Juan Carlos I nació en 1938 en Roma, donde se exilió su abuelo Alfonso XIII tras la instauración de la II República. Nacido en plena Guerra Civil, el principal cometido de su reinado fue cicatrizar la herida supurante del conflicto, emponzoñada tras 40 años de dictadura franquista. Hasta su abdicación en 2014, sostuvo uno de los reinados más largos de la dinastía borbónica en España. También uno de los más exitosos, si bien es cierto que la competencia, pese a excepciones, no era especialmente exigente.

La historia de los borbones en nuestro país es turbulenta y cuenta con la inestabilidad como hilo conductor. A veces responsabilidad directa de la Corona, otras veces impuesta por la convulsa Europa. Juan Carlos no fue el primer borbón ‘pacificador’, aunque sí el que se acercó más a su objetivo, en parte gracias al tiempo en el que reinó y el contexto histórico que le proporcionaba.

Felipe V, rey centralista. 1700-1724. 1724-1746

Tras la muerte sin descendencia del último Austria, las dos grandes dinastías europeas utilizaron España como campo de batalla de una guerra internacional. La Guerra de Sucesión Española fue mucho más que una Guerra Civil, y desde luego no fue una guerra «entre España y Cataluña» como la que dibuja el relato histórico de parte del nacionalismo catalán. Pero sí es cierto que Felipe V, contra quien lucharon parte de los catalanes, fue un rey centralista poco dispuesto a aceptar las particularidades regionales.

Suyos son los decretos de Nueva Planta que acabaron con las leyes propias de los reinos de Valencia, Aragón y Mallorca y con las del principado de Cataluña. También es suyo el inicio del proceso de afrancesamiento, pese a que durante la Guerra se prometió que Francia y España mantendrían su independencia pese a la coincidencia de la familia real. A imitación de las instituciones galas, Felipe V creó la Real Academia Española de la Lengua, también la de Historia y la de Medicina. A imitación de Versalles ordenó construir el Palacio de La Granja de San Ildefonso, desde donde vigiló a su hijo Luis I durante su efímero reinado.

Luis I, el ‘sietemesino’. 1724

Su reinado no llegó a durar lo que un embarazo. Tras la sorprendente abdicación de su padre Felipe V, Luis I accedió al trono en enero de 1724. Fue el primer rey borbón nacido en España y asumió el trono con apenas 16 años. No estaba preparado. Mientras su padre le vigilaba estrechamente desde La Granja, el monarca se rodeó de una camarilla de asesores que le recomendó que se olvidase de las aspiraciones italianistas y volviera a mirar hacia América. Murió en agosto a consecuencia de una viruela, propiciando el regreso al trono de su progenitor.

Fernando VI, el borbón que persiguió a los gitanos. 1746-1759

Llegó al trono con la intención de frenar la política exterior española, que en ese momento se encontraba empantanada en guerras externas, como la de la sucesión austriaca, que no le reportaban nada. Se ganó por ello el apodo de ‘El Prudente’. Pero dentro de España no lo fue tanto. De hecho, fue el responsable de la Gran Redada contra los gitanos de 1749, que sistemáticamente persiguió a los miembros de esta etnia, separando a los hombres de sus mujeres e hijos y destinando a unos al trabajo forzado y a otros a la prisión.

La neutralidad española en aquella época fue fruto de un enfrentamiento interno dentro del gobierno entre el marqués de la Ensenada, francófilo, y el anglófilo secretario de Estado José de Carvajal. Cuando uno murió y el otro dejó el poder, en 1754, Fernando VI se acercó más a Inglaterra fruto de la importancia creciente dentro de la corte de Ricardo Wall.

El reinado de Fernando VI termina oficialmente con su muerte en 1759, pero en la práctica lo hace un año antes cuando fallece su mujer Bárbara de Braganza, a quien permanecía muy unido. Desde ese momento, Fernando VI se recluye, corta todo contacto con el exterior y comienza a adoptar actitudes excéntricas que la psiquiatría ha valorado como trastornos a posteriori.

