Naikari lo vivió en silencio. Jamás lo contó en clase. Sus compañeros ignoraban las pesadillas que le atormentaban de niña y que siempre terminaban con un final cruel; el secuestro de su madre. Su infancia no fue igual que la del resto de sus compañeros de pupitre. Ellos desconocían gran parte de lo que padecían familias como la suya. Nadie se lo contaba en el colegio y a menudo en casa preferían ocultarlo, al fin y al cabo sólo eran unos niños. Pero ella podría haberles contado que en su portal había visto dianas con el nombre de su madre y el lema instando a la banda a matarla. No lo hizo. También procuró silenciar que su padre miraba debajo del coche cada día, o que su familia vivía escoltada por tener una madre concejal del PSE. “Siempre intenté ignorarlo todo, era una niña y vivir como si no sucediera, hasta que descubrí que había que contarlo, que se tenía que conocer”.

Hoy Naikari tiene 18 años y lo relata con la madurez de quien ha vivido una infancia diferente. El tabú se ha roto y la amenaza de la violencia hace seis años que desapareció. La mayoría de sus compañeros ahora sabe algo más de lo que durante casi cinco décadas asoló Euskadi. “Hasta hace poco no nos habían contado casi nada de lo que ocurría, se tapaba”, reconoce Markel, otro joven vasco: “Creo que nosotros también tenemos que conocer bien todo lo que sucedió, ¿cómo vamos si no a resolver un problema de convivencia con algo que desconocemos?”.

¿Cómo vamos a resolver un problema de convivencia si lo desconocemos?, se pregunta un joven

Cuando Markel y Naikari nacieron ETA acababa de secuestrar a José Antonio Ortega Lara y días después de su liberación asesinó a sangre fría a Miguel Ángel Blanco. Pero su generación, la que hoy tiene entre 18 y 20 años en muchos casos desconoce los dos hechos que mayor movilización y rabia contra ETA provocaron en la historia reciente de nuestro país. Una encuesta de la Universidad de Deusto reveló recientemente que el 50% de los jóvenes vascos de 18 años no era capaz de identificar la autoría de un atentado como el de Hipercor en 1987 y que un 47% desconoce quién fue Miguel Ángel Blanco.

Desde hace casi una década las administraciones vascas se esfuerzan en cubrir esa ignorancia y desconocimiento entre los más jóvenes. Lo hace con actos como el del viernes, una nueva edición del llamado ‘Día de la memoria’. Como los últimos 10 de noviembre, una fecha elegida en el calendario por serla única en la que no se produjo a lo largo del casi medio siglo de ETA ningún atentado de la banda, el recuerdo es para las víctimas. En esta ocasión los protagonistas fueron una veintena de chicos y chicas con la mayoría recién cumplida o cerca de hacerlo, que reflexionaron sobre su conocimiento y experiencia personal en torno a lo que han supuesto los años de violencia.

Empatía con las víctimas

Durante décadas la violencia estuvo alejada del temario de los colegios. Ni ETA, ni la violencia de Estado o la represión en el franquismo figuraban en los libros. En tiempos del Gobierno de Patxi López se puso en marcha un ‘Plan vasco de Educación para la paz y los derechos humanos’ y que tras sucesivas actualizaciones se ha ido extendiendo de modo voluntario en los colegios de Euskadi.

Actualmente la aplicación más directa en las aulas corresponde a un módulo titulado ‘Adi-Adian’ en el que víctimas de las distintas expresiones de violencia padecidas en Euskadi (ETA, GAL y Batallón Vasco Español) dan charlas a los jóvenes de cuarto de la ESO y de Bachillerato. En ellas les relatan cómo les cambió la vida haberse convertido en víctimas de la violencia. En la lista de testimonios figuran la hija de Fernando Buesa, -Sara Buesa-, el hijo del juez José María Lidón, -Jorge Lidón- o Pili Zabala, hermana de Jose Ignacio Zabala, asesinada por los GAL, entre muchos otros.

“Cuando terminó la sesión pensé: ‘¡ostras, mira cuánto han sufrido! Y pienso que, pese a todo, muchos han continuado aquí, con sus familias y sus empresas. Me quito el sombrero”, asegura Maialen. A su lado, Ander relata cómo le impresionó el esfuerzo de superación que han demostrado las víctimas “y sobre todo su capacidad de perdonar, he aprendido escuchándoles el valor del perdón”. La siguiente en intervenir es Eneritz. De su experiencia junto a una víctima de ETA recuerda con especial sorpresa cómo “nos dijo que cuando poco después escuchó que dos miembros de ETA murieron cuando manipulaban una bomba, sintió pena por ellos. Mi reacción primera hubiera sido sentir alegría, pero ella fue capaz de perdonar. Pues si ella lo ha hecho ,¿cómo no lo vamos a hacer el resto de la sociedad?, pensé”.

