JxCat lleva desde el 22 de diciembre de 2017, al día siguiente de «robarle» la primacía en el bando independentista a ERC en el último momento con la «lista del president Puigdemont», debatiendo cómo redefinir el espacio postconvergente para mantener la primacía en el seno del independentismo. Y un mes después de que Quim Torra anunciara que la legislatura esta agotada, su espacio político sigue bloqueado en el mismo debate, sin aclarar cómo se elaborarán las listas en las próximas elecciones ni quien mandará en ese conglomerado que hoy por hoy solo unifica Carles Puigdemont.

La última propuesta del PDeCat, formalizar una coalición electoral con la Crida, no ha obtenido respuesta todavía de Puigdemont y su entorno, que guardan un «silencio espasmódico» en irónicas palabras de un miembro del partido. Parece improbable que Puigdemont acepte esta propuesta, que dejaría al desnudo la falta de estructura y peso político de su nueva criatura, por contraste con la vieja estructura convergente, una máquina de ganar elecciones durante 40 años. El ex president es el único cartel electoral que permite soñar a los ex convergentes con derrotar de nuevo a Esquerra, favorita según las encuestas, aunque cada vez menos. Y Puigdemont jugará esa carta hasta el final, como hizo en 2017, para intentar que el PDeCat se diluya en JxCat y su nuevo equipo tome el poder definitivamente.

El presidente del PDeCat, David Bonvehí, viajó este martes a Bruselas para intentar avanzar en la fórmula que permitiera definir la cúpula de JxCat como un nuevo partido en el que tuvieran cabida tanto la ex Convergencia como la Crida. Pero el encuentro no fue bien, y desde entonces las reuniones de Bonvehí se han reproducido también el Lledoners, con Jordi Sánchez, para buscar puntos de encuentro que no se han alcanzado. La última propuesta de los post convergentes esa la coalición con la Crida liderada por Jordi Sánchez -bajo auspicios de Puigdemont- en la que se han agrupado los independientes que el ex presidente fugado en Waterloo incorporó a la lista de JxCat de 2017.

Son nombres como el propio Sánchez, Quim Torra, Elsa Artadi, Laura Borràs, Eduard Pujol o Josep Costa, que se han esforzado reiteradamente por mostrar su desprecio del legado convergente y al tiempo que acumulaban peso político en los dos últimos años en detrimento de la estructura ex convergente, básicamente integrada por alcaldes. Nombres rechazados por los cuadros convergentes, que se debaten entre la fidelidad inquebrantable al ex presidente fugado -que se les aparece como el único dirigente capaz de infringir derrotas a España- y el desprecio de sus fieles.

División sobre el techo de gasto

La batalla se ciñe básicamente a la resistencia del PDeCat por entregar todo el poder a la nueva corte de Puigdemont, como pretenden desde la Crida. Poder a la hora de elaborar las próximas listas al Parlament, de la que podrían desaparecer definitivamente los nombres del partido nacionalista. Y también a la hora de definir la línea estratégica, en la que el PDeCat preferiría volver a posturas más posibilistas, mientras Puigdemont y su núcleo duro mantienen la apuesta por la confrontación.

Un ejemplo de esta división se vivió esta semana en el Congreso, cuando el diputado -y secretario de Organización del PDeCat- Ferran Bel, hizo una intervención en el debate sobre el techo de gasto que permitía prever la abstención que el grupo ya había prometido al PSOE. A la hora de votar, sin embargo, la presidenta del grupo, Laura Borràs, impuso el no para dejar en evidencia el solitario apoyo de Esquerra. Pese a que los primeros que estaban pidiendo el voto afirmativo eran los consellers de JxCat que esperan como agua de mayo ese aumento en sus presupuestos.

El ex president será quien tome la decisión final, aún a riesgo de ruptura del PDeCat. Bonvehí controla, como presidente del partido, la estructura territorial que permitió mantener a ralla a Esquerra, especialmente en la Cataluña interior, en las pasadas elecciones municipales. Una estructura que proporciona recursos humanos y económicos imprescindibles. Y la marca JxCat, registrada y propiedad del PDeCat.

El aviso de Perpiñán

En este contexto, el gran mitin de Perpiñán organizado el pasado sábado por el Consell de la República para mayor lucimiento de Puigdemont ha sido leído por muchos no sólo como un castigo a ERC, sino también como un aviso al PDeCat. Una advertencia en forma de demostración de la capacidad movilizadora de Puigdemont, tras la cual ya nadie duda de que él volverá a ser el cabeza de cartel de JxCat en las próximas elecciones autonómicas, con un «número dos efectivo», como avanzó Artur Mas.

Esta vez Puigdemont ya no jugará al equívoco con la posibilidad de su regreso, impensable ahora que ha conseguido la inmunidad como eurodiputado. Pero tras la demostración de poder de movilización del sábado, y después de la victoria electoral conseguida el pasado mayo en las elecciones europeas, en las que derrotó a Oriol Junqueras en su primer «cara a cara» electoral, su nombre es indiscutible a no ser que sea él mismo quien se descarte. Y esa es la carta que jugará Puigdemont, como hizo en 2017, para doblegar la resistencia de la dirección del PDeCat.

El papel de Artur Mas

Tampoco está dispuesto a ceder Jordi Sánchez, pese a los intentos no solo de Bonvehí, sino también del ex presidente Artur Mas, uno de los dirigentes de la ex convergencia que más está remando a favor del entendimiento entre unos y otros para evitar la fractura en JxCat. Una fractura que llevaría al cisma en el PDeCat.

Mas ha visitado no solo a Puigdemont sino también a Jordi Sánchez para intentar acercar posturas y garantizar la unión bajo el paraguas electoral de JxCat, sin éxito hasta ahora. Y descarta oficialmente presentarse como candidato de la ex convergencia en caso de una eventual ruptura de Junts.

Una posibilidad que no descartan los ex dirigentes nacionalistas que en los últimos dos años han encarnado el sector crítico del PDeCat -crítico con Puigdemont- y que ya han abandonado el partido. Un sector representado por Marta Pascal, Carles Campuzano o Lluís Recoder, que flirtean con el grupo de Poblet -El país de demà- y la posibilidad de crear un nuevo partido nacionalista no independentista. Un grupo que está a punto de cerrar un acuerdo con Units, los herederos de Unió Democràtica y que aspiran a recuperar el electorado moderado de la antigua CiU.