Alemán europeísta y europeo teutónico. El canciller de la unificación, el visionario de los “paisajes florecientes”, el gigante que encarnaba la potencia de la locomotora germana, ya había pasado a la Historia hace tiempo pero ha dejado de ser mortal. Canciller entre 1982 y 1998, vio cómo su amigo Mijail Gorbachov propiciaba como presidente de la URSS la caída del Muro de Berlín, fue el primero en gobernar en la Alemania unificada y se convirtió en uno de los impulsores de la moneda única europea.

En sus últimas declaraciones públicas, Helmut Kohl afirmaba a su amigo Kai Diekmann, director del Bild, hace un año, justo después de que el Reino Unido aprobara el Brexit, que sería un error que la UE diera un portazo a Londres, y advertía de los riesgos de actuar con “innecesaria severidad” con los británicos.

Europeísta hasta la médula, Kohl pedía comprensión con el Reino Unido y mayor respeto con las diferencias nacionales, según ha recordado ahora The Guardian. Sus palabras resuenan como el preludio de las negociaciones del Brexit que comienzan el lunes 19.

Kohl se había retirado de la primera línea política en 2002, como consecuencia de un escándalo sobre las cuentas de su partido, la Unión Cristiano Demócrata (CDU), que ensombreció su legado. Después de una caída en 2008 vio mermadas sus facultades. Tenía dificultades para hablar y solía necesitar una silla de ruedas para moverse.

En su última entrevista advertía de los riesgos de la “innecesaria severidad” con los británicos por el Brexit

Concedía raras entrevistas, salvo a amigos como Diekmann, que fue uno de los padrinos de su segunda boda con Maike Richter en 2008, y coautor de su libro de memorias, publicado en 2000. Precisamente en abril pasado un juez le compensó con una indemnización de un millón de euros por una biografía no autorizada que violaba sus derechos de imagen.

Nacido en Ludwigshafen un 3 de abril de 1930, tuvo la suerte de venir al mundo demasiado tarde, como reconoció en un discurso en la Knesset israelí. Era un niño, apenas nueve años, cuando empezó la Segunda Guerra Mundial, en la que perdió a su hermano mayor, Walter. Una vez terminado el conflicto, con 15 años, vio cómo Alemania había quedado arrasada. De ahí contaba que procedía su pasión por la Historia, como vía para encontrar explicaciones al pasado y soluciones en el presente. En la adolescencia ya tenía claro lo que quería ser: canciller de Alemania.

Y lo logró contra pronóstico. Al menos la primera vez. Resultó derrotado en 1976 pero no perdió la fe en sí mismo. En 1982 llegó al poder tras una moción de censura con los liberales frente al socialdemócrata Helmut Schmidt. Pocos creían en que duraría al frente del gobierno. Desde 1983 ganó elección tras elección hasta su derrota frente al líder socialdemócrata, Gerhard Schröder, en 1998. Habían pasado 16 años y Alemania ya no estaba dividida por el Muro de la Vergüenza.

Las elecciones más emotivas para Helmut Kohl fueron precisamente las de 1990, las primeras de la Alemania unida, donde en su entusiasmo patriótico sólo veía “paisajes florecientes”. Luego hubo de reconocer que fue un proceso complejo y costoso. “No es que esté tratando de acelerar las cosas, es que hay una fuerza que nos conduce”, repetía sobre la unificación. En aquel 1990 se impuso al socialdemócrata Oskar Lafontaine, quien después sería ministro de Finanzas con Schröder cuando Kohl finalmente resultó derrotado en 1998.

No es que trate de acelerar las cosas, es que hay una fuerza que nos conduce”, comentaba sobre el proceso de unificación

Convencido de su misión histórica, trató de encauzar la unificación y también se volcó con Europa. En realidad, sabía que la Alemania unida lo sería en una Europa fuerte y que la fortaleza de Europa hacía indisoluble esa nueva Alemania. Contaba con la complicidad del presidente socialista, François Mitterrand, y juntos encarnaron la fortaleza del eje franco-alemán.

Esa imagen de Mitterrand y Kohl en 1984 de la mano en Verdún, donde habían muerto cientos de miles de franceses y alemanes en la Primera Guerra Mundial, quedó como testimonio de la reconciliación de los dos viejos contendientes. “La política de integración europea es en realidad una cuestión de guerra o paz para el siglo XXI”, solía decir.

Enorme e intimidante, Kohl tenía una presencia física apabullante (su peso fue siempre un misterio), que acompañaba con una voz rotunda y cortante. Volvía locos a los periodistas con parrafadas enormes en las que el verbo, que se coloca al final en la frase en alemán, nunca llegaba.

Su férrea determinación acababa seduciendo al interlocutor. Sabía moverse en su partido como pez en el agua recurriendo a la sencillez de su origen provinciano. También cautivaba a otros líderes internacionales como Gorbachov, Mitterrand o González por su excelente memoria y su cercanía.

Apoyó con entusiasmo el ingreso de España en las Comunidades Europeas hace 30 años. Siempre agradeció a González su respaldo a la unificación alemana, cuando otros dirigentes como la británica Margaret Thatcher se mostraron escépticos en principio.

La gloria le acompañó unos años pero también sufrió un calvario personal con el suicidio de su mujer, Hannelore, que padecía fotofobia y en 2001 renunció a seguir viviendo entre sombras. Cuando sucedió llevaban 41 años casados. Tuvieron dos hijos, Walter y Peter. Durante años Hannelore, que cuidaba su físico en extremo, había convivido con los rumores de la relación especial que mantenía su esposo con su secretaria, Julianne Weber. “Sobrevivimos a la Segunda Guerra Mundial. También sobreviviremos a esto”, comentaba convencida. Hannelore se fue discretamente.

Meses antes había pasado Helmut Kohl por otro via crucis. Poco después de perder frente a Schröder, lo que marcó el principio de su decadencia, estalló el escándalo de las cuentas secretas de su partido, la CDU. Se vio obligado a reconocer que había recibido entre un millón y dos millones de marcos (entre medio y un millón de euros) de donantes secretos, a quienes no quiso identificar. Los fondos fueron a parar a las arcas del partido en el este de Alemania. “Nunca fui sobornable y quien me conoce lo sabe”, solía repetir como un lema.

Nunca fui sobornable y quien me conoce lo sabe”, solía repetir sobre el escándalo de las cuentas de su partido

Su delfín, Wolfgang Schäuble, actual ministro de Finanzas, tuvo que desmarcarse discretamente. Fue más significativo el paso dado por Angela Merkel, quien había sido su protegida, das Mädchen (la chica), hasta entonces. En un artículo que se interpretó como una puñalada, Merkel se desmarcaba de su padre político, quien había permitido que empezara a crecer en el partido y en el gobierno. “El partido debe aprender a caminar ahora y comprometerse en batallas futuras con sus oponentes sin su viejo caballo de batalla, como solía llamarse Kohl… Nosotros que tenemos ahora la responsabilidad en el partido, y no tanto Helmut Kohl, hemos de decidir cómo encarar esta nueva era”.

Meses después fue elegida presidenta de la CDU. “Helmut Kohl cambió mi vida de forma decisiva”, reconocía nada más revelarse la muerte del canciller de la unificación, y aseguró que contar con él había sido “un golpe de suerte para Alemania y para Europa”.

Aquella vez Merkel fue estricta y táctica, como Kohl le había enseñado. El canciller, de alguna manera, eligió a su sucesora, aunque ni él era consciente de que la chica había heredado su fuerza, su determinación y su misión. Servir a Alemania por encima de cualquier otro vínculo.