El desplazamiento en general y el desplazamiento transfronterizo en particular aparecen como la decisión más inmediata, una carrera de fondo, para huir, en el “mejor” de los casos, de la falta de expectativas de un proyecto de vida, de bienestar y de progreso; y en el “peor” de los casos, de la pobreza, la guerra, la persecución y la muerte. Pero no por ello es la salida más fácil.

Cruzar una frontera a la desesperada para entrar a un país que no es el tuyo conlleva que muchas veces se haga por los causes no legales lo que aumenta el riesgo y la vulnerabilidad de las personas migrantes. Las dinámicas migratorias nos dejan estampas como las de este lado del charco: miles de personas se echan al mar en un intento de llegar a las costas europeas en pateras o saltando vallas, y del otro lado del Atlántico: atraviesan puentes y trochas.

Nicaragua y Venezuela se han convertido en los dos países del panorama latinoamericano que más conducen a sus locales a cruzar las fronteras huyendo del conflicto social que se vive en ambos territorios. Los países vecinos de éstos reciben en los últimos tiempos un aumento de flujo migratorio que supera las cifras de los flujos hacia Europa.

Los nicas huyen de la represión de Ortega

Desde el inicio de la crisis en Nicaragua, el pasado 18 de abril, más de 350 personas han muerto, 2.000 han resultado heridas y al menos 23.000 huyeron a Costa Rica intentando obtener asilo, de las cuales 8.000 peticiones han sido registradas y otras 15.000 están pendientes. Según denuncian los medios locales, decenas de nicas pasan indocumentados a Costa Rica por las localidades fronterizas de La Guacimada y la Trocha de Chiles huyendo de las represalias del gobierno contra los protestantes.

“En los últimos meses, el número de solicitudes de asilo aumentó de forma exponencial”, según informó ACNUR, la agencia de la ONU para los refugiados. Los datos brindados por el mismo organismo indican que en Costa Rica se registran cada día 200 solicitudes de asilo y que aunque “éste fue el país que recibió la mayoría de solicitudes de asilo, Panamá, México y Estados Unidos registraron también una tendencia al alza durante la primera mitad de 2018 con un pico significativo en junio”.

Costa Rica, un país de 4.7 millones de habitantes, fue uno de los 13 países que firmaron una Declaración Especial sobre la situación de Nicaragua, el pasado 16 de julio en Bruselas, expresando su preocupación y exigiendo el cese inmediato de los actos de violencia. En vista de la situación de emergencia la Dirección General de Migración y Extranjería costarricense habilitó una línea de urgencia y próximamente pondrá en funcionamiento una aplicación para atender las solicitudes de refugio y dar salida de una forma más ordenada y ágil a los trámites de las solicitudes.

La lucha alimenticia y de seguridad de los venezolanos

En Venezuela la carrera es contra la superinflación que les impide acceder siquiera a los alimentos, medicinas y artículos de primera necesidad y contra la inseguridad, violencia callejera y delincuencia común. La línea divisoria entre Venezuela y Colombia mide 2.219 kilómetros y hace dos años viene siendo testigo de esa migración pendular que ingresa al país vecino para adquirir alimentos y algunos productos básicos y vuelve y sale.

Sin embargo, cada vez es más frecuente que las personas emprendan ese viaje sin retorno. Más de 870.000 venezolanos entre regulares (382 mil), en proceso de regularización (442mil) e irregulares (46 mil), se encuentran radicados dentro del territorio nacional, según informó el Director General de Migración Colombia, Christian Krüger Sarmiento. Diariamente poco más de 3 mil personas pasan “por el puente y por las trochas, por las vías legales y por las no legales”, en palabras del Defensor del Pueblo, Carlos Negret, y muchos utilizan a Colombia como país de tránsito.

Esta misma semana 400 ciudadanos venezolanos que pernoctaban en un lote aledaño a la terminal de transportes de Cali (Colombia) después de varias semanas fueron identificados por las autoridades entre los que desean seguir hacia otros países como Ecuador o Perú, para lo cual la Organización internacional para las migraciones (OIM) pone a disposición unos autobuses que los trasladan hasta estos países, y los que se quedan en la ciudad de Cali para que reciban un permiso que les permitirá trabajar legalmente en el país después de ser censados.

400 venezolanos que duermen en carpas en Cali, buscan seguir hacia otros países o legalizar su situación en Colombia.

400 venezolanos que duermen en carpas en Cali, buscan seguir hacia otros países o legalizar su situación en Colombia.

Testimonios humanos

El independiente habló con una familia de colombo-venezolanos que desde 1989 vive en Venezuela donde tienen una mediana empresa desde hace 23 años y que a día de hoy les sigue aportando beneficios pese a la crisis que atraviesa el país. Nos cuentan cómo su empresa ha perdido la mitad de su plantilla debido a que “se está yendo la mano de obra cualificada y es algo con lo que tenemos que batallar diariamente para formar a los nuevos –aunque algunos según los entrenamos por ahí derecho se van– y retener a los que son profesionales. A nuestros empleados les pagamos hasta cinco y seis salarios mínimos para que puedan medio vivir y les ponemos transporte porque no hay un servicio de transporte público que funcione”.

El salario mínimo en Venezuela es de 5’500.000 bolívares. Liliana, la cabeza de familia junto con su esposo venezolano, reconoce que en su casa comen doce personas diariamente, entre hijos, nueras, y yernos, por lo que gastan hasta 100 millones en comida a la semana. “Hasta el momento nos podemos permitir comer un buen trozo de carne, arroz, verdura y jugo”, todo un lujo para el plato de comida medio de un venezolano que gana un salario mínimo. Esto solo nos puede llevar a pensar en que existen dos clases de venezolanos: los que tienen dinero y pueden vivir y los que no lo tienen y malviven.

