«Pandemias como la de la Covid-19 trastocan todas nuestra formas de (con)vivir, especialmente en una crisis sanitaria que es una crisis matrioshka, cubierta por otras crisis como la económica y la ecológica. A este respecto, las emergencias sanitarias van a ser la nueva normalidad