El PP buscaba pasar de puntillas por una jornada histórica en la Asamblea de Madrid, donde se debatía la segunda moción de censura madrileña de la democracia. La plana mayor de Podemos acudió a la cámara regional las primeras horas de la sesión para dar al debate aires de excepcionalidad, pero el intercambio de acusaciones y la polémica por la interpretación del reglamento rebajó el nivel de la sesión. La expectación inicial no superó las primeras horas, y el debate se fue deshinchando a medida que avanzaba el día. Podemos, que comenzó con aire triunfal, terminó enfrentándose a la soledad de su grupo en apoyo a la medida y le costó enfocar la discusión en torno a la iniciativa que defendían.

Las intervenciones continuadas de los consejeros del Gobierno de Cristina Cifuentes -amparadas por la polémica decisión de presidenta de la Asamblea- consiguieron diluir y desviar la atención de una moción que sólo consiguió los votos de los 27 diputados de Podemos frente a las 37 abstenciones del PSOE y los 64 ‘noes’ de PP y C’s.

Las réplicas fueron las protagonistas de la jornada. Después de una intervención, miembros de los demás grupos parlamentarios pedían la palabra para contestar a las acusaciones,  y el debate acababa desviándose de la moción de censura. La primera intervención fue del líder de Podemos en la Comunidad, Ramón Espinar, que denunció las presuntas corruptelas del PP en una intervención que abrió la tanda de respuestas del resto de grupos.

Especialmente dura fue la respuesta del popular Ángel Garrido, que parafraseó una expresión utilizada por Espinar en una entrevista, y explicó la «puesta de largo» que Podemos protagonizaba en la Asamblea. Unos términos que la candidata a la moción, la portavoz parlamentaria Lorena Ruiz-Huerta, calificaba como «prejuicios machistas, clasistas y paternalistas».

El diputado de Podemos Jacinto Morano fue este jueves la sorpresa y el salvavidas de Podemos, que se enfangó en réplicas y contrarréplicas con el PP, protagonizando una auténtica pinza en la que PSOE y Ciudadanos pasaron casi desapercibidos. Morano supo defender los intereses de su grupo cargando su discurso de ironía y un toque cómico, sin llegar a rebajarlo a insultos o descalificaciones. Sus intervenciones dieron oxígeno a una sesión recargada y fue el protagonista de una de las imágenes del día, cuando sacó una lista desde la tribuna con «cientos de nombres de imputados del PP». El papel llegaba hasta el suelo desde el atril, y al finalizar su discurso acudió a entregárselo a Cifuentes, aunque la lista acabó finalmente en la alfombra parlamentaria.

Las primeras referencias por parte del PP a los dirigentes de Podemos no tardaron en llegar: financiación de Venezuela, el piso de Espinar o la polémica con las becas de Errejón fueron alguno de sus primeros argumentos. Inclusó llegó a asegurar que Podemos era «un partido de pederastas» y llegó a clasificar a sus miembros como «narcotraficantes». La polémica estaba servida. Las protestas y las réplicas enfangaron aún más el tono y la sucesión de intervenciones de los consejeros de Gobierno de Cifuentes rebelaron a toda la oposición, que llegó a formalizar una protesta ante la Presidencia de la Cámara.

La candidata de la moción, Ruiz-Huerta, se presentaba como la candidata a la moción de censura, pero tuvo de facto un papel secundario y sólo intervino para presentar su proyecto y al final del debate, quedando en un segundo plano en el resto de la sesión. En su primera intervención, leyó su discurso durante más de una hora y media mientras Pablo Iglesias, Irene Montero, Pablo Echenique o Iñigo Errejón asistían desde la tribuna.

El líder de Podemos fue torciendo el gesto a medida que avanzaba en su discurso. La portavoz de Podemos en la Asamblea no supo suplir la falta de apoyos parlamentarios y su alocución, donde expuso ampliamente su proyecto, estuvo falta de emoción o implicación política. Un discurso sin emoción en un debate que sólo podían salvar con ese argumento. Ruiz Huerta aseguró antes del comienzo que la moción ya había sido un «éxito» porque representaba a miles de personas. Iglesias, con gesto de enfado, no parecía respaldar estas palabras desde la tribuna y a su salida a mediodía tuvo que defender la intervención de su candidata, y la calificó como «rigurosa».

La estocada final llegó cerca de las nueve de la noche, tras diez horas de debate y cuando ya no había ningún dirigente estatal del partido morado.  Fue entonces cuando, tras un rifirrafe entre Podemos y el PP, la bancada popular al completo abandonó la cámara después de que Espinar rechazara retirar una parte de su discurso en la que acusaba a los dirigentes populares de pasar «de robar a regenerar». Los populares sólo volvieron a última hora para asistir a las votaciones. La presidenta de la Comunidad ni siquiera llegó a intervenir en el debate, un gesto enmarcado en la estrategia del PP por darle un perfil bajo a la jornada.

Cifuentes, al término del debate, alegó que había preparado dos intervenciones, pero que había declinado intervenir por la bajeza del debate: «Me ha parecido que el debate estaba terminado y que poco podía aportar», ha destacado, asegurando que «lo importante era preservar la dignidad de mi grupo parlamentario». La presidenta ha asegurado que «desde el primer momento», los dirigentes de Podemos utilizaron un «nivel muy insultante», y llegó a asegurar que los diputados morados se «aprovechan del aforamiento» para lanzar «insultos gravísimos que serían objeto de difamación».

«Ha sido un debate duro», «desagradable», llegó a reconocer Cifuentes, mientras Ruiz-Huerta calificaba como «bochornosa» la actuación del PP «frente al rigor de Podemos denunciando las estructuras corruptas». Tanto el PP como Podemos reconocía así el bajo nivel del debate, aunque responsabilizaban de ellos al contrincante político. Escenificaban así la única coincidencia que mostraron a lo largo de la jornada.