Día 284. Aquella tarde tampoco hubo novedades. El empresario guipuzcoano José María Aldaya se encaminaba a su décimo mes de secuestro y ETA seguía negociando el cobro del rescate. La Navidad había quedado atrás. En el cuartel los operativos rastreaban pistas, cruzaban indicios y ampliaban seguimientos en busca de algún rastro. Hacía ya casi un año que los terroristas habían secuestrado al propietario de Alditrans y nada, ni rastro. En la prisión la conversación surgía a menudo, casi con la misma intensidad con la que empezaba a despuntar otra, en forma de inquietud, entre los funcionarios: la presión por la campaña del entorno radical contra la dispersión de los etarras en cárceles alejadas del País Vasco. Aquella tarde fría del 17 de enero, en plena época de rebajas, la jornada de José Antonio había transcurrido con cierta normalidad. Se despidió de sus compañeros, los mismos que no volvería a ver los siguientes 532 días. En el garaje de su casa le estaban esperando para convertirlo en Ortega Lara, el secuestrado cautivo durante más tiempo en el medio siglo de historia de la organización terrorista.

Un forcejeo, un somnífero que no se le llegó a poder inyectar y una cápsula en el suelo, junto al coche, no dejaron lugar a dudas a los investigadores de la Guardia Civil: ETA acababa de dar un paso más en su campaña al secuestrar a un funcionario de prisiones. En la dirección de información de Intxaurrondo tenían claro que se trataba de un caso diferente. La banda acababa de sumar al cautiverio con fines económicos de Aldaya un nuevo secuestro, con objetivos políticos, la vida de Ortega Lara a cambio del acercamiento de presos a cárceles vascas. Y mantendría ambos secuestros de modo simultáneo casi otros dos meses más: 57 días. Cuando el 14 de abril de 1996 la banda liberó a Aldaya, Ortega Lara despertaba en su 88º día de secuestro en un zulo inmundo de Mondragón: 3,5 metros de largo, 2,5 metros de ancho y 1,8 metros de alto, un bombilla, humedad y soledad.

“Nosotros somos los que sacamos sangre a las letras de cualquier documentación. Evidentemente sabíamos que ‘Ortega’ era Ortega Lara, pero ¿qué quería decir ‘Bol’?”.

Policía, Ertzaintza y Guardia Civil activaron todos sus dispositivos desde el primer momento. Reforzaron la vigilancia sobre posibles objetivos, se incrementaron los controles y se intensificó la vigilancia. Pero Ortega Lara seguía sin aparecer. Ni rastro. Así pasaron los meses, entre concentraciones pidiendo su liberación, presión política para dar con su paradero y frustración policial para encontrar la aguja en el pajar. La clave llegó de modo inesperado. En una de las operaciones llevadas a cabo contra ETA se localizó un escrito con el lema “Ortega 5K BOL’. Fue la primera gran pista para encontrar al funcionario burgalés. “Nosotros somos los que sacamos sangre a las letras de cualquier documentación”, asegura Javier Correa, miembro del servicio de Información de Guipúzcoa y uno de los instructores policiales del caso: “Evidentemente sabíamos que Ortega era Ortega Lara, pero ¿qué quería decir ‘Bol’?”.

Javier guarda en su memoria todos aquellos meses. Los vivió con intensidad. “Nos pusimos a revisar todos los objetivos relacionados con ETA y su mundo que teníamos localizados por si nos daban alguna pista”. El rastreo les llevó hasta Mondragón, una localidad industrial, en el corazón de Guipúzcoa. La versión oficial dijo que ‘Bol’ se refería a Josu Uribetxeberria Bolinaga, Javier prefiere no confirmarlo, “no te puedo decir, es lo que se dijo en la versión oficial pero no te puedo contestar la verdad”, asegura a El Independiente.

Declaux y Ortega Lara, ¿juntos en el zulo de Mondragón?

