«La gente está harta de pirómanos». «El mensaje que lanzamos es una petición de responsabilidad a PSOE y Podemos». Gabriel Rufián, líder de ERC en el Congreso, se ha erigido en las últimas semanas en la esencia de la responsabilidad conciliadora mientras PSOE y Podemos se despellejan públicamente en la negociación de la investidura. Hace apenas unos meses que Rufián propició, con el «no» de ERC a los presupuestos, el adelanto electoral -más que deseado por Pedro Sánchez- y hace unas semanas los republicanos dinamitaron la operación para que Miquel Iceta presidiera el Senado con una humillante derrota en el Parlament que ni siquiera han infringido nunca a candidatos de PP o Cs.

Pero ahora a Esquerra no le interesa una repetición electoral en otoño, que pondría en cuestión sus propios planes para forzar nuevos comicios en Cataluña. Y Gabriel Rufián ha decidido erigirse en voz de la conciencia de los dos grandes partidos de izquierdas para que apuren los días antes del pleno de investidura y se sienten a negociar. Tan comedido está el republicano en ese empeño, que el martes prescindió incluso del lazo amarillo o chapa similar con la que todos los dirigentes independentistas se identifican religiosamente.

La senda de moderación en la que ha entrado Rufián no solo atañe a las formas. El dirigente republicano está siendo también extremadamente prudente en sus declaraciones públicas durante el proceso de negociación de la investidura de Pedro Sánchez, hasta el extremo de que ayer se negó a descartar cualquier opción tras su segunda reunión con la portavoz socialista, Adriana Lastra. Preguntado por esta opción, Rufián no ha querido descartarla en ningún momento.

«Lo veremos el viernes» insiste, en referencia a la reunión de la ejecutiva republicana en la que el partido de Oriol Junqueras debe decidir su voto a la investidura, pese a que en los círculos republicanos de Barcelona se da por totalmente descartada la opción del «sí» y mantienen sobre la mesa el «no» que llevaría al bloqueo del que el portavoz en el Congreso se ha distanciado desde el primer momento.

La nueva convergencia

«Somos el principal grupo catalán en la Cámara y somos imprescindibles para la gobernabilidad de España» insistía ayer en declaraciones a La Sexta. Rufián tiene claro que para la «nueva convergencia» ya no vale el papel de provocador con el que aterrizó en las Cortes hace tres años, y se está empleando a fondo para convencer a propios y extraños de que puede dejar el papel de mamporrero para asumir el liderazgo de la nueva «minoría catalana» en el Congreso.

Atrás quedan episodios que marcaron la última legislatura, como el día en que acudió al hemiciclo con una impresora, en septiembre de 2017, presentándola como el «cuerpo del delito» del referéndum en ciernes. O el día en que acudió a la comisión de investigación sobre los casos de corrupción en el PP con una camiseta estampada con Rodrigo Rato entrando en prisión. En esa misma comisión, el republicano protagonizó otro incidente con la diputada popular Beatriz Escudero, a la que llamó «palmera».

Aunque los peores encontronazos los ha tenido, sobre todo en los últimos tiempos, con Josep Borrell, auténtica bestia negra del independentismo. Rufián fue expulsado del hemiciclo tras llamar «indigno» y «fascista» al ministro, incidente que acabó con el escupitajo de un diputado de ERC cuando el grupo en bloque abandonaba el hemiciclo.

Con estos antecedentes, y ante la retirada de Joan Tardà como cabeza de filas republicana en Madrid, la dirección de Esquerra escogió a Carolina Telechea, ex socialista, como número dos de la candidatura a las generales con un objetivo muy definido: que actuara de puente con el PSOE y facilitara unas negociaciones que desde Esquerra sabían que serían difíciles, más aún pilotadas por Rufián. En los últimos días, sin embargo, el republicano ha insistido en su cordial relación con Adriana Lastra y ha exhibido su imagen más modosa, aspirando todavía a convertirse en árbitro de la batalla en la que se ha convertido la negociación entre PSOE y Podemos.