“El pueblo presidente”. Ha sido el lema de Daniel Ortega (Chontales, 1945), que luchó en los 70 contra una estirpe de dictadores nicaragüenses, los Somoza, para devenir en un caudillo revestido con los ropajes de una democracia de escaparate. “¡Ortega, Somoza son la misma cosa!”, han gritado en las calles jóvenes nicas, muchos de ellos hijos de quienes lucharon en las filas sandinistas, abanderadas, entre otros comandantes por Daniel Ortega. “No tenemos miedo”, clamaban. El caudillo se ha quedado desnudo ante su pueblo.

La chispa se ha encendido en Nicaragua primero por la pasividad del gobierno tras la quema de miles de hectáreas de la reserva Indio-Maíz, justo a principios de abril. Pasaron días hasta que se declaró la alerta amarilla, preventiva, y los jóvenes estaban conmocionados y comenzaron a protestar en las universidades.

Justo después, el gobierno nicaragüense aprobaba una reforma de la seguridad social que implica pérdida de poder adquisitivo a los empleados, más contribuciones a los empresarios y rebajas en las pensiones. A partir del miércoles 18, cuando entraba en vigor, ardió la calle. Por primera vez los nicaragüenses han dicho basta a Ortega, tras una década acumulando poder sin medida.

Uno de los lemas más coreados en las manifestaciones. EFE

Daniel Ortega, que se ha visto beneficiado hasta ahora de la generosa ayuda de Venezuela, estimada en unos 4.000 millones de dólares, creyó que podía aplicar el decreto sin más, sin consultar si quiera a los empresarios, sus aliados, que por primera vez se han levantado contra él. El grifo se cierra por la deriva venezolana y como caudillo todopoderoso ha obrado sin calibrar las consecuencias.

Tampoco calculó cómo ha ido distanciándose del pueblo, y cómo se ha creado un ambiente de hartazgo y de ira ante su omnímodo poder. Controla el partido, los tres poderes, los municipios, gran parte de los medios… Intervino los medios independientes, pero fue inútil. Llamó a los estudiantes «vampiros chupasangre» y «pandilleros». Su única forma de parar la revuelta fue enviar a las llamadas turbas, grupos de choque, ex delincuentes al servicio del régimen, que actúan con impunidad contra la multitud. Las calles le comparan con Anastasio Somoza, el caudillo al que derrotaron los sandinistas.

Aún se están contando los muertos, cuando ya pasa de una semana de los choques más violentos. El Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (Cenidh) estima que hay confirmados 38 fallecidos. Pero hay aún cuerpos por identificar y desaparecidos. También hubo unos 200 detenidos. Algunos fueron liberados rapados y desarrapados tras horas de angustia. Human Rights Watch ha reconocido «graves abusos» del gobierno.

Daniel Ortega y su vicepresidente y esposa, Rosario (Chayo) Murillo, son considerados principales responsables de la masacre. La Fiscalía ha anunciado una investigación, pero, dada la concentración de poder en Nicaragua, carece de fiabilidad. Es como si Ortega se investigara a sí mismo. El presidente ha aceptado la renuncia de Aminta Granera, jefa de la Policía Nacional.

¿Cómo vamos a permitir que siga Daniel Ortega en el poder con este niño muerto?», dice Mildred Largaespada

“El más joven de los asesinados apenas tenía 15 años. Era un niño, un año mayor que mi hijo. Al saberlo, me eché a llorar. Y luego habló Ortega y no mencionó a los muertos. Solo tiene en su cabeza la conspiración del imperialismo yanqui. ¿Cómo vamos a permitir que siga en el poder con ese niño muerto?”, afirma Mildred Largaespada, periodista nicaragüense residente en España, y autora del blog 1001Trópicos. «Los muertos no dialogan», gritan en las calles de Nicaragua.

Dibujo de Juan Tijerino en homenaje al más joven de los fallecidos por la represión.

Álvaro Manuel Conrado Ávila estudiaba en el Instituto Loyola de Managua y recibió un impacto de bala en la Universidad Nacional de Ingeniería cuando llevaba víveres a los estudiantes allí concentrados contra la reforma de la seguridad social. A todos los fallecidos conocidos se les están rindiendo diversos homenajes, dibujos con su imagen, o diversos actos de colegas, como en el caso de Angel Gahona, periodista de Bluefields, en Costa Caribe, que perdió la vida mientras informaba de los hechos.

Daniel Ortega dio marcha atrás al decreto y se mostró dispuesto al diálogo, en el que la Iglesia sería el garante, y también participarían patronal, trabajadores y estudiantes. Dentro de la Iglesia hay quienes son muy críticos como el obispo auxiliar de Managua, monseñor Silvio José Báez, quien denuncia que “hace muchos años vivimos en dictadura”.

Reconoció “un gozo inmenso al ver que este pueblo oprimido ha despertado”, si bien la tristeza también es enorme por los muertos y desaparecidos. Miles han acudido este sábado a la peregrinación convocada en Managua «en recuerdo de los asesinados, por la democratización y el éxito del diálogo nacional».

