El hielo ha bajado gran parte del hinchazón. Ahora lo que duele es la rabia. Tampoco el temor se va. Al menos el tabique nasal se salvó por milímetros. Lo ha repasado mentalmente en las últimas horas intentando encontrar una razón. Primero cayó de modo brusco al suelo, bastó un empujón por la espalda. «Me cogió como a un saco», recuerda. De ello da fe el estado en el que quedó su camisa. Mientras incrédulo intentaba levantarse y entender lo que sucedía recibió el puñetazo, directo a su cara. «Lo recuerdo bien. El era como un armario, mediría casi dos metros». Y aún intentó más, «se puso en posición de pelea, como en el boxeo, yo salí corriendo, no me iba a poner a su altura». Después, urgencias y denuncia ante la policía.

Nacho, que prefiere no dar más datos de su identidad. «Ya sabes, por lo de las represalias, mis padres tienen miedo, les pueden identificar en sus trabajos, así que mejor así». Su delito había sido arrancar un pequeño cartel pegado en una farola. Un cartel de los movimientos independentistas en los que denuncian lo que consideran un atropello a la democracia. Lo había hecho en alguna otra ocasión, «sin que me vieran, claro», cansado de ver cómo quienes no piensan como ellos parecen estar condenados a callar «es que no nos representan a todos y estamos muy cansados», se justifica.

Lo recuerdo bien. El era como un armario, mediría casi dos metros. Tras el puñetazo aún quería más, se puso en posición de boxeo»

A sus 18 años Nacho compagina dos trabajos, uno en una empresa familiar y otro en un pequeño establecimiento. Vive en Sant Cugat del Vallés, cerca de donde fue agredido. Se define como catalán «y español, como muchos nos sentimos aquí». Nació en Cataluña y no quiere tener que marcharse. Sin embargo, lo que le sucedió el martes ha sumado dosis de preocupación y opciones para tener que hacer realidad la advertencia que en casa su madre ha trasladado a Nacho y sus hermanos estos días. La última vez tras la aprobación de la DUI: «Ella ha llorado varias veces con lo que está sucediendo, con el clima que aquí se está generando. Está muy preocupada, por eso está pensando en irse de Cataluña. La situación empieza a ser insostenible. Cuando la declaración de independencia ya nos dijo que estuviéramos preparados, que si nos tenemos que ir cogeremos las cosas que necesitemos y nos iremos, seguramente a Andalucía, adonde mis abuelos».

«Dejadnos en paz, queremos una república»

A su madre la preocupación se le disparó hasta la angustia este martes. Era las 15.30 horas y su hijo se retrasaba. Llamó a su móvil. Nacho acababa de bajar hacía unos minutos del tren en la estación de Sant Cugat del Vallés, como todos los días, pero mientras las señales de llamada sonaban, intentaba defenderse de una agresión.

Camino de casa había osado arrancar un pequeño cartel de una farola. Un gesto que provocó que una furgoneta que pasaba por ahí se parara en seco: «De ella bajó una mujer y empezó a insultarme. Quería quitarme lo que había arrancado. Me llamó de todo. Le dije que me dejara en paz y seguí caminado». Apenas unos metros más adelante, y cuando Nacho intentaba olvidar el desagradable encontronazo escuchando música con sus cascos, descubrió que la furgoneta le había seguido. Cuando se disponía a cruzar una carretera los ocupantes del vehículo simularon ir a atropellarle: «Entonces me volvía a subir rápidamente a la acera. Pararon frente a mi y desde la ventanilla me dijeron: ‘Vete a tu puto país, si esto no te gusta déjanos a nosotros en paz que queremos una república y un país libre'». Nacho no se quedó callado: «Les dije que estaba en mi país y que a lo mejor era ella la que sobraba».

Me dijeron: ‘Vete a tu puto país’ y yo les respondí que estaba en mi país y que a lo mejor era ella la que sobraba».

Al incidente aún le restaba el episodio más lamentable. La misma furgoneta le siguió aún unos metros más hasta que de ella se bajó un hombre «corpulento, me sacaba tres cabezas» y tras arrojarlo bruscamente al suelo le propinó un puñetazo en la cara mientras se levantaba del suelo. «Y quería seguir peleando, se pudo en posición de boxear y claro, me fui corriendo». De nada bastó la advertencia que lanzó al agresor diciéndole que era menor de edad «que era mentira, pero es lo que se me ocurrió en ese momento para intentar salvarme del golpe».

‘Fractura social’ hasta en la discoteca

Nacho tuvo que ser atendido en urgencias a consecuencia de la agresión. Aún lamenta no haber tenido la reacción de coger la matrícula del vehículo, o de fijarse si había más testigos, «yo sólo vi a un niños de 10 años, que claro, salió corriendo».

A un lado se ponen los del ‘yo soy español, española, español’ y al otro los del ‘in, inda, indapendencia. No puede ser.»

Cuando recuerda lo ocurrido no puede ocultar la preocupación. Teme que la crispación social que el procés está generando se vaya de las manos. «Nos miran con odio», asegura. En su municipio, San Cugat, está convencido de que a quienes no defienden la independencia «nos tiene tasados, saben quiénes somos». Su mayor temor es que «todo esto acabe explotando»: «No puede ser que por decir que quieres ser catalán y español o por llevar una bandera como la española te insulten diciendo que eres un fascista y un nazi».

Como otros muchos catalanes contrarios al procés, Nacho tiene ejemplos de amigos que hace un año que ya no le hablar por razones políticas. Como muestra del clima que ahora se vive en Cataluña describe lo que a menudo sucede en la discoteca de Sant Cugat a la que suele acudir los fines de semana con sus amigos: «Ocurre sobre todo los viernes. En la terraza de la discoteca sale la gente y allí a un lado están los que gritan ‘yo soy español, español, español’ y a otro los que gritan ‘in, inda, independencia’. No puede ser».