Las hijos de la pareja, esa primera generación de venezolanos hijos de colombianos, son todos profesionales y no ven en su país un futuro próspero por lo que han emprendido ya el viaje al país de su madre quien admite con un nudo en la garganta: “Nuestros hijos buscan algo mejor para la vida de ellos y de sus propios hijos, en ese caso nosotros como padres les apoyamos para que ellos continúen este legado que les estamos dejando. Mi esposo y yo no nos queremos regresar porque ya tenemos una edad y queremos descansar, pero entendemos que nuestros hijos busquen un mejor futuro”, la separación es inminente.

Para poder vivir, al menos dignamente, hace falta ganar aproximadamente 20 salarios mínimos, pues tan solo un antibiótico te puede costar 15 millones de bolívares. “No es que aquí no se consiga papel tualet, arroz, comida, lo que pasa es que es hipercaro, inalcanzable”. Jessica, de 35  y su hermana de 26 años, son el vivo ejemplo de dos jóvenes profesionales que sin posibilidades de un proyecto de vida en su país tuvieron que ir a Colombia “a buscarse la vida”. La mayor nos habla de los coyotes, personas que trabajan manipulando los alimentos o los artículos de primera necesidad como por ejemplo, los cajeros de los supermercados. Estas personas compran los productos al por mayor para después revenderlos a precios mucho más caros.

Nos hablan también de una parte de la población “conformista”, personas que no trabajan sino que esperan a que el gobierno les proporcione bonos de ayudas como “el bono de la independencia, del día de la madre, del día del niño, para las embarazadas”, etc. “Son bonos de 10 ó 15 millones de bolívares pero no se dan cuenta de que un kilo de carne cuesta 8 millones y un cartón de huevos, 5 millones 600 mil”, asegura Liliana. A Jessica esto le impactó tanto que durante su estancia en Colombia ha esquivado acercarse a las instituciones para obtener cualquier tipo de beneficio por parte del Estado: “mi papá nos enseñó a ganarnos las cosas por nuestros propios méritos”, asegura quien además tuvo que vender su casa, su coche y su negocio de pasteles para poder salir del país con dos maletas en mano y el dinero exacto para pagar el primer mes de alquiler en una vivienda en Colombia junto con su esposo, ya que no fue hasta tres meses después cuando pudieron mandar por sus dos hijos.

Otro de los males que sufren a diario los venezolanos es el aislamiento, “en Venezuela no hay comunicación, el Estado nos ha quitado Caracol, NTN, Canal 24h… los únicos canales que hay son los del gobierno, las noticias no nos llegan”, relata Liliana. “La gente está viviendo el día, uno se da cuenta por lo que la gente comenta en Facebook o Instagram”. Tampoco la educación queda exenta de la crisis nacional, hay escasez de profesores y el nivel educativo se ha deteriorado. A pesar de todo, no se pierde la esperanza: “23 años hace que mi esposo y yo empezamos con la empresa y tiene 20 años el gobierno, de manera que hemos crecido en crisis y podemos decir que somos triunfadores. Las cosas van a cambiar, tienen que cambiar”.

Una mirada desde España

El pasado 20 de mayo se celebraron elecciones presidenciales en Venezuela cuyos resultados dejaron a Nicolás Maduro como presidente del gobierno durante seis años más a pesar de que la oposición no reconociera los comicios por “las reiteradas violaciones a los acuerdos preelectorares por parte de Maduro” y ha exigido que el proceso se repita este mismo año. Incluso los empleados públicos denunciaron la presión ejercida por parte de la institución para que votaran y de no hacerlo les amenazaban con perder sus puestos. Unos resultados, al igual que la Asamblea Constituyente que se celebró después de los comicios, que tampoco reconoce el partido político de los trabajadores, La Causa R, cuyo secretario general en España es Manuel Rodríguez con quien habló El Independiente.

Rodríguez, que lleva 15 años viviendo en España, habla de una cifra de 4 millones de venezolanos fuera del país tomando como referencia las estimaciones del sociólogo Tomás Páez, autor del libro “La voz de la diáspora venezolana”, aunque reconoce que son cifras difíciles de cuantificar puesto que existe esa migración pendular que se produce a través de los diferentes pasos que conectan Venezuela con Colombia, como es el caso del Puente Internacional Simón Bolívar.

Del total de personas que emigraron a España el año pasado Venezuela se encuentra en el primer lugar con 51.050, una cifra que durante el año en curso ha tenido una tendencia al alza. En la actualidad hay más de 25 mil solicitudes de asilo por parte de los venezolanos en España de las cuales solo se han otorgado aproximadamente a 20 personas en 2 años y medio. Según datos de Eurostat recabados por la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR) “del total de personas pendientes de recibir una respuesta por parte de España a su solicitud de asilo, una de cada tres (13.425) proceden de Venezuela, cerca de 5.000 de Ucrania, 2.895 de Colombia y 2.460 de Siria”, lo que supone que todas estas personas viven en una situación de incertidumbre al no saber si se podrán quedar en España o tendrán que volver a sus países con el riesgo que ello implica.

En España hay muchas asociaciones de venezolanos entorno a diversos colectivos, como los estudiantes o los pensionistas, y causas, como las que recogen medicinas para mandar a Venezuela, o la Plataforma Ayuda Venezuela que se encarga de llevar mociones que piden la apertura del canal humanitario. “El pueblo está pendiente de buscarse la comida, la gente está pasando hambre y con 10 euros pueden comer 80 niños durante una semana”, asegura el coordinador de la plataforma.