“La gran pregunta es: ¿diálogo para qué?”. El gobierno quiere paz social. Pero el problema reside en que en esta última década el FSLN, dominado por Ortega ha ocupado todos los espacios de poder. Más allá de las demandas específicas el problema es redemocratizar el sistema. El modelo ciertamente se ha puesto en cuestión. No es viable política y económicamente”, señala Salvador Martí i Puig, profesor de Ciencia Política en la Universidad de Gerona.

El diálogo ha de ir paralelo a una investigación a fondo guiada por una Comisión de la Verdad independiente, liderada por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Aún así será dificil parar el clamor de las calles, donde se sigue pidiendo la renuncia de Ortega y Murillo. Hay quienes en la vieja guardia serían favorables a que Murillo pagara con su salida para salvar a Ortega, pero ellos mismos han elegido compartir destino.

Rosario Murillo (Managua, 1951) aspiraba a suceder a Ortega, que a sus 73 años tiene problemas de salud desde hace tiempo. En común tienen siete hijos, todos ligados de una u otra forma a empresas económicas y culturales ligadas al Gobierno, pero ninguno con vocación política de momento.

Sobrina nieta de Sandino, el héroe de la resistencia nicaragüense frente a EEUU, lleva junto a Ortega desde 1977. Como poeta declarada, parecía que sus intereses eran solo culturales, pero ha ido acaparando funciones y poder hasta convertirse en el 50% de Ortega. Desde 2017 es vicepresidenta.

Su pacto de sangre se selló cuando Murillo defendió a Ortega al ser acusado en 1998 por Zoilamérica, hija de otra pareja anterior de Murillo, de acusaciones de violación continuada. Zoilamérica trató de llevar la cuestión a los tribunales pero acabó repudiada por su madre y en el exilio. Murillo se presenta como una devota cristiana aunque flirtea también con ritos esotéricos.

Es la primera vez que algunos jerarcas del régimen admiten que se equivocaron. Ortega ha perdido la calle», dice Silvio Prado

“Ahora Ortega pasa por su momento de mayor debilidad. Es la primera vez que algunos jerarcas del régimen (entre ellos, Bayardo Arce, asesor económico del gobierno) admiten que se equivocaron, que la reforma fue un error y también enviar a las turbas. Lo excepcional es la fragilidad de Ortega. Ha perdido la calle. Es un descontento larvado desde hace tiempo. Antes se manifestó en la abstención en las elecciones, pero ahora han pasado a la acción”, explica Silvio Prado, investigador y consultor, quien fuera miembro del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) hasta 1991.

Prado conoce a fondo la trayectoria de Daniel Ortega, con quien colaboró como responsable de las relaciones con Europa, en su primera época en el poder en en los 80, tras el triunfo de los sandinistas. “Nunca discute. Estuvo preso siete años (1967-1974), luego en la clandestinidad. Tiene una mentalidad muy vertical. Su deseo ha de hacerse realidad y no está dispuesto a negociar. Es una persona sin escrúpulos. Era quien menos proponía. Durante un tiempo tuvo frenos, pero ahora Rosario Murillo actúa como un acelerador”, afirma este antiguo colaborador de Ortega.

No es carismático pero sabe escuchar horas y horas. El problema es que no se sabe si escucha o tiene la cabeza hueca», dijo Nyerere de Ortega

Relata Silvio Prado cómo en una visita del entonces presidente de Tanzania, Julius Nyerere, acudieron juntos a un acto denominado De cara al pueblo, donde los discursos se prolongaban horas y horas. Al finalizar Nyerere comentó sobre Ortega: “No es carismático como Mandela o Castro, pero sabe escuchar horas y horas. Tiene una paciencia infinita. El problema es que no se sabe si escucha o tiene la cabeza hueca”.

El escritor Sergio Ramírez, que competía como aspirante a vicepresidente en 1990 y marcó distancias con el Frente en 1994, cuenta en Adiós Muchachos cómo “Daniel no era entre los nueve comandantes la figura más notable o decisiva, y cuando llegó a imponerse, fue como resultado del juego de equilibrios y de los malabares de su hermano Humberto; vino a ser escogido con el tiempo como líder, tras un proceso trabajoso porque era la figura más segura por menos visible, que oponer a Tomás Borge, el más carismático”.

Este verano se cumplirán 39 años de aquella victoria, que acabó con la huida de Anastasio Somoza, asesinado después en el exilio. Daniel Ortega fue coordinador de la Junta de Gobierno hasta 1985, luego presidente hasta 1990, cuando perdió frente a Violeta Chamorro. En 2006 volvió a ganar las elecciones y desde entonces sigue al mando de Nicaragua.

Ha recurrido a todo tipo de componendas para ganar las elecciones primero y luego para que no haya impedimentos para su reelección. Con su gran rival, el conservador Arnoldo Alemán, pactó en 2000 que fuera posible ganar en las urnas con menos de un 40% de votos o cinco puntos de ventaja sobre el siguiente competidor. A cambio Alemán mantuvo la inmunidad frente a demandas judiciales, y luego ventajas en los tribunales.

