El pasado 20 de octubre el Albacete ganó 0-1 en el campo del Fuenlabrada. Marcó Roman Zozulya para decantar un partido por lo demás olvidable. Durante la celebración de su gol, el delantero ucraniano se dirigió a la grada echándose una mano a la oreja y pasando factura por los insultos que había recibido durante el partido. No le gritaban «nazi», como este domingo en Vallecas, sino que se referían a su particular flequillo o le llamaban «Mortadelo». Ahí quedó la cosa.

Lo cierto es que Zozulya lleva años jugando al fútbol en España y sólo ha tenido problemas graves en el campo del Rayo Vallecano, donde es visto como enemigo público número uno por los Bukaneros, que ya consiguieron frenar su llegada como cedido en 2017 tras bucear en su perfil público: el jugador se ha involucrado activamente en el conflicto bélico y político que sacude a Ucrania desde hace años, ha hecho donaciones a grupos de voluntarios de estética ultraderechista, ha bromeado con su parecido con el colaboracionista Stepan Bandera y se fotografió junto a un marcador de baloncesto que reflejaba un 14-88, los números míticos de la simbología nacionalsocialista. Todo eso es obvio y conocido.

El árbitro no podía garantizar la seguridad del jugador, ni asegurar que los insultos no se fueran a convertir en acciones más graves

Era evidente que el recibimiento a Zozulya iba a ser duro en Vallecas. Ni lo habían escondido los propios Bukaneros ni lo desconocían la Policía, el Rayo ni el Albacete, que no cedió a la presión y mantuvo en la convocatoria a su jugador estrella. Los cánticos durante toda la primera parte llevaron a sus compañeros a plantarse y amenazar con no jugar la segunda mitad del partido. El Rayo, cuya presidencia mantiene una guerra abierta y encarnizada contra los radicales, estuvo de acuerdo. El árbitro, al que la comisión específica que seguía el partido no le aseguraba la seguridad de los protagonistas, también.

Del redactado del colegiado se infiere claramente un temor: no se podía saber ni garantizar en qué momento los insultos generalizados podían convertirse en riesgo físico para el jugador o sus compañeros. ¿Qué habría sucedido si Zozulya marca un gol y lo celebra dirigiéndose a la grada? ¿Si se lesiona y le tienen que atender durante minutos junto al fondo de los Bukaneros? Ni Zozulya, ni sus compañeros, ni el Rayo Vallecano ni el árbitro quisieron comprobarlo.

Pese a la utilización política del suceso que no ha tardado en capitalizar Podemos, en materia disciplinaria y de seguridad es irrelevante que el insulto fuera «puto Nazi» o «calvo de mierda». Ni que Zozulya sea o no sea cualquiera de las dos cosas, pese al insistente y repetitivo debate desatado en las redes sociales desde el domingo por la noche. La Asociación de Futbolistas Españoles ha emitido un comunicado este lunes rechazando «cualquier actitud o acto de violencia tanto dentro como fuera del campo» y reclamando «que se actúe con firmeza y que se adopten medidas de carácter disciplinario y preventivo».

Es falso por tanto que el Rayo-Albacete se suspendiese «por llamarle nazi a un nazi». Pero es cierto que infinidad de partidos de fútbol se han seguido disputando en situaciones iguales o peores en el pasado.

Es inverosímil pensar que de aquí en adelante se vayan a suspender todos los partidos en los que se insulte gravemente a un deportista, pero será responsabilidad de los clubes

No hace tanto que el Wanda Metropolitano cantó repetidamente «Griezmann muérete» o «Cristiano violador». La Audiencia Nacional ratificó este verano el cierre del Sánchez Pizjuán por llamar «hijo de puta» a Sergio Ramos. En el Santiago Bernabéu se le ha gritado «negro, cabrón, recoge el algodón» a Wilfred Agbonavbare y sectores de su grada se clausuraron parcialmente en 2014 tras la exhibición de simbología nazi. En el Camp Nou se ha dejado pasar el lanzamiento de objetos de todo tipo a Luis Figo. Mestalla le deseó la muerte al hijo enfermo de Pedja Mijatovic. Los propios Bukaneros han frivolizado en infinidad de ocasiones con el uso de la Goma2 y han mostrado en los aledaños del estadio pancartas de apoyo a Rodrigo Lanza.

Es inverosímil pensar que de aquí en adelante se vayan a suspender todos los partidos en los que se insulte gravemente a un deportista. Pero no será culpa de Javier Tebas, de Luis Rubiales ni del Papa de Roma, sino de los propios jugadores y de los clubes, los únicos con capacidad de presión real para empezar a transformar el ambiente violento y relativamente impune de los estadios de fútbol.

Lo intentó Samuel Eto’o en 2005, cuando amenazó con abandonar el césped de La Romareda ante los continuados insultos racistas que recibió durante el partido. Si en ese momento sus compañeros y su entrenador en el Fútbol Club Barcelona, Frank Rijkaard, se hubieran plantado y respaldado el boicot de su jugador, habríamos tenido precedente desde hace 14 años y no tendríamos que haber esperado a que parte de la grada del Rayo Vallecano le cantara «puto nazi» a Roman Zozulya. Prefirieron calmarle y hacerle seguir jugando. Show must go on.

Que no existan precedentes en el fútbol español no es responsabilidad de Zozulya, ni del Albacete, ni del Rayo Vallecano, sino de los jugadores y clubes que durante décadas han primado el miedo a perder tres puntos sobre la defensa de la integridad de los deportistas, sin los cuales no existirían las aficiones, la pasión ni la industria construida alrededor del deporte profesional.

Tampoco se trata de un debate sobre la libertad de expresión, que no existe en este ámbito. Especialmente para los futbolistas, que reciben una sanción disciplinaria y económica si osan mostrar cualquier mensaje extra futbolístico durante un partido. Da igual que sea una esvástica, un lazo amarillo o una tierna felicitación para su hija recién nacida. La posible injusticia de la norma hace mucho que no se discute, básicamente porque su efectividad a la hora de evitar charlotadas ha quedado más que acreditada.

Hace tiempo que el fútbol evolucionó dentro del campo, de la mano del reglamento y de su aplicación estricta. Fuera, en la grada, sigue avanzando como un gigante con ideologizados pies de barro.