La vida no ha sido muy generosa con Esperanza. Pongamos que se llama así. Creció en una familia desestructurada donde empezó a hablar entre palizas y alcohol. Iba al colegio por obligación y muy pronto aprendió a disfrutar del sabor agridulce de lo prohibido. Su hogar era su infierno. Cruzar la línea de lo clandestino, la paz. Su padre, quizá empujado por el cargo de conciencia, se suicidó cuando ella era muy joven. Aquello resultó el fin de la infancia. Una extraña mezcla de paz y nostalgia. Paz por las palizas evitadas, nostalgia del verdadero padre.

Así, la adolescencia la encontró jugando con las drogas. “Primero fueron los canutos y luego algo más. Necesitaba probar nuevas experiencias. Llegué a consumir porros y cinco gramos de cocaína todos los días. Es que te vienen situaciones muy malas, te ves sola, mal y la única manera que conoces para quitarte todos los problemas es consumiendo. Te evades y te crees un Dios. Te importa todo un carajo”. Los juegos cada vez resultaban más caros y Esperanza escogió el único camino que conocía: robar para consumir. Así dio con sus huesos en la cárcel. Así su madre renegó y lleva nueve años sin hablar con ella.

El caso de Esperanza no es único. Las cárceles están repletas de Esperanzas de mañana incierto. De jóvenes que no conocen más vida que “lo que sea por un buen viaje”. Sin perspectivas, sin porvenir, sin futuro… ¿O sí?

Las cárceles están repletas de Esperanzas de mañana incierto

Como todos, Esperanza quería un futuro mejor y pidió ayuda al CAI de su pueblo. Fueron cuatro meses de charlas que le abrieron los ojos. “Decidí dejarlo y desde entonces estoy limpia. Bueno, tuve una recaída, pero fue con los porros. Un día llegué a la casa, me encontré a mi pareja con una y no se me ocurrió otra que largarme a Madrid, pillarme una ficha, me la fumé y me presenté en el CIS fumada. Ya no he vuelto a consumir”.

Esperanza decidió cambiar, por ella y por sus dos hijos, pero tenía cuentas con la justicia, de manera que lleva los últimos años entrando y saliendo de Meco. “Nunca he dado problemas, mi comportamiento ha sido ejemplar”. La vida tiene sus paradojas. Mientras que en libertad Esperanza vivía enjaulada, la prisión le ha mostrado el camino de la libertad.

Ella forma parte de ese grupo de privilegiados, es una de las más de 7.900 personas que se ha agarrado al programa Reincorpora de la Obra Social ‘la Caixa’ desde su creación en 2011. El programa ofrece a los internos la oportunidad de construir un futuro diferente y plenamente integrado en la sociedad a través de itinerarios personalizados. Este acompañamiento les permite mejorar sus habilidades y reforzar los valores que facilitarán su camino hacia la integración social y laboral.

Las cifras de la integración

Las cifras de integración laboral avalan la consolidación del programa en los últimos años: tanto en 2015 como en 2016, el 75% de los participantes que finalizaron su itinerario de inserción sociolaboral consiguieron un trabajo, frente al 62% de 2014. Este porcentaje se ha quintuplicado desde los inicios de Reincorpora. Los 769 contratos facilitados durante la edición de 2016 han sido posibles gracias a la colaboración de 561 empresas.

Por sectores, los principales ámbitos de formación y contratación entre los beneficiarios fueron la hostelería, con el 24% (camareros, ayudantes de cocina, limpieza de habitaciones); el comercio al por mayor y al por menor, 11%; la limpieza y mantenimiento, 11%; la industria manufacturera, 8%, y la agricultura, 6% (recolección, centrales de horticultura, envasado de alimentos, etcétera.).

‘Reincorpora’ demuestra que con programas de calidad los reclusos pueden reconducir su proyecto vital»

«Las cifras de Reincorpora de este año son un éxito, pero no son un éxito individual, son un éxito compartido. La alta tasa de reinserción laboral de este Reincorpora demuestra que, efectivamente, con programas de calidad y con una acción individualizada para cada recluso, se puede reconducir su proyecto vital y pueden retornar a la sociedad con una vida lo más normalizada posible. Para ello, es fundamental la suma de esfuerzos con la Administración y, también, la voluntad individual de cada recluso», explica el presidente de la Fundación Bancaria ‘la Caixa’, Isidro Fainé.