Su derrota en las urnas en 1990, con la que no contaba porque los sondeos le eran favorables, no así el contexto porque la población estaba harta de las luchas con la contra, acentuó su vocación de poder. El jesuita Fernando Cardenal, quien fuera ministro de Educación, relata en Sacerdote en la Revolución, cómo aquel batacazo marcó un antes y un después en Ortega.

Después de la derrota en 1990, poco a poco se fue definiendo en Daniel Ortega una posición de caudillo», escribe Fernando Cardenal

“Después de la derrota electoral, poco a poco se fue definiendo claramente en Daniel Ortega una posición de caudillo por encima de los otros miembros de la Dirección Nacional”, relata Cardenal, quien se atreve a cuestionar en una reunión a Rosario Murillo por acusar a Carlos Fernando Chamorro y a William Grigsby de ser miembros de la CIA y recibe un buen rapapolvo de Ortega.

Sin embargo, Sergio Ramírez recuerda que el discurso de aceptación “fue el más memorable de su vida en el que decía que habíamos nacido pobres y volvíamos a la calle pobres”. Quizá eso le hizo reaccionar. Había nacido pobre y no quería morir pobre.

Ramírez, que acaba de recibir el Premio Cervantes, ha dedicado el galardón a las víctimas de la represión en Nicaragua. “Los jóvenes están dando una lección de dignidad y valentía”, decía en una entrevista con Mildred Largaespada en www.confidencial.ni, que dirige Carlos Fernando Chamorro, uno de los hijos de la ex presidenta, Violeta de Chamorro y el periodista asesinado en 1979 Pedro Joaquín Chamorro.

Es Carlos Fernando Chamorro uno de los referentes ideológicos más sólidos en la Nicaragua actual, huérfana de políticos opositores que hagan frente a Daniel Ortega. Confía aún Sergio Ramírez en que aparezcan líderes entre los estudiantes, pero el movimiento carece de rostros visibles (se hacen llamar El Flaco o El Águila quienes hablan a la multitud, si bien tiene una estrategia muy bien coordinada en redes sociales, según Largaespada, experta en comunicación.

A juicio del autor de Adiós muchachos, Ortega, que ya ha superado las dos décadas en el poder, quiere eternizarse como caudillo. Basa su poder en “fabricar espejismos”, como explica en un artículo publicado en el libro El estallido del populismo. Es decir, hace creer al pueblo en proyectos megalómanos como la construcción del Gran Canal, con una inversión de 50.000 millones de dólares, y apoyo de un empresario chino, que luego se quedan en puro humo. Pero el empresario, Wang Ying, consigue un contrato que en realidad es una concesión de terreno nicaragüense por 100 años.

Según Martí i Puig, Ortega preparó el camino para volver al poder entre 1990 y 2006. “Daniel Ortega va concentrando todos los recursos, y a la vez crea alianzas y hace purga. No tiene contrapoderes. Llega a la Presidencia con un tejido de gran concentración de todos los resortes y lo convierte en su patrimonio familiar. Es relevante que la sede del Frente, es a la vez la jefatura de la República y la residencia familiar”, explica el experto. Estado-Partido-Familia forman una santísima Trinidad en la realidad de Ortega.

En época de vacas gordas ha logrado mantener cierta paz social aliándose con el capital en el país y fuera con los bolivarianos, especialmente con Venezuela, como gran benefactor. También sus niveles de crecimiento, de un 3%, con una pobreza de un 70%, le permitía acceder a préstamos y ayudas internacionales.

Pero las violaciones de derechos humanos, como las cometidas en la represión de las protestas, han mostrado la peor cara de Daniel Ortega, cada vez más aislado. “Es pésimo como político y malo como persona. Su legado es un reguero de sangre”, sentencia Largaespada. La ilustración del dibujante PX Molina, en Confidencial, es todo un retrato de la realidad paralela en la que vive la pareja presidencial.

En Managua, los árboles de la vida, que los nicas llaman chayopalos, un bosque de estructuras metálicas, pintadas de colores, con un coste de cuatro millones de dólares, fueron levantados por deseo de Rosario (Chayo) Murillo como fuerzas protectoras. Cada árbol tiene 15.000 bombillas con una potencia de 45.000 vatios, con lo que se pueden abastecer cien casas. Estos días muchos han sido talados, en una clara señal de que el pueblo quiere derribar a quiénes los pusieron. El tiempo de los caudillos, Ortega y Murillo, termina.

“Ha llegado el día del juicio”. La poetisa y escritora Gioconda Belli lo apunta en su artículo Dies Irae  y dice que ese «pueblo presidente» quiere que Ortega y Murillo se vayan. “La solución de este problema es una; el presidente y su esposa deben tener la valentía para darse cuenta de que se les terminó el tiempo. El pueblo presidente les pide que renuncien. Deben renunciar. Sin que muera nadie más… Fracasaron, se sobrepasaron. Humildemente, acéptenlo y renuncien. Es la única salida valiente y digna que les queda”. Así, como decía el periodista Pedro Joaquín Chamorro en su último discurso antes de ser asesinado por orden de Somoza, Nicaragua volverá a ser una República.