El 2 de abril de 1982 la Plaza de Mayo, en Buenos Aires, aparecía repleta de una multitud enfervorecida. Hacía sólo tres días que aquel había sido el escenario de una multitudinaria protesta contra el Gobierno argentino, cuya presidencia ostentaba en aquel momento el general Leopoldo Fortunato Galtieri. Pero en esta ocasión, las críticas habían dejado paso a los vítores y las alrededor de 10.000 personas que se daban cita en la emblemática plaza coreaban el nombre de Galtieri al tiempo que ondeaban centenares de banderas albicelestes y pancartas en las que un lema se repetía obstinadamente: «Las Malvinas son argentinas».

Portada del diario Clarín del 3 de abril de 1982.

Portada del diario Clarín del 3 de abril de 1982. Comisión Provincial por la Memoria

Esa misma mañana, un destacamento de las Fuerzas Armadas argentinas había desembarcado en aquel pequeño archipiélago y, tras una rápida operación, habían aceptado la rendición de la reducida guarnición británica y puesto las islas Malvinas bajo la soberanía de Argentina. Pocos podían imaginar entonces que aquella maniobra iba a suponer el principio del fin del régimen militar que gobernaba el país desde hacía seis años.

El dominio de las Malvinas (Falklands, según la denominación británica) había sido objeto de disputa desde hacía siglo y medio, cuando Reino Unido se apropió de ellas. Se trata de un conjunto de dos islas principales y más de 200 de menor tamaño, con una superficie conjunta de poco más de 12.000 kilómetros cuadrados (un tamaño similar al de la Región de Murcia) en las que, por entonces, vivían algo menos de 2.000 personas. Se ubican en el Atlántico Sur, a unos 500 kilómetros de la costa argentina y a más de 12.000 kilómetros de las islas británicas.

Pese a su reducido tamaño, recuperar las Malvinas había sido una obsesión durante años del pueblo argentino y el Gobierno había emprendido durante las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial distintas iniciativas diplomáticas tendentes a recuperar la soberanía del archipiélago sin resultados palpables.

Argentina creía que los británicos no lucharían por unas islas lejanas y diminutas

Así, aquella aspiración seguía latente a inicios de la década de 1980. Y no sólo entre los dirigentes políticos del país, sino que también era un anhelo arraigado entre el pueblo. Por eso, la Junta Militar que regía los destinos de Argentina recurrió a aquella baza para sobreponerse al descontento que se iba abriendo paso entre la población tras años de dictadura salpicados de atrocidades.

Una economía en serios problemas actuaba como trasfondo de las disputas entre los altos mandos del Ejército y alentaba a la oposición política a organizarse para reclamar la transición a la democracia. Durante 1981, el Gobierno encabezado por el general Roberto Viola intentó llevar a cabo un ligero aperturismo que se vio frustrado con su sustitución en la presidencia del país por Leopoldo Fortunato Galtieri, representante de la línea más dura en las Fuerzas Armadas.

Fue Galtieri quien dio el visto bueno al plan pergeñado por el comandante de la armada Jorge Anaya para recuperar el dominio de las Malvinas mediante una invasión.

La estrategia argentina contemplaba una serie de elementos que parecían jugar a su favor: la lejanía de Reino Unido hacía improbable que se decidiera a contraatacar para recuperar las islas y las buenas relaciones de Galtieri con el presidente estadounidense Ronald Reagan generaban confianza en que la mayor potencia mundial apoyaría las reclamaciones argentinas o, al menos, se mantendría neutral.

Así, Galtieri y sus asesores contaban con que tras la invasión, Reino Unido se prestaría a abrir negociaciones, tras lo que las fuerzas argentinas abandonarían la isla sin necesidad de librar batalla.

Todos estos cálculos resultaron erróneos.

La reacción británica

La popularidad de la presidenta británica, Margaret Thatcher, atravesaba también por aquellas fechas horas bajas. Y la invasión argentina le brindaba la oportunidad de recobrar el respaldo del pueblo a través de una acción de fuerza.

Thatcher contaba, además, con armas diplomáticas suficientes para garantizarse el apoyo de las grandes potencias. La ONU no tardó en calificar a Argentina como país agresor y Reagan también daría su respaldo a los intereses británicos: «El principio al que todos debemos ajustarnos es que no se debe permitir que una agresión armada de este tipo tenga éxito», afirmó el presidente estadounidense.

Con tan poderosos respaldos, Reino Unido puso en marcha tan sólo tres días después de la invasión argentina la más poderosa flota desplegada desde la Segunda Guerra Mundial.

Con las naves británicas ya rumbo de las Malvinas, el Gobierno argentina aún mantenía su confianza en una solución diplomática favorable a sus intereses. De nuevo el 10 de abril, ante la llegada del mediador enviado por el gobierno estadounidense, Alexander Haig, decenas de miles de argentinos se reúnen en la Plaza de Mayo para reclamar la soberanía argentina de las islas y aclamar al gobierno por su decidida acción. Desde los balcones de la Casa Rosada, el palacio presidencial, Galtieri exclamaba eufórico: «Que sepa el mundo que hay un pueblo con voluntad decidida. […] ¡Si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla!».

El hundimiento del General Belgrano mostró la firme voluntad británica de recuperar las islas

Pero Argentina no tardaría en comprobar cruelmente que Thatcher no iba de farol. El 2 de mayo, el submarino británico Conqueror torpedeaba y hundía el crucero argentino General Belgrano, provocando la muerte de 368 de sus tripulantes.