Regresemos a Esperanza

Regresemos a Esperanza, la dejamos en Meco. En 2015, le dieron un tercer grado. “Así estuve hasta enero de 2016… cuando me regresaron. Al volver a la cárcel yo tenía ganas de trabajar, le daba la murga a la trabajadora social y me colocaron en un taller de costura. En Meco iba a terapias de Proyecto Hombre, porque para salir tienes que acordarte de lo que te ha traído, nunca puedes dejar el pasado atrás”.

Esperanza era la candidata perfecta para entrar en el proyecto Reincorpora. “Las personas son seleccionadas según el perfil penitenciario y la motivación que tienen para la reinserción y para trabajar”, explica la asistente social, guía y apoyo de Esperanza.

“Cuando salió el programa de ‘la Caixa’ para poder sacarme la titulación de Auxiliar Sociosanitario en Geriatría me apunté. Primero tenía que pasar las competencias mínimas. Yo no tenía ni graduado ni nada. Tenía que empezar desde el principio. No sabía nada de matemáticas, ni de lenguaje. Me lo saqué en un mes y medio, con un 10”, confiesa orgullosa.

“Ha sido muy intenso”, interrumpe su asistente. Por la mañana lenguaje y por la tarde matemáticas, más las horas de estudio. “Pero es que si alguien quiere algo, al final lo consigue. Me saqué las competencias y me enviaron a Estremera para seguir el siguiente nivel. Fueron cuatro meses y 450 horas de clases, por la mañana y por la tarde”. A Esperanza lo único que le importaba era tener trabajo al final de todo. “Me dijeron que tendría que hacer prácticas y que me darían un trabajo de cuatro meses. El resto no me importaba”.

Una nueva vida

Esperanza aprobó a la primera. Ocupó el tiempo muerto del encierro entre clases, libros y horas de estudio. En mayo ya estaba lista para dar el salto a la reja, recaló en el CIS (no importa cuál) para comenzar las prácticas en un geriátrico (da igual dónde) y cuando llevaba una semana y cuatro días le ofrecieron un contrato. “Ahora tengo un contrato de un año, voy a cobrar mi primer sueldo. En mi trabajo nadie sabe de dónde vengo”. Trabaja de noche y le gusta. ¿Más tranquilo? “Bueno, depende del día, porque el otro día me tuve que quedar toda la noche con dos abuelas que estaban cantando y hablando. Me encanta el trabajo con los abuelos. Son como niños. Ellos me dan mucho cariño y yo se lo doy a ellos”.

Hablando de niños, los hijos de Esperanza viven con su ex y con su abuela. “Tenemos custodia compartida. Con mi ex marido me llevo muy bien, me hablo con él por los niños”. A los niños los ve cuando puede verlos. “Los llamo por teléfono casi todos los días. Ellos al principio no sabían nada, pero un día le dije a mi ex que se lo iba a contar a la niña. Yo la notaba enfadada conmigo, fría, lejana… Un día le dije:

– Quiero hablar contigo, no puedo ir a verte.

– Sí, porque no quieres.

– No hija, no porque no quiera sino porque estoy en la cárcel.

Le tiembla la voz cuando lo recuerda y sonríe al confesar que desde que fue sincera la actitud de su hija cambió. Jamás le ha preguntado qué hizo y a Esperanza le valen sus muestras de cariño y preocupación. La niña es muy estudiosa. “Me ha dicho que quiere ser juez o policía”, confiesa orgullosa. “El niño se deja seducir por la Play y renquea más”. Esperanza no se cansa de decir a sus hijos que estudien, que los libros les cambiarán la vida.

– ¿Cómo te ves en un futuro cercano?

– Con mis hijos, con mi trabajo fijo, con mi pisico y viviendo bien.


Este contenido ha sido elaborado con la colaboración de la Obra Social ‘la Caixa’