El Bogotazo, el Frente Nacional, la Operación Soberanía… Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) se fundaron el 5 de mayo de 1966, pero son muchos los episodios clave que enmarcan sus orígenes y que obligan a remontarse varias décadas más atrás. Al menos, hasta 1948.

El 9 de abril de ese año era asesinado en Bogotá el líder del Partido Liberal colombiano, Jorge Eliécer Gaitán. Su muerte desató una ola de protestas y disturbios en la ciudad, que pasarían a la historia bajo el título del Bogotazo, y que no tardarían en extenderse a lo largo del país. Se había iniciado el periodo conocido como La Violencia, una guerra civil latente que desgarraría el país durante algo más de una década, dejando un trágico balance de entre 200.000 y 300.000 muertes.

Pero si la muerte de Gaitán desencadenó esta cruenta división fue porque la violencia estaba larvada en el seno de la sociedad colombiana desde tiempo atrás. En 1930, después de un largo periodo de gobierno conservador, el Partido Liberal se hizo con el gobierno de la nación. Y con él, se alimentaba la esperanza de una población eminentemente rural, de que llegaría la ansiada reforma agraria que dotara de tierras y medios a un campesinado que, por lo general, vivía en condiciones de pobreza.

Sin embargo, y pese algunos tímidos intentos por parte del Gobierno, el sistema de propiedad agraria no sólo no se volvió más equitativo, sino que la Gran Depresión de los años 30 permitió a los grandes terratenientes apropiarse de nuevas parcelas de tierra, expulsando a los pequeños campesinos.

Aquellas ilusiones frustradas, también entre los trabajadores urbanos, parecieron revivir por momentos con el programa populista que encarnaba Gaitán hasta que, con su muerte, «la marginada clase trabajadora […] quedó perpleja al ver que la esperanza de un futuro mejor, místicamente vinculado a la presidencia de Gaitán, se evaporaba», tal y como explican Michael J. La Rosa y Germán R. Mejía en su obra Historia Concisa de Colombia (1810-2013).

Entre 1948 y 1960, Colombia sufre una lucha civil que causa más de 200.000 muertes

A partir de ahí, en medio de una lucha por el poder entre conservadores y liberales, la violencia se extiende al conjunto del país, «con enfrentamientos de una atrocidad comparable a la de la guerra de España», en palabras del profesor francés Daniel Pécaut.

En un país de compleja orografía y vías de comunicación muy rudimentarias, el debilitamiento que la lucha provocó en el poder central dejó a muchas regiones rurales aisladas, desconectadas de todo vínculo con las grandes ciudades del país. Es en esas zonas, repartidas a lo largo de casi toda la geografía colombiana, donde se extiende el fenómeno guerrillero y de las autodefensas campesinas, germen de las FARC.

Manuel Marulanda Vélez, "Tirofijo", fundador y líder de las FARC entre 1966 y 2008.

Manuel Marulanda Vélez, «Tirofijo», fundador y líder de las FARC entre 1966 y 2008. EFE

En 1958, liberales y conservadores llegaron a un entendimiento y crearon un Frente Nacional para alternarse en el poder y poner fin así a una década de enfrentamientos sangrientos. Pero era demasiado tarde para devolver el orden a una gran parte del país, desencantada con las políticas de unos y otros, y totalmente desvinculada de las realidades de la capital. La victoria de la revolución castrista en Cuba apenas unos meses después alentó las esperanzas de los más desfavorecidos y dio una nueva razón de ser a las partidas de autodefensa, muchas de ellas influidas por el Partido Comunista colombiano.

Varias regiones del interior del país lograron permanecer independientes del poder central, autogobernadas y defendidas por sus propias partidas guerrilleras. En torno a una de éstas zonas, la denominada República de Marquetalia, en el departamento de Tolima, se hacen fuertes personajes como Manuel Marulanda, alias Tirofijo, o Jacobo Arenas.

En mayo de 1964, el gobierno lanza la Operación Soberanía para restaurar su dominio en estas repúblicas independientes. Después de intensos enfrentamientos, las fuerzas gubernamentales retoman el control de estas regiones, pero no logran detener a los principales líderes guerrilleros. La huida de éstos es considerada el acto fundacional de las FARC, aunque ellos mismos no se reconocerían bajo este nombre hasta dos años después.

El dinero de la droga y el asalto al poder

El nacimiento de las FARC coincide en el tiempo con el de otras organizaciones guerrilleras colombianas, como el Ejército de Liberación Nacional (ELN), el Ejército Popular de Liberación (EPL) o el M-19, surgidos al calor de la exitosa Revolución de Cuba. Durante sus primeros años, el grupo liderado por Tirofijo, sometido estrechamente al control de Partido Comunista de Colombia, conserva su carácter de autodefensa rural y se mantiene en la periferia, sin suponer una gran amenaza para el régimen.

Pero esta situación cambia a partir de la década de 1980. El auge de los movimientos sociales y los intentos de grupos como el M-19 por llevar la lucha armada a las ciudades convencen al Gobierno colombiano de la necesidad de aplastar los distintos movimientos guerrilleros. Como respuesta a la mayor represión del régimen, las FARC deciden en 1982 «duplicar el número de sus frentes y elaboran un plan estratégico para tomar el poder en algunos años», según explica Pécaut.

