxito electoral de Kennedy son fundamentales las relaciones personales. El político de ascendencia irlandesa cultiva en todo momento el contacto con sus conciudadanos, acepta todas las invitaciones que le llegan para darse a conocer, estrecha miles de manos y progresivamente perfecciona una maquinaria electoral en la que su familia y amigos más cercanos protagonizan un papel esencial.

Al igual que su dinero. En 1960, cuando se presenta como candidato en las primarias del del Partido Demócrata para las elecciones presidenciales, uno de sus rivales, el senador Hubert Humprey, llegaría a reconocer haberse sentido como un pequeño comerciante frente a una cadena de almacenes.

Pero no serían, ni mucho menos, los recursos económicos la base del éxito político de Kennedy, sino su capacidad de seducción. En 1960, hacía ya siete años que había contraído matrimonio con Jacqueline Lee Bouvier, una joven proveniente de una familia rica y bien considerada en Nueva York, con ascendencia francesa.

Jackie Kennedy jugaría un papel muy relevante en la construcción del personaje en que se convertiría su marido a ojos de la opinión pública. Y es que ella, con su presencia y actividades, le introduce en el mundo intelectual y artístico. Y esta dimensión del joven político se vería reforzada con la concesión en 1957 del premio Pulitzer, tras la publicación de su segundo libro.

Llegada a la Casa Blanca

Kennedy tendría oportunidad de demostrar su fuerza de atracción en su pugna con Richard Nixon por la presidencia del país, en noviembre de 1960.

En aquella campaña los ciudadanos estadounidenses tuvieron por primera vez la oportunidad de seguir por televisión el debate entre los candidatos a la primera presidencia. Se estima que unos 115 millones de votantes siguieron alguno de los cuatro enfrentamientos entre Nixon y Kennedy, de los que éste último resultaría vencedor de forma clara según los sondeos posteriores.

«Su camisa azul, su tez bronceada, su mirada fija sobre la cámara (sobre el espectador, por tanto), su rápida locución y sus respuestas precisas, impactantes, su magnífica seguridad, su indiferencia por un interlocutor abrumado, acorralado a veces al verse obligado a silenciar lo que sabía», logran cautivar a los votantes, explica Kaspi. 

Su buena imagen en los debates televisados contribuyó a su victoria sobre Nixon

Ninguno de estos detalles es fruto del azar. Kennedy es consciente de que gusta y lo aprovecha eficazmente. Esa baza nada desdeñable permitiría al joven aspirante a la presidencia a sobreponerse a los recelos que generaba en el país la posibilidad de un presidente católico o las acusaciones de falta de experiencia ejecutiva, e imponerse por un estrecho margen -poco más de 100.000 votos- a Nixon.

Con su llegada a la Casa Blanca, la imagen idealizada de Kennedy alcanzaría su culmen. El nuevo presidente, enarbolando la idea de la «Nueva Frontera», se erige en símbolo del deseo del pueblo estadounidense de superar los desafíos que le acechan desde hace años y volver a situarse a la vanguardia mundial, como ejemplo y baluarte de las libertades. En un momento de amenazas, ejemplificadas por el comunismo internacional, Estados Unidos debe ponerse al frente.

Para ello, Kennedy exige a sus conciudadanos acción, en un mensaje que extiende al conjunto de la humanidad. «No os preguntéis, mis queridos compatriotas estadounidenses, lo que vuestro país puede hacer por vosotros. Preguntaos lo que vosotros podéis hacer por vuestro país. No os preguntéis, mis queridos compatriotas del mundo entero, lo que América hará por vosotros, sino lo que conjuntamente podemos hacer por la libertad del hombre”, afirmaría en su célebre discurso de investidura, pronunciado el 20 de enero de 1961.

A partir de aquel instante comenzaría una gestión presidencial que esconde casi tantas sombras como luces. A Kennedy se le llegaría a acusar al mismo tiempo de ir demasiado rápido o demasiado lento, según le juzgaran conservadores o liberales.

La gestión presidencial de Kennedy encierra casi tantas sombras como luces

Sus detractores recalcarán de él la carrera armamentística en la que sumió al país, poniéndolo al borde de una confrontación nuclear con la URSS; el dramático legado que dejó a sus sucesores en Vietnam; su escasa osadía en la lucha por los derechos sociales o la falta de resultados en su propósito por reducir el desempleo.

Para sus defensores, en cambio, Kennedy es el hombre que desactivó el riesgo de una guerra nuclear con su firme actuación durante la crisis de los misiles de Cuba; quien arriesgó su prestigio interno por hacer de Estados Unidos el adalid de las libertades en cualquier rincón del mundo; el presidente que sacó al país del estancamiento económico; y el que concienció a la opinión pública de la necesidad de avanzar hacia una sociedad más igualitaria.

Unos y otros cuentan con sus argumentos, que admiten matices.

Lo que pocos se atreven a negar es el encanto que irradió John F. Kennedy hasta el último día de su vida. Un encanto que quiso poner en valor aquella calurosa tarde de noviembre en Dallas, un territorio hostil, al que decidió acudir, descuidando su protección, convencido de que su presencia, su cercanía, sería capaz, una vez más, de cautivar a unas masas cuyo voto podría resultar especialmente valioso en las elecciones del año siguiente.

Dos impactos de bala truncaron aquel objetivo, al tiempo que elevaron su figura a la condición de mito.