Al menos el pajar de búsqueda se había acotado a Mondragón. La vigilancia sobre todos los sospechosos en Arrasate y sus alrededores se elevó. “Allí había un ‘comando dormido’ de ETA, había legales –no fichados- y liberados. Junto a todo ello teníamos dos asesinatos de guardias civiles aún sin resolver”. Pasar desapercibidos en tierra hostil era complicado, pero los servicios de información de Guipúzcoa lo lograron. “Fueron meses de vigilancia. Lo sorprendente era que no veíamos nada especialmente sospechoso en ellos. Dentro de los equipos de investigación comenzaron las reuniones tensas, con broncas. Había diferentes versiones entre quienes creían que estábamos mal enfocados y quienes apostaban por seguir la pista de Mondragón. En realidad, era lo único que teníamos con alguna posibilidad de éxito”.

Para entonces Ortega Lara ya se había resignado a morir. Incluso a quitarse la vida. Los días pasaban sin visos de ver la luz en su húmedo ataúd viviente. Mientras las fuerzas de seguridad le buscaban sin descanso, él había acumulado ya decenas de discusiones con sus secuestradores, castigos sin periódico ni luz, conversaciones reconfortantes en voz alta con su mujer e incluso cavilaba formas para suicidarse. Por ahora la rutina aprendida de los salesianos se imponia: rezar… Le mantenía con cierta cordura y esperanza.

Los meses pasaron sin resultados. Ortega Lara ya se había resignado a morir. Incluso a quitarse la vida

En el exterior de su zulo, en los bajos de una nave a orillas del río Deba, a escasos metros de una ikastola, la vida continuaba. En noviembre el frío y la lluvia complican aún más el clima en Mondragón. Aquel mes en los servicios de información de Guipúzcoa un nuevo mazazo se sumó a la falta de rastro sobre Ortega Lara. ETA anunciaba el secuestro de otro empresario: Cosme Declaux. Esta vez ocurrió en Vizcaya, en Zamudio, a la salida del trabajo. La banda quería dinero por su vida, tasada en 1.000 millones de pesetas. Tardaría 232 días en obtenerlos. Entonces nadie lo sabía, pero ambos secuestros tendrían el mismo día final en el calendario: 1 de julio de 1997, y casi la misma localización; dos zulos en Guipúzcoa, uno en Irún y otro en Mondragón.

“Estábamos convencidos de que era el mismo comando el que los tenía secuestrados a los dos y que ambos estaban en la nave de Mondragón”. De modo discreto, el seguimiento de los objetivos fichados por la Guardia Civil les llevó hasta la nave. Fueron meses de seguimientos, “ellos eran listos”: “No veíamos nada extraño. Creíamos que eran los mismos los que tenían secuestrados a Ortega Lara y Declaux, para nosotros eran el comando de secuestros”, recuerda Correa. Los servicios de información lo analizaron todo, las basuras, los movimientos de los vigilados, su vida rutinaria y la escasa actividad empresarial de la nave. “Llegamos a emplear cámaras nocturnas metidas desde el exterior para ver la actividad en el interior de la nave, pero había muchas máquinas y no se veía nada. También pusimos polvos en los accesos, polvos especiales casi invisibles que no se ven pero que marcan los pasos. No sirvió para mucho”.

Introdujimos cámaras desde el exterior, polvos especiales invisibles para analizar pisadas. No sirvió para mucho

El tiempo seguía corriendo. Fuera y dentro. Para entonces Ortega Lara ya había intentado cortarse las venas para acabar con el sufrimiento. Y no pocas veces había reclamado a Dios, entre oración y oración, que le perdonara. Lo había aprendido en el colegio: “Gure aita, zeruetan zarana, santu izan bedi zure izena…”. Aquel Padre Nuestro en euskera lo rezaba a menudo, junto a los rosarios que le mantenían espiritualmente vivo. Los aniversarios y las fechas señaladas dejaban mella en su ánimo. Tanto que en unos días planificaba ya un segundo intento de suicidio para acabar con aquello. Su cuerpo hablaría por él, pensó Ortega Lara. Empleó tiras de los quesitos que le daban los secuestradores para envolver pequeñas bolas con información para la policía y mensajes de despedida para los suyos. En el zulo ocultó pequeñas notas envueltas con mechones de pelo. Ortega Lara sabía que un buen forense los encontraría y un buen policía sabría interpretarlos para localizar y destruir aquella ratonera.

