El 17 de agosto de 2017, diez minutos antes de las cinco de la tarde, una furgoneta Fiat de color blanco irrumpió en el paseo peatonal de Las Ramblas de Barcelona, lleno de turistas y vecinos. Durante 500 metros circuló en zigzag -imitando a los terroristas de Berlín, Niza y Estocolmo- y arrolló a más de un centenar de personas. Trece de ellas fallecieron. El vehículo se paró finalmente frente al mosaico de Joan Miró, cuando saltó el ABS, y su conductor huyó a pie por las calles del Raval.

Hoy sabemos que el autor material del atentado fue Younes Abouyaaqoub, integrante de una célula terrorista creada y dirigida por el imán de Ripoll. Que preparaban un atentado mucho mayor, frustrado por la explosión fortuita de las más de doscientas bombonas de butano que acumularon en una casa ocupada de Alcanar (Tarragona). Y que sus compañeros intentaron imitarle en Cambrils, pero fueron abatidos por un policía autonómico. El balance final de la célula fue de 16 víctimas mortales.

Un año después de los atentados, Barcelona aparenta haber recuperado la normalidad, pero las cosas han cambiado.  El acceso al paseo peatonal está vedado ahora a los vehículos por enormes maceteros que actúan como pilonas, igual que en otros puntos turísticos de la ciudad. Se ha incrementando la presencia policial en el centro de la capital catalana. Y los vecinos y trabajadores de Las Ramblas mantienen vivo el recuerdo de la tragedia.

El encierro en el Café de la Ópera

«Queda el recuerdo, y siempre quedará», asegura Raúl, encargado del Café de la Ópera, un clásico de las Ramblas frente al Liceo. Ese 17 de agosto, como cada día, estaba a punto de terminar su turno a las cinco cuando vio a la gente entrar en tromba en el local.

«Metimos entre 50 y 60 personas en el local, entraron en tromba y cuando salí a ver qué pasaba empecé a ver a gente tirada por la calle. Bajé la persiana y nos quedamos encerrados. Estuvimos cinco horas encerrados».

Tampoco lo olvidan en la farmacia donde buscaron refugio otros tantos paseantes de aquella tarde de agosto en Barcelona. Algunos de ellos heridos por la furgoneta que conducía Abouyaaqoub. Ni los primeros mossos que llegaron a Las Ramblas, y que aún se emocionan al recordar el escenario que dejó la furgoneta a su paso.

«Había mucha gente en estado de shock, algunos muy histéricos, así que abrí la puerta trasera para que los que quisieran pudieran huir por ahí» recuerda Raúl. «Encendimos la televisión para saber qué pasaba fuera, y empezamos a atender a la gente; agua, tilas, lo que necesitaran».

El encargado del Café de la Ópera atendió esa tarde a decenas de medios de comunicación. «El teléfono no dejaba de sonar, eran radios y teles, una locura» mientras en la calle mossos y Guardia Urbana peinaban el Raval en busca del atacante huido entre denuncias contradictorias de tiroteos que después se demostraron falsas.

«De vez en cuando abría la puerta pequeña para ver como seguían las cosas, y la policía me decía, cierra», explica. «Cuando llegué a casa me puse a llorar, no podía parar y me sentía agotado. Al día siguiente fue uno de los mas tristes de mi vida, ninguno queríamos volver a trabajar ese día, Las Ramblas estaban cerradas, pero los jefes quisieron abrir».

Los efectos económicos

Mani, el dueño de la tiene de Sports Europa, chasquea con disgusto al recordar el día. No quiere hablar de los atentados, pero sí de sus consecuencias para los comerciantes de Las Ramblas. Habla de un 40% de caída de las ventas durante los meses siguientes, espoleado por el 1-O y las huelgas que sucedieron al referéndum y acabaron de asustar a los turistas.

Y señala los locales cerrados desde entonces, la mayoría de objetos de recuerdo, rematados por el auge del top manta que la alcaldesa Ada Colau se niega a combatir. Así lo ve al menos este comerciante de origen paquistaní con 30 años de experiencia en el Raval de Barcelona. «Nunca vimos algo igual».

Todos esos factores han contribuido a su juicio a hacer de Barcelona una ciudad que se aleja de la imagen cosmopolita de otras grandes ciudades europeas como Berlin o Roma. «El turismo ha vuelto, pero no es el turismo de calidad de antes, porque el público con alto poder adquisitivo prefiere destinos seguros» razona.

«El atentado abrió una brecha, y el top manta está ensanchando esa brecha, degradando la imagen de Barcelona, esto no es África para aceptar la permisividad de la alcaldesa Colau», se lamenta.

Raúl también señala los efectos del atentado, aunque en el caso de los locales de restauración los costes económicos han sido menores. No así los emocionales. «Los tres meses siguientes se notó menos gente, ahora se ha recuperado. Te venía gente que te decía que tenía miedo de pasear por las Ramblas, eso es muy chungo».

Luis, empleado de El Corte Inglés de Plaza Cataluña, reconoce también que las ventas han caído en el centro decano de la cadena en Barcelona y apunta al cierre de Sfera, la gran tienda de ropa del grupo en la esquina con Ramblas, como muestra de la caída de las ventas en la zona.

Olvidados por las instituciones

El próximo 17 de agosto, la plaza Cataluña acogerá el acto conmemorativo de los atentados. Un acto con el que las instituciones han querido centrar la atención en las víctimas, conscientes de que la fractura política es demasiado profunda en Cataluña para permitir parlamentos institucionales que ahonden en la división.

Pero los trabajadores de Las Ramblas no han percibido ese apoyo tan anunciado desde el Ayuntamiento. La oferta de apoyo psicológico nunca llegó a esos vecinos que abrieron las puertas de sus locales y atendieron a los asustados paseantes. «Quizá sí que han hablado con Amics de les Rambles para el aniversario, no lo sé, pero aquí no ha venido nadie, y los locales de las Ramblas hicimos mucho» advierte Raúl.

Confía, eso sí, en que el próximo día 17 no se repita la escena de abucheos vividos en la concentración posterior a los atentados, marcada por los abucheos al Rey y a Mariano Rajoy desde grupos independentistas. «La manifestación estuvo muy politizada, fue triste, no tocaba, deberían haber dejado la política al margen».