Tras escuchar a la víctima contar su experiencia me di cuenta que la empatía puede cambiar el mundo”

Hasta el momento, en el programa ‘Adi Adian’ han participado alrededor de 10.000 jóvenes vascos, un porcentaje reducido del conjunto de escolares vascos. En el acto celebrado el pasado día 10, un buen número de jóvenes apuntó que su conocimiento de lo sucedido era más bien reducido, ya que hasta ahora ni siquiera en el colegio, y en muchos casos tampoco en casa, se les explicó con detalle lo que ocurría. “Aquel encuentro con una víctima fue muy enriquecedor para todos nosotros. Recuerdo que comenzó la sesión con todo el mundo hablando y sin prestar atención y cuando terminó nos había cambiado a todos, a los 125. Algunos incluso con lágrimas. Entonces me di cuenta que la empatía puede cambiar el mundo”.

Se cucharon testimonios de algunas de las víctimas que participan en estos encuentros con los escolares adolescentes. Todos ellos coinciden en la necesidad de que su testimonio perviva en futuras generaciones para evitar que algo así pueda reproducirse. En sus intervenciones apuestan por promover valores como el respeto, la empatía y la tolerancia: “Queremos que nunca permanezcan impasibles, no podemos repetir algo así”, asegura Sara Buesa.

Exceso de ‘neutralidad’

En miles de jóvenes vascos hoy el triste legado de ETA apenas tiene espacio. Ni lo han vivido, ni apenas se lo han contado. 2.472 actos terroristas, 197 atentados y 828 muertes que no figuran en su imaginario social. El profesor de la Universidad de Deusto, Iker Usón, asegura que la imagen que la juventud vasca tiene de ETA se pinta “en blanco y negro”. Él, junto con otros docentes de la Universidad del País Vasco y Mondragón Unibertsitatea, llevó a cabo a finales de 2015 una experiencia piloto denominada Ahotsak (voces) en la que participaron cerca de 300 jóvenes universitarios de entre 18 y 23 años. En ella se promovió, a través de la emisión de documentales, la reflexión y el análisis sobre su percepción y conocimiento de la violencia en Euskadi.

Una desmemoria que según los expertos no sólo afecta a las generaciones más jóvenes sino incluso a las inmediatamente anteriores, las nacidas a mediados de los 90. La directora del Máster de Ética para la Construcción Social y miembro del Centro de Ética Aplicada de la Universidad de Deusto, Izaskun Sáez de la Fuente, considera que en Euskadi durante demasiados años ha primado en exceso la neutralidad. “Generaciones algo anteriores tampoco han recibido esa formación. La política educativa que se impulsó se caracterizaba por una superideologización que derivó en una postura de neutralidad del educador ante estas cuestiones. Creo que se debe ser neutral en los planteamientos partidistas pero no en lo relativo a la dignidad de las personas y los derechos humanos. Durante muchos años se ha aplicado aquello de ‘por la paz un Ave María…’”.

Expertos educativos aseguran que en la Educación se pasó de una superideologización a una «neutralidad del educador ante estas cuestiones»

Sáez de la Fuente apunta que con todas estas generaciones que apenas han conocido la violencia y que no tienen recuerdo de ella se corre el riesgo de encaminar a Euskadi hacia una “amnesia” social colectiva: “Nos preocupa la tentación de querer pasar página tan rápido y que a estas generaciones se les hable de la situación de Euskadi sin tener en cuenta lo que ha pasado, sin garantizar a las víctimas el derecho a la verdad, la justicia y la reparación”. Subraya que una de las prioridades debe pasar por asegurar la no repetición de conductas vividas en el pasado: “Que ETA haya desaparecido no quiere decir que hayamos dejado de ser una sociedad con dosis de violencia a ser modélica, eso no sucede de un día para otro. El riesgo que corremos es que sigamos aplicando los mismos esquemas de estigmatización y prejuicios hacia otro tipo de víctimas”.

El objetivo de las instituciones pasa por inculcar una “memoria crítica” a las nuevas generaciones que no han conocido directamente la violencia de ETA ni de otro signo. El lehendakari Iñigo Urkullu recordó que la memoria crítica es esencial en una sociedad que quiere recordar a las víctimas y que aspira a no repetir lo sucedido nunca más. “Nuestra historia reciente demuestra que el recurso a la violencia como herramienta para obtener fines políticos es una equivocación radical que vulnera lo más básico de la existencia humana”.

Urkullu se dirigió a los más jóvenes para recordarles que la violencia y su empleo puede ser percibida como “una seducción” o un medio para obtener de modo “rápido y seguro” determinados objetivos y que se debe desterrar: “Para que esta seducción funcione es necesario asumir que el fin justifica los medios, que es asumible violentar los derechos humanos para lograr otros objetivos supuestamente superiores”.