Carlos III, alcalde de Madrid. 1759-1788

A diferencia de la gran mayoría de monarcas, Carlos III llegó a España con experiencia de gobierno tras reinar en las Dos Sicilias. Y fue, con diferencia, el menos excéntrico de los primeros borbones. Llevaba una vida rutinaria, casi monótona, mientras intentaba poner en marcha las grandes reformas bajo el paraguas del ‘despotismo ilustrado’. No todas funcionaron.

El motín de Esquilache, por ejemplo, acabó en revuelta popular y en el destierro del encargado de ordenar que los madrileños dejasen el sombrero de tres picos y la capa larga, para mayor seguridad pública. Pero la muchedumbre le odiaba por más cosas: por ser italiano, por la carestía del pan, por el alto precio de los productos básicos…

Carlos III, sin embargo, sí avanzó en bastantes sentidos. Dio un impulso definitivo a la ciudad de Madrid con ensanches, avenidas, plazas, monumentos como la Cibeles y emblemas como el Museo del Prado, el Jardín Botánico o la Puerta de Alcalá. La convirtió, en definitiva, en una capital digna para el Reino, hacia la que dirigió carreteras e infraestructuras desde el resto de la Nación. También puede reclamar la paternidad de sus actuales símbolos: tanto el himno como la bandera de España datan de su reinado.

Carlos IV, títere de Godoy. 1788-1808

Llegó al trono con 40 años pero algo despreocupado de sus obligaciones como monarca. El peso político del reinado recayó mayoritariamente en su valido, Manuel Godoy, y se dividió muy claramente en dos partes. Que acabaron igual de mal. En la primera, España se unió a las fuerzas que trataban de contener la revolución francesa. Pero fracasó, y el ejército revolucionario terminó devolviendo los golpes y haciéndose con ciudades de la importancia de Bilbao, San Sebastián, Vitoria, Figueras o Miranda de Ebro. Godoy acabó firmando la paz y aliándose con Francia, pero tuvo que dejar el gobierno tras una traumática derrota en Puerto Rico.

La llegada de Napoleón al poder en Francia, no obstante, conlleva como primera exigencia que Godoy vuelva a tener responsabilidades en el gobierno español. Y Carlos IV obedece. Godoy, ya como aliado francófilo, es el principal responsable de que las tropas francesas se asienten en España en su presunto camino hacia Portugal, circunstancia que va generando un creciente hartazgo tanto en la población como en algunas élites comandadas por su hijo.

El motín de Aranjuez, que termina con Godoy apresado, provoca la abdicación de Carlos IV y el ascenso efímero de Fernando VII. Napoleón, preocupado por el poder de un duro, convoca a ambos en Bayona y consigue que finalmente Fernando renuncie al trono y lo mantenga en manos de su padre. Fernando lo hace, sin saber que el día anterior su padre ha traicionado a la dinastía borbónica española y prometido a Napoleón concederle los derechos de sucesión de la corona, que más tarde transferirá a su hermano José Bonaparte, nunca reconocido por las Cortes españolas que, durante la ocupación, aprobaron la Constitución de 1812 en el bastión de Cádiz.

Fernando VII, la gran decepción. 1808-1833

El enfrentamiento previo a la Guerra de Independencia con su traidor padre convirtió a Fernando VII, preso en Francia durante la contienda, en el rey más deseado. Se anhelaba su vuelta con tanta fuerza como con la que se le repudió después. Es el rey peor recordado por la historiografía y fue incapaz de lidiar con la macabra situación económica en la que España había quedado tras la guerra. Protagonizó, entre 1814 y 1820, una deriva absolutista que le granjeó enemistades en todas partes. Su primera medida fue derogar la Pepa.