Pese a la estupefacción que generó la acción británica, el Alto Mando argentino no se mostró dubitativo en su respuesta y sólo dos días después, haciendo uso de su arma más poderosa, los misiles Exocet, logró hundir el destructor Sheffield.

En las semanas siguientes, la aviación argentina, haciendo gala de una pericia y un arrojo reseñable, volando en muchos casos a ras de mar para sortear los radares enemigos, plantó cara a las fuerzas británicas, causando notables bajas a su aviación y a su armada. Pero poco a poco, la mayor capacidad técnica del Ejército británico se fue imponiendo y el 21 de mayo ya habían logrado desembarcar en la isla Soledad, donde se emplazaba el grueso de las fuerzas argentinas.

Hasta entonces, el destacamento argentino había recibido el mensaje de que el desembarco británico era inviable y que, por ende, no se producirían enfrentamientos en tierra firme. Ahora, se encontraba cara a cara con un enemigo mejor entrenado, mejor pertrechado y que, además, contaba con un mayor respaldo de su aviación y de su marina.

Mientras el gobierno mantenía viva la euforia del pueblo -que organizaba colectas para enviar dinero y provisiones a los militares destacados en las islas-, con la connivencia de una prensa entregada casi sin excepción a la propaganda de la dictadura, las fuerzas argentinas asistían impotentes al avance inexorable del ejército británico hacia la capital del archipiélago, Puerto Stanley (Puerto Argentino, según había sido renombrada por las fuerzas argentinas).

El general Leopoldo Fortunato Galtieri.

El general Leopoldo Fortunato Galtieri.

A partir del 9 de junio, en torno a los montes que se levantan frente a la capital de la Malvinas, las fuerzas británicas inician la última ofensiva para retomar el control del archipiélago. Se viven batallas cruentas, que en ocasiones terminan en un sangriento cuerpo a cuerpo.

Este envite coincide con la llegada del papa Juan Pablo II a Argentina con un reclamo de paz. Frente a éste Galtieri afirma que «el honor argentino no tiene precio» y que «la guerra continuará cuanto sea necesario».

Pero no sería necesario mucho más. El 13 de junio, las últimas defensas argentinas se desmoronan y el Ejército británico consigue entrar en Puerto Stanley. Al día siguiente, el gobernador militar de las islas, Mario Benjamín Menéndez, firma la rendición, poniendo fin a 74 días de guerra en los que cerca de 1.000 personas habían perdido la vida (unos 700, soldados argentinos).

Una derrota dolorosa

La noticia de la derrota cayó como un jarro de agua fría sobre el pueblo argentino. El 15 de junio, la Plaza de Mayo es nuevamente escenario de una concentración popular. Galtieri trata de explicar las razones de la derrota, pero sus palabras no logran calmar la ira de sus conciudadanos. «¿No era que íbamos ganando?», se oye gritar, al tiempo que vuelven a resonar los cánticos contra la dictadura, guardados en un cajón desde el estallido de la crisis: «Se va a acabar la dictadura militar», corea la multitud.

«Hay confusión y, por grupos, la gente discute en las esquinas. Comienzan varios disturbios y mientras algunos policías lloran y se sacan la gorra, otros acatan las órdenes y lanzan gases lacrimógenos. Los manifestantes, con bronca tiran las vallas metálicas, un coche policial se incendia y arden también dos colectivos», describe el historiador Ricardo de Titto en su obra Los hechos que cambiaron la historia argentina en el siglo XX.

Aquellos disturbios eran síntomas claros de la descomposición de un régimen que empezaba a escribir sus últimas páginas. Las Fuerzas Armadas habían sumado a sus fracasos político y económico un fracaso militar que hacía inviable su continuidad en el poder. Galtieri renunció a la presidencia el 17 de junio y, aunque los militares siguieron ostentando el poder un año más, su sucesor, Reynaldo Bignone, tuvo como principal misión preparar la transición a la democracia. En octubre de 1983, con la victoria electoral de Raúl Alfonsín, se ponía el punto final a siete años de una dictadura militar carcomida por el fiasco de las Malvinas.

La Constitución argentina sigue ratificando la soberanía sobre las Malvinas

Lo que no derribó la derrota militar fue el anhelo argentino de recuperar la soberanía de las islas. Un deseo que es sustentado, incluso, por la Constitución del país, que establece que «la Nación Argentina ratifica su legítima e imprescriptible soberanía sobre las islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur y los espacios marítimos e insulares correspondientes, por ser parte integrante del territorio nacional. La recuperación de dichos territorios y el ejercicio pleno de la soberanía, respetando el modo de vida de sus habitantes, y conforme a los principios del Derecho Internacional, constituyen un objetivo permanente e irrenunciable del pueblo argentino».

Para los habitantes de las islas, quedan como vívido recuerdo de las aspiraciones argentinas las decenas de tumbas que se levantan en el cementerio de Darwin, en la isla Soledad. Terminada la guerra, las autoridades británicas ofrecieron la opción de repatriar los cuerpos de los soldados argentinos fallecidos en las Malvinas durante la guerra. La respuesta que recibieron fue suficientemente elocuente: «No hay nada que repatriar, porque están en su patria».