“¿Que mi hijo es de ETA?”

El día final se había marcado: 1 de julio, de madrugada. La certeza era ya casi absoluta. Aquella nave sin actividad y con personas que entraban con mucha comida y salían sin ella debía ser el lugar donde ETA tenía ocultos a Ortega Lara y Cosme Declaux. Un despliegue sin precedentes se había dispuesto desde hacía días. “Había que actuar ya. El que más preocupaba era Ortega Lara, llevaba demasiado tiempo. Además, teníamos la presión del diario Egin que decía que el tema de Ortega Lara lo iban a resolver ya”. Justo un año después, el mismo juez que intervino en la liberación del funcionario de prisiones, Baltasar Garzón, clausuraría el diario acusado de formar parte de ETA.

Javier no olvida aquellas horas intensas. “Debíamos estar en el cuartel de Eibar a las once de la noche del 30 de junio”: “Había un ambiente de celebración, la gente gritaba y cantaba. En el cuartel no entraban más vehículos. A las doce de la noche llegó el teniente coronel Laguna, jefe de la Comandancia junto al juez Baltasar Garzón. “Yo me hice cargo del oficial del juzgado que actuaba como secretario de las actuaciones. Me lo llevé al bar. Estaba nervioso, era su primera actuación”.

“Me hice cargo del oficial del juzgado que actuaba como secretario de las actuaciones. Me lo llevé al bar. Estaba nervioso, era su primera actuación”

A las doce de la noche todo estaba dispuesto. Decenas de vehículos camuflados en los alrededores y la base de actuaciones en el cuartel de Eibar. “Fue un operativo acojonante: El grupo operativo rojo30 de especialistas de información de Guipúzcoa vigiló a cada uno de los terroristas del comando que estaban en sus casas. Había que esperar a que se durmieran”. José Luis Erostaegui, Javier Ugarte y José Miguel Gaztelu no tardaron en hacerlo, pero el que era considerado cabecilla del comando, Josu Uribetxebarria Bolinaga, no apagaba la luz de su casa.

No fue el único contratiempo. La hora prevista de entrada en la nave se había fijado para las 02.00. Pasadas las 01.00 horas, mientras todos soñaban con encontrar a los dos secuestrados de ETA en el interior de la nave de Mondragón la sede central de la operación recibe un aviso de la Ertzaintza: Cosme Declaux acababa de ser liberado en las cercanías de Elorrio (Vizcaya): “Nos dejó helados. ¿Habíamos estado equivocados durante tanto tiempo? Fue un jarro de agua fría. En la nave no se había movido nada ni nadie y en todo el entorno los controles del Grupo de Acción Rápida no habían notado nada extraño”. El capitán Salom, al frente del dispositivo, decidió recomponer la situación: “Puso calma en el desánimo. Ahora había que contemplar que fueran comandos distintos y por tanto decidió que el operativo continuaba. Jamás se planteó anularlo, como se ha dicho, que quede claro”.

La liberación esa noche de Declaux nos dejó helados. ¿Habíamos estado equivocados durante tanto tiempo? Fue un jarro de agua fría”

Y Bolinaga seguía sin acostarse. La luz de su casa continuaba encendida. Nuevo retraso. “La espera se nos hizo muy pesada, la incertidumbre nos comía. Recuerdo que el teniente coronel dijo que se volviera a abrir el bar para tomar café y calmarnos”. Finalmente, a las 3.30 de la noche se dio la orden de activar el operativo. De modo simultáneo los equipos que vigilaban a cada uno de los terroristas y el que lo hacía sobre la nave accederían.

“Yo estuve en el operativo que detuvo a Bolinaga. Conduje el coche camuflado hasta su casa. Cuando entramos, la madre no paraba de insultarnos. El padre estaba tranquilo, era un hombre con problemas de corazón y estaba alucinando, ¿que mi hijo es de ETA? No se lo podría creer. Le dio un amago de infarto”, recuerda Correa. Poco después llevaron a Bolinaga hasta la nave, donde los agentes de la Guardia Civil no encontraron rastro de Ortega Lara ni el posible acceso al zulo: “Bolinaga no quería colaborar. Decía que allí no estaba, que estábamos equivocados, que estábamos haciendo el tonto. El muy… le iba a dejar morirse ahí. Recuerdo que el juez Garzón preguntó al capitán, ‘¿está usted seguro de que se encuentra en esta nave? Y cómo él le contestaba, ‘seguro, señoría, le puedo asegurar que está aquí dentro’”.

“Fue como sacar un judío de la cámara de gas”

Pasaron las horas hasta que un cabo encontró una rendija bajo una de las máquinas de la que salía luz, y a través de la cual se vislumbraba una mesa con tres pistolas, “gritó, ¡aquí, aquí!”: “En ese momento Bolinaga se derrumba, casi se desmaya, le tuvimos que sujetar y confesó, ‘sí, está ahí’”. El complicado mecanismo eléctrico diseñado por los terroristas y que levantaba la máquina para poder acceder al zulo fue descubierto después, “allí se movió a la fuerza la máquina”.

“El ambiente era muy tenso, cuando vimos las armas contuvimos la respiración y retrocedimos todos. Bolinaga dijo que Ortega Lara estaba solo pero temíamos que fuera una trampa. Por eso miembros uniformados no dejaban de apuntar con sus armas hacia el agujero mientras se pedía silencio”. Con el hueco completamente libre, un miembro de la Unidad Especial de Intervención accedió al agujero “con una pistola por delante” y fue el primero que encontró a Ortega Lara: “Dijo que no quería salir, que estaba asustado y que no se creía que éramos la Guardia Civil. Se agachó al fondo del zulo”. El final del secuestro de Ortega Lara estaba a punto de producirse después de 532 días y meses de desvelos y frustraciones. “El juez Garzón volvió a pedir silencio, bajó y se agachó de rodillas a la entrada del zulo y le escuché decirle, ‘soy el juez Garzón, estás a salvo, tranquilo, te vamos a subir’”.

Soy el juez Garzón, estás a salvo, tranquilo, te vamos a subir”. Ortega Lara era un esqueleto con piel

La frase de Correa resume bien lo que supuso aquel cautiverio: “Nunca lo olvidaré, fue como sacar a un judío de la cámara de gas. Era un esqueleto con piel. Con mirada perdida y sin fuerza en su cuerpo”.  Lo pusieron en una camilla. Tiritaba y la manta no aparecía, el teniente coronel al frente de la operación le entregó a Correa el abrigo del uniforme, “se lo puse encima y le acompañamos hacia la salida de la nave donde esperaba la vieja ambulancia del cuartel de Vitoria”: “Me devolvieron el abrigo y al entregárselo al teniente coronel nos dimos un abrazo y me dijo: ‘Ya le puedes contar algo en el futuro a tu hijo’. No sé con cuantos me abracé y lloré de alegría”. A sus hijos también tendría que contarles sólo tres años después, el 11 de noviembre de 2000, que sufrió un atentado de ETA cuando una explosión en el cuartel de Intxaurrondo dejó malheridas a 16 personas.  La peor parte se la llevaron un compañero de la Policía Nacional y un agente de la Ertzaintza.

Aquella mañana del 1 de julio de 1997 terminó con una sencilla celebración con un desayuno con cruasanes y batidos, entre la euforia de los agentes. Acababan de hacer historia en la lucha contra ETA al liberar al secuestrado que más días pasó en manos de la banda terrorista. La alegría duró poco. Sólo diez días. El 10 de julio ETA se vengaba con el secuestro del concejal del PP de Ermua, Miguel Ángel Blanco, al que asesinó tras dar un ultimátum al Estado de 48 horas para que acercara a los presos de ETA a cárceles de Euskadi.