Con apoyo del dinero de la droga, las FARC vislumbran la toma del poder en los años 90

Este giro estratégico sería posible gracias a un aumento de las capacidades financieras de las FARC. La organización recurre a secuestros con rescate, extorsiones y exacciones de las finanzas locales en las regiones que controlan. Y cada vez en mayor medida, se benefician de la economía de la droga: primero, cobrando impuestos a los cultivadores; y, a partir de 1994, participando en todas las etapas del comercio de la droga.

El dinero obtenido a través de estas actividades les permite ampliar su base social, con jóvenes que se enrolan en la organización con el único fin de enriquecerse de forma rápida. Así, a inicios de 1990, el grupo guerrillero contabiliza hasta 20.000 miembros.

A lo largo de toda la década, las FARC van reforzando sus posiciones. Dejando a un lado la táctica de guerrillas, la organización recurre cada vez más a los ataques masivos, que le brindan notables éxitos. Sus fuerzas empiezan a rodear las principales ciudades y algunos analistas llegan a pronosticar que acabarán tomando el poder.

Estos son también los años más duros del denominado conflicto armado colombiano, en los cuales a los ataques a objetivos militares se unen con cada vez mayor frecuencia los asaltos armados de poblaciones, las desapariciones forzadas, las masacres indiscriminadas de civiles, el desplazamiento forzado masivo y los secuestros colectivos de civiles, militares y políticos.

Negociaciones de paz

En esas amenazantes circunstancias, el gobierno de Andrés Pastrana abre, a partir de 1998, un proceso para negociar la paz. No era la primera ocasión que esto ocurría, pues 13 años antes, Belisario Betancur también había tratado de pactar con las FARC el cese de la violencia.

Aquel primer intento de pacificación fue usado por las FARC para dar el salto al terreno político, a través de la Unión Patriótica (UP), que obtuvo un resultado muy destacado en las elecciones locales de 1986. Pero en los años sucesivos sus mandos fueron sistemáticamente eliminados a través de ataques en los que estaban implicados el ejército, grupos paramilitares, organizaciones rivales de izquierda y cárteles del narcotráfico. «La violencia en contra de la UP frenó la posibilidad de una salida negociada del conflicto», apuntan La Rosa y Mejía.

Ahora, en una posición más fuerte, las FARC obtuvieron del Gobierno notables concesiones, como la desmilitarización de un área de 42.000 kilómetros cuadrados, que sería aprovechada por la organización para esconder artículos de contrabando, armas o víctimas de secuestros.

Durante estas negociaciones quedan patentes, en opinión de Pécaut, las carencias políticas de las FARC, encasilladas en sus tradicionales reivindicaciones agrarias, que habían perdido gran parte de su razón de ser con el paso de los años. Así se muestran incapaces de ganarse las simpatías de la opinión pública, que se vuelve en contra del proceso de paz.

La ofensiva del Gobierno y el acoso paramilitar provocan desde 2004 el declive de las FARC

Así, con Pastrana primero y, más decididamente, con Álvaro Uribe al frente del gobierno a partir de 2002, el régimen colombiano se decanta por la vía armada para derrotar a las FARC, con la inestimable ayuda de Estados Unidos. La ofensiva gubernamental coincide con el creciente acoso de los grupos paramilitares, financiados por las redes de narcotráfico -y que contaban con la connivencia de las élites locales y los poderes públicos- a la organización aún entonces dirigida por Tirofijo.

El declive de la organización es rápido y notorio. Pierden territorios y, con ellos, ven decrecer sus recursos financieros. El reclutamiento se vuelve más difícil y las deserciones se multiplican. También sus víctimas, entre las que se cuentan algunos de sus dirigentes de más alto rango. La muerte por razones naturales de su histórico líder, Manuel Marulanda, reconocida por las FARC en mayo de 2008 supone el más notorio golpe moral.

En esa tesitura, a las FARC no les queda otra salida que buscar una salida política al conflicto lo más airosa posible. Inmersas en esa estrategia, los secuestros aparecen como su principal baza de negociación y el de la senadora Íngrid Betancourt, de raíces francesas, entre 2002 y 2008, les ofrece un altavoz para hacer escuchar sus reivindicaciones a escala internacional.

Con el ascenso al poder de Juan Manuel Santos en 2010 y de Timoleón Jiménez, «Timochenko», a la dirección de las FARC, se abre una nueva vía para el diálogo que desemboca en el acuerdo de paz que concluye este mes de junio con la entrega definitiva de sus armas.

Un estudio fechado en 2013, calculaba en 220.000 las muertes del conflicto armado colombiano y en unos seis millones los afectados, de los que más del 80% eran civiles. Sumadas a las muertes de los años de La Violencia, alrededor de medio millón de colombianos han perdido su vida durante siete décadas de desgarradores conflictos.

Sería prematuro pensar que con el fin de las FARC, anunciado este viernes por Santos, termina esta sangrienta etapa de la historia colombiana. Pero con ellas desaparece un símbolo de esta luctuosa época.