Al borbón le pararon los pies en 1820 con un pronunciamiento militar que abrió camino al trienio liberal, finiquitado en 1823 tras la intervención esponsorizada por Francia de los Cien Mil Hijos de San Luis. Fernando VII protagonizó entonces la bautizada como Década Ominosa, caracterizada principalmente por la gran represión sobre los exaltados protagonistas de los pronunciamientos anteriores.

Al mismo tiempo, los últimos años de vida de Fernando VII fueron una búsqueda frenética de descendencia, tras tres matrimonios fallidos en ese sentido. Finalmente, cuatro años antes de morir acabó por casarse con su sobrina María Cristina de las Dos Sicilias, hija de su hermana pequeña María Isabel, con quien tuvo dos hijas: Isabel y Luisa Fernanda, que ocuparon la línea de sucesión en perjuicio de su hermano Carlos María Isidro, sembrando el germen de las posteriores guerras carlistas.

Isabel II y la España estancada. 1833-1868

Mientras Europa avanzaba social, económica e incluso democráticamente, España continuaba inmersa en guerras internas por la cuestión sucesoria. A las primeras no les hizo frente Isabel II, que heredó la corona a los tres años, sino su madre María Cristina, regente con canción popular propia. Tras la segunda regencia, en manos de Baldomero Espartero, las Cortes acabaron por nombrar mayor de edad a Isabel II con 13 años, con 193 votos a favor y 16 en contra.

España no se modernizó apenas nada. El desarrollo del ferrocarril fue lento y desigual, los dispersos focos de industrialización apenas estaban conectados entre sí y los gobiernos seguían cambiando a golpe de pronunciamiento militar. El principal perfeccionamiento de la época fue el del pucherazo: las elecciones las solía ganar quien las organizaba. Se hizo cotidiana la figura del cacique rural y se generó el caldo de cultivo para la revolución de 1868, que derrocó a la reina y dio paso al Sexenio Democrático, la primera apuesta fallida del país tanto por la monarquía parlamentaria de Amadeo de Saboya como por la República (1873-1874).

Alfonso XII, el primer ‘reconciliador’. 1874-1885

Pese a los experimentos del Sexenio Democrático, los actores clave de la vida política española nunca se olvidaron de los borbones. No lo hizo Cánovas del Castillo, que durante todo ese tiempo fue la principal voz defensora en Cortes de la opción de Alfonso XII, el primer príncipe de Asturias de la dinastía que recibió educación internacional fuera de España.

El monarca llegó a España en diciembre de 1874 con fama de preparado y tras el pronunciamiento en Valencia del general Martínez Campos. Y se le conoció, claro, como ‘el pacificador’. Fue un período sin sobresaltos, marcado por el tradicional turnismo gubernamental entre Cánovas y Sagasta, y que dejó como legado la Constitución de 1876, vigente durante 47 años y todavía la más longeva de la historia de España.

Alfonso XIII, superado por el desastre. 1886-1931

Alfonso XII murió en 1885 de manera inesperada, y con su mujer, María Cristina de Habsburgo, embarazada. Ante el miedo a otro conflicto sucesorio como el que protagonizaron carlistas e isabelinos, Sagasta paralizó el proceso de sucesión hasta comprobar qué salía del vientre de la reina. Fue un hecho insólito: Alfonso XIII nació siendo monarca de España, aunque fue su madre la que tuvo que lidiar durante el proceso de regencia con el desastre del 98, la pérdida de las últimas posesiones de ultramar y el trauma nacional.

La gestión del rey, ya mayor de edad, no fue mucho mejor. España se enfangó en el Rif y la campaña militar llevó al país a otro descalabro que hizo mella en la opinión pública, ya radicalizada durante los años previos a la instauración de la dictadura de Miguel Primo de Rivera. El monarca consintió esta deriva autoritaria, lo cual supuso su sentencia: mientras los políticos de todo el espectro se sentían desamparados por el rey, crecía el republicanismo que supondría su punto final. Tras las elecciones municipales de 1931, entendidas en clave plebiscitaria en las grandes ciudades, el abuelo de Juan Carlos I se exilió en Roma.