Fue una de las víctimas que sobrevivió al atentado de Hipercor, la mayor masacre cometida por la banda terrorista ETA en toda su historia y del que se cumple este lunes el trigésimo aniversario. El 22 de noviembre de 2011, Rosa María Peláez Imaz (Marcilla, Navarra, 1949) se armó de valor y fue a la cárcel madrileña de Navalcarnero para entrevistarse con Rafael Caride Simón, el etarra que lideraba el comando que hizo estallar el coche bomba en el centro comercial barcelonés y que causó la muerte de 21 personas y heridas a otras 45. Estuvo tres horas sentada cara a cara con Caride Simón, que, condenado a 790 años de cárcel y arrepentido por su pasado, accedió a aquel encuentro con la intención de pedirle perdón a las víctimas. Rosa María Peláez no ha contado hasta ahora muchos de los detalles de aquella cita, que algunas víctimas no han terminado de entender. Éste es el relato de aquella jornada de noviembre de 2011 tal como la ha recordado para El Independiente.


 

“Nos metieron en cuarto y allí esperamos a que él llegara. Yo esperaba un tiarrón enorme y sin embargo era pequeño, sólo un poco más alto que yo. Recuerdo que llevaba una camiseta y una chaqueta como de chándal y que hacía un frío terrible. Hacía frío porque era noviembre y tenía el alma helada porque no sabía qué me iba a encontrar. Había una mesa enmedio y cuatro sillas. Los mediadores se pusieron uno a mi derecha y otro a mi izquierda y el etarra enfrente mía. Yo dije que no quería mesa, no quería distancia. Durante todo el encuentro le estuve pidiendo que hiciera el favor de mirarme a la cara, que no bajara la vista. Si tan valiente había sido para poner una bomba, tenía que serlo para hablar con una víctima a la que le había devorado la vida. ¿Qué le había hecho yo a esa persona que tenía delante de mí para que me hubiera hecho lo que me hizo, que no podré olvidar en toda mi vida? Yo entiendo que hay que saber perdonar, hay que darle una segunda oportunidad a la gente. Mucha gente quizá no lo entiende y a mí me ha costado mucho entenderlo, pero el odio no va a ninguna parte. El odio sólo quiere odio y más odio.

Yo esperaba un tiarrón enorme y sólo era un poco más alto que yo. Recuerdo que hacía frío aquel día y yo tenía el alma helada”

Yo estaba aquella tarde comprando con mi marido y un hijo de tres años, y me pilló dentro la explosión. Estaba terminando antes de ir a recoger a mi hija que venía de excursión y Dios me puso un manto y me dijo que tenía cuerda para rato. Me dio la oportunidad de volver a nacer y de encontrarme con mi hija. Recuerdo que mi hijo estaba sentado en el carrito con un bollycao en la mano y se le reventó. Entonces empecé a decir que el corazón se le había roto. Esa imagen para mí es inolvidable. Sobrevivimos los tres gracias a Dios. Cómo caían las placas del techo, andamos a gatas para poder salir y encontrar unas escaleras… Fue dantesco. Mi hijo estuvo durante dos años yendo al psicólogo, pagándalo yo de mi bolsillo, porque se despertaba por la noche diciendo ‘bum, bum, bum’. Yo perdí el oído izquierdo por la onda expansiva y mi marido se hizo múltiples heridas porque procuraba sacar de allí a su mujer y a su hijo. Al darme la vuelta, vi a una chica que conocíamos y era una antorcha todo su cuerpo. Se me quedaba su carne pegada en las manos. Esto jamás se me podrá olvidar. Todo esto se lo conté a él.

Rosa María Peláez, superviviende del atentado de Hipercor en 1987.

Rosa María Peláez, superviviende del atentado de Hipercor en 1987. EL INDEPENDIENTE

Yo siempre había comentado que me gustaría tener un cara a cara con esa persona para que me pudiera explicar qué le había hecho yo para que hubiera devorado mi vida. Siempre tenía yo esa cosa. A través de unos mediadores de Madrid y del País Vasco me propusieron que si quería ir a hablar con él en un momento en que había etarras que estaban arrepentidos por sus acciones y querían pedirle perdón a las víctimas. Yo les contesté que encantada de la vida de verme con la persona que había estado a punto de matarme. Quería saber. Y así fue. Fuimos a la cárcel de Navalcarnero, adonde había sido trasladado desde Álava porque al parecer tenía un juicio en la Audiencia Nacional. Cuando ves en las películas que se cierra la puerta de una prisión y después se abre otra… ese ruido no lo olvidas nunca.

