Los gritos no cejaban. Era el nuevo modo de presionar, de amenazar que en aquellos años había impuesto la izquierda abertzale. Contramanifestaciones o concentraciones que ahora a gritos aspiraban a coaccionar. Los escraches hace tiempo que se inventaron. En Euskadi en junio de 1999 se organizaban ante actos en contra de ETA, eventos de partidos políticos o de plataformas cívicas que condenaban atentados o reclamaban la paz. Aquella mañana de campaña electoral no llovía, sólo caían gritos del cielo. En la Plaza de la Constitución de San Sebastián Odón Elorza había organizado el mitín central del día para revalidar su candidatura a la alcaldía de la capital guipuzcoana.

La plaza estaba casi vacía, apenas un centenar de simpatizantes se disponían a escucharle. Ese 3 de junio de 1999 aún había que tener cierta dosis de valentía para significarse políticamente. Enfrente, el otro público, el otro ‘mitin’. Tras una pancarta reclamando el regreso de los presos a ‘Euskal Herria’, una treintena de jóvenes calentaban la garganta a voz en grito contra los asistentes al acto del PSE donostiarra. Cada vez más alto, cada vez con más odio. Entre unos y otros, entre simpatizantes del PSE y simpatizantes de Euskal Herritarrok, un dispositivo policial con cerca de una docena de agentes antidisturbios de la Ertzaintza.

ETA hacía meses que había declarado una tregua, activa en ese momento. La violencia en Euskadi esos días sólo era verbal, pero flotaba en toda su plenitud en el aire. Ese día a Elorza le había llegado un apoyo solvente desde Cataluña, el ex ministro Ernest Lluch. Debía subir al escenario para glosar las virtudes del candidato a la alcaldía de San Sebastián, pero cuando le entregaron el micrófono para intervenir los gritos subieron de decibelios. El «amigo del pueblo vasco» como luego lo definiría Pasqual Maragall, era persona non grata para los manifestantes situados enfrente.

«¡Gritáis poco!»

Lluch tomo el micrófono. Visiblemente molesto, entre aplausos de los suyos y los gritos de los otros, lo dejó claro: «¡Qué alegría llegar a esta plaza y ver que los que ahora gritan antes mataban! ¡Ahora no matan, no saben que han cambiado las cosas, no saben que ha llegado la libertad y la democracia a este país!, ¡que no se enteran!», proclamó. Los gritos no cejaron. Tampoco la vehemencia de Lluch, «¡gritad más, que gritáis poco!, ¡mientras gritáis no mataréis, esa es buena señal!».

Y después aseguró que era un momento importante el que se estaba viviendo esos días de tregua de ETA. «Estas serán las primeras elecciones en las que no va a ser matado nadie, es un gran mensaje de alegría para este país que nos hemos ganado a pulso». Acertó, en esas elecciones no hubo ningún asesinato de ETA. Pero lo habría pronto, el suyo.

Ocurrió apenas un año y medio después de aquella escena en la Plaza de la Constitución de San Sebastián. La noche del 21 de noviembre de 2000, en el garaje de su casa, dos pistoleros le descerrajaron dos tiros. Estuvo más de una hora desangrándose en el suelo hasta que un vecino lo encontró.

Vínculo con Euskadi

La muerte del ex ministro de Sanidad con Felipe González causó una fuerte conmoción en la sociedad vasca y en especial en la catalana. Su vínculo con el País Vasco, «un enamorado de San Sebastián» y su mensaje de defensa del diálogo para resolver la situación de violencia le convirtió en un símbolo.

En aquellas elecciones, las últimas en las que Lluch participó en Euskadi, el eco de sus palabras, su imagen proclamando la libertad a voz en grito y micrófono en mano, se convirtieron en la síntesis de un periodo de amenaza social. Elorza se impuso una vez más en la cita electoral. Lo hizo con holgura, 9 concejales. Quienes respaldaban a los que aquella mañana de junio se manifestaron frente a él a voz en grito se quedaron mucho más atrás. Euskal Herritarrok obtuvo 5 concejales.