Política

La longeva y problemática relación entre el independentismo catalán y la Liga Norte

Ambos movimientos han jugado al gato y al ratón durante décadas. Los apoyos al independentismo catalán desde Italia han sido explícitos, pero se han matizado en los últimos tiempos y se reciben con recelo

Diputados de la Liga Norte muestran una estelada en el Parlamento italiano en el año 2014.

Diputados de la Liga Norte muestran una estelada en el Parlamento italiano en el año 2014.

15 de septiembre de 1996. Umberto Bossi, fundador y presidente de la Liga Norte, toma el micrófono en las calles de Venecia. Incide en el discurso habitual de su partido: el sur de Italia es una rémora que empobrece al norte, la mafia campa a sus anchas y es momento de partir el país en dos. Para todo lo que queda de Roma hacia arriba se han inventado una nación imaginaria. Sobre un muelle se arría la bandera italiana, se erige la nueva, padana, y Bossi pronuncia las palabras mágicas: «Nosotros, pueblos de la Padania, solemnemente declaramos: la Padania es una República Federal, independiente y soberana».

La Liga esperaba reunir a dos millones de personas aquel día, pero apenas concentró a 10.000. Exactamente al mismo tiempo Gianfranco Fini, de la Alianza Nacional, había juntado en Milán a más de 100.000 partidarios de la unidad de Italia. La Liga y el experimento de Padania habían hecho un ridículo internacional que unos pocos afortunados habían podido presenciar en directo. Entre ellos Ángel Colom, entonces secretario general de Esquerra Republicana de Catalunya, que había sido invitado al acto por el propio Bossi.

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El asunto tuvo sus coletazos: la autoproclamada independencia se trató de refrendar en una consulta popular en 1997, organizada en puestos callejeros y sin ningún reconocimiento. Los organizadores aseguraron que casi 5 millones de personas habían participado, con un apabullante 97% a favor de la secesión. Aquello derivó incluso en la constitución de un Parlamento padano, que no era más que una representación corpórea de las distintas familias ideológicas que entonces conformaban la Liga, hoy algo más uniforme en sus planteamientos económicos y sociales. A esa suerte de primarias concurrió un joven Matteo Salvini, representante entonces de la facción comunista del partido.

Durante todas aquellas algaradas, utilizadas por la Liga como propaganda política ante la mirada displicente de Roma, el nacionalismo catalán era un aliado natural. En varios de los actos participó Jordi Pujol como presidente de la Generalitat, aunque el líder de Convergència siempre se negó a recibir a Bossi en el Palau. Los nacionalistas del norte de Italia, ya entonces tachados de xenófobos, buscaban relaciones con el independentismo más ultramontano: ERC o sus escisiones.

El propio Bossi viajó a Barcelona para asistir al congreso fundacional del Partit per la Independència, creado por Colom tras dejar ERC acompañado de Pilar Rahola. Fue una aventura corta y desastrosa: el partido fracasó en las municipales y las europeas de 1999, incapaz de alcanzar el 0,5% de los votos en Cataluña. Rahola, que fue candidata a alcaldesa de Barcelona, obtuvo un 0,96% de apoyos. El partido se disolvió inmediatamente, acuciado por las deudas y financiado por Fèlix Millet, como constató la investigación del Caso Palau. Sus integrantes se repartieron posteriormente entre Convergència y Solidaritat Catalana, el partido de Joan Laporta.

Amor no correspondido

Durante más de dos décadas, la relación entre la Lega y el independentismo catalán ha sido tan intensa como tortuosa. Tan deseada desde Italia como habitualmente rechazada desde Barcelona. La izquierda se echó encima de Artur Mas en 2014 cuando el entonces president recibió en su despacho a Roberto Maroni, institución legista que viajó en calidad de presidente de Lombardía. Mas tuvo que recurrir a un artículo en La Repubblica para desmarcarse del partido italiano, asegurando que el nacionalismo catalán, a diferencia del de la Liga, no era «étnico, victimista ni antiespañol».

Salvini se ha fotografiado en infinidad de ocasiones con esteladas y usa la crisis catalana como ariete contra la estabilidad de la Unión Europea

Lo cierto es que esta actitud, percibida desde el norte de Italia como superioridad moral, nunca ha gustado. «Nosotros siempre les hemos apoyado, pero ellos no siempre nos han devuelto el favor», lamentaba el pasado año en El Confidencial Giancarlo Giorgetti, uno de los colaboradores más estrechos de Salvini. Pese a todo, en estas últimas dos décadas diputados de la Liga Norte han mostrado esteladas en el Parlamento italiano o en el Parlamento Europeo, y han hecho suya la causa catalana en multitud de ocasiones. No tanto por confraternidad independentista -el secesionismo padano ya no existe y se ha reconvertido en un federalismo clásico que busca aumentar competencias-, sino por lo que representa como factor de desestabilización dentro de la Unión Europea.

«Arrestar por motivos políticos a un representante del pueblo, como ha sucedido hoy con el expresidente catalán Puigdemont, es inaceptable. Los problemas se resuelven con el diálogo y el respeto a la voluntad de los ciudadanos, no con esposas», declaró el propio Salvini el pasado mes de marzo cuando Carles Puigdemont fue detenido en Alemania. El 1-O fue más duro todavía y se refirió a las cargas policiales como la «vergüenza» de Europa, objetivo fetiche: «Aplican sanciones contra Putin pero dejan apalear a gente en las calles». En la prensa transalpina llegó a proponer una mediación de Vladimir Putin.

Miembros del partido de Salvini estarán este martes en la Diada Nacional Catalana, invitados por el partido ultraderechista SOM Catalans, que ha convidado también al Vlaams Belang belga y a identitarios irlandeses. Han recibido el reproche del independentismo mayoritario, desde el ex dirigente de la CUP David Fernández hasta el diputado del PDeCat en el Congreso Sergi Miquel, que ha reclamado a Salvini que «se quede en casa».

Los díscolos

Pese a que el ahora ministro del Interior italiano acumula un sinfín de instantáneas en las que posa, o directamente viste con esteladas, su nueva posición institucional le obliga a matizar sus posiciones. Lo hacen también los miembros de su partido. Uno de los duros históricos, Roberto Calderoli, decía esto en un reportaje de La Vanguardia hace ahora un año: «Siempre he sido partidario de la autodeterminación, pero a través de métodos democráticos y pacíficos, y respetando la ley. Si tengo un condicionante constitucional que me lo impide, mi objetivo debe ser la negociación para que se modifique esa Constitución».

La Liga, que ya ha borrado el Norte de su nombre porque se ha extendido por todo el país, ahora se conforma con conseguir competencias en educación o sanidad para Milán y sus alrededores. Y hace mofa del déficit fiscal de 16.000 millones que lamenta la Generalitat. «Nosotros tendríamos que hacer una guerra civil», bromeaba el pasado año el lombardo Paolo Grimoldi, que estima el de su región en más de 54.000 millones.

La relación entre los legistas y el independentismo catalán hoy no va más allá del apoyo en genérico al derecho a la autodeterminación. La implicación directa es ya cosa de las juventudes más aventureras y de eurodiputados díscolos e incontrolables como Mario Borghezio, activista habitual en Bruselas, y también invitado al pasado 1-0 como observador del referéndum por el partido identitario SOM Catalans, con el que ha trabado cierta relación pese a su irrelevancia en el panorama político catalán.

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