¿Qué voy a conseguir con que me pidas perdón si a la vuelta de la esquina vais a volver a hacer lo mismo?, le pregunté

Fueron tres horas de conversación. Él me pidió perdón veinte mil veces y yo le preguntaba que qué había hecho él para que yo lo perdonara. Él callaba. Tendrás que perdonarte tú por lo que has hecho pero a mí no me tienes que pedir perdón, le dije. ¿Qué voy a conseguir con que tú me pidas perdón si a la vuelta de la esquina vais a hacer lo mismo? Y él me decía que no, que estaba arrepentido y veinte mil veces me pidió perdón.

Me explicó con pelos y señales cómo lo prepararon la noche anterior, cómo iban a poner el coche… Me contó que estaba instalado en un piso franco junto a otras dos personas. Entonces le pregunté que cuando pusieron la bomba y volvieron a casa, ¿en qué pensó? Me contestó que llamó tres veces desde una cabina para decir que habían colocado una bomba. Eso fue lo que me dijo. Y cuando os sentasteis en el sofá, ¿lo celebrasteis con champán?, le pregunté. Y contestó que abrieron una botella. Qué bonito, verdad. Si yo hiciera lo mismo con tu familia, ¿cómo te sentirías? Calló y bajó la vista. También me reconoció que aquella noche se acostaron como una más y que durmieron a pierna suelta. Tremendo. Hubo un momento en que me dijo que le pidiera también perdón a mi marido y en ese momento la chispa de los ojos se le llenaron de lágrimas. Mi corazón siente que está arrepentido. Todo el mundo merece una segunda oportunidad. Yo sé que muchas víctimas no lo van a entender, pero cada uno tiene una manera de pensar. Yo sé que a mí me ha devorado la vida.

Me reconoció que, después de que explotara el coche bomba, abrieron una botella de champán en el piso franco”

Recuerdo que me contó que él tenía una hija en Barcelona que era peluquera. Y cuando salgas, vas a volver por Barcelona?, le planteé. ¿Tú crees que si yo te veo por la calle te voy a saludar? ¿Cojo una metralleta y te mato o cojo un cuchillo y te lo hinco?, le espeté. Me pondría a tu altura. Él callaba en todo momento. Después me dijo que había mandado una carta a la Asociación Catalana de Víctimas del Terrorismo, pero se apoderaron de ella y no la hemos podido conseguir. No voy a nombrar a nadie, sólo sé que nunca llegó a nuestro poder. Él me recalcó que iba a nombre de la Asociación de Víctimas del Terrorismo.

Por lo que me dijo aquel día, calculo que debieron de transcurrir siete u ocho años desde que entró en la cárcel cuando se arrepintió de lo que había hecho. Ante muchas preguntas que yo le hacía bajaba la vista y callaba, pero yo le insistía en que me respondiera. Este chico tenía una mujer que era etarra, pero se separó. Se casó con otra señora y cuando esta mujer se enteró que era de ETA le dejó. Todo me lo contó él en ese encuentro.

Salí de verle con mucha tranquilidad, pero cuando llegué a mi casa me desmoroné y no podía parar de llorar”

Salí con mucha tranquilidad, porque yo quería saber el cómo y el cuándo. Él insistía en el perdón, que por favor le perdonáramos. Yo salí muy satisfecha, pero cuando llegué a mi casa me desmoroné y empecé a llorar y no había manera de parar por la tensión de todo el día.

Fui la primera víctima que fue a ver a este hombre a la cárcel y creo que tuve muchos bemoles. No di ningún espectáculo porque no se enteró nadie. Entendí que no hacía falta llevar cámaras. Fui y estuve tres horas hablando con él. Me ha costado mucho comentarlo. Estos días, cuando está a punto de cumplirse el trigésimo aniversario de aquella fatídica tarde, me siento muy nerviosa. Me dicen cualquier cosa y empiezo a llorar. No es plato de gusto. Esto es muy doloroso. Pero al menos logré aquel día que me mirara a los ojos y me dijera por qué lo había hecho”.