Hoy es 1 de julio. Han pasado 20 años. No se escucha euforia, ni se percibe rabia. Nada. Soledad, lluvia y mucha humedad. A las puertas de la nave los árboles y el río Deba ocultan el ala derecha del edificio. El agua, como entonces, sigue acariciando las paredes. Este sábado en Mondragón nada recuerda a lo vivido aquella mañana en la que un hombre, o lo que quedaba de él, volvía a ver la luz. El Independiente ha querido volver al lugar en el que ETA mantuvo cautivo 532 días a José Antonio Ortega Lara.

La nave apenas ha cambiado. Descuidada, con pintadas a favor de la movilización obrera en su exterior (aún pervive un “Gora ETA” enmascarado entre las pintadas) y con unas vidrieras corroídas por la humedad, la misma que se le metió en los huesos al funcionario de prisiones. En el interior hay actividad, unos maderos, pintura, un tobogán infantil y algunos bidones. Nada de maquinaria industrial pesada como la que cubría el zulo.

Jose pasea como hace a menudo. Cuenta con detalle cómo es el lugar más siniestro en la historia de ETA. “Mira por esos pequeños agujeros respiraba Ortega Lara”, me dice señalando la pared trasera de la nave a escasos dos metros del río que hoy corre caudaloso. Acceder hasta la pared que conformaba el zulo es complicado. Suelo resbaladizo, árboles y barro, “ahí le tuvieron estos de ETA”, dice indignado. “Lo vaciaron todo por dentro e hicieron el zulo, es terrible”, recuerda.

Detalle del zulo de Ortega Lara.

Detalle del exterior del lugar donde estuvo el zulo de Ortega Lara.

Tiene ganas de hablar, de no esconderse con los temas vinculados a la banda terrorista, “aquí la gente aún tiene miedo de hablar”. Él dice haber leído mucho del tema, “han destrozado este país”, dice. “Mire lo que hicieron con ese chico…”. “Ese chico” es Miguel Ángel Blanco, “mi hija lo conocía de la Universidad de Deusto, él también estudió allí”. Mientras charlamos un hombre observa con mirada inquietante, casi oculto desde lo alto de la nave, rememorando esa sensación de tiempos pasados.

En su relato no olvida señalar a lo lejos para recordar desde dónde observaban los terroristas, “ve aquella torre  -apenas un hueco entre las ramas permite visualizarla-, pues desde allí controlaban los movimientos de esta zona”. Tampoco cómo en los últimos días el cerco se estrechó sobre el lugar, “varias veces vi a una pareja dándose un morreo y les dije, dadle, que sólo se vive una vez! Pues ¿sabe qué?, eran policías”.

La sensación es extraña, como si el tiempo se hubiera parado y en dos décadas nada hubiera cambiado. La misma rampa, “bueno hace poco la han arreglado un poco”, la misma indiferencia y ni rastro que indique que desde el 17 de enero de 1996 y hasta el 1 de julio de 1997 un hombre permaneció secuestrado en los bajos de aquella vieja nave. Tampoco que meses antes otro empresario, Julio Iglesias Zamora también estuvo en manos del mismo comando y cautivo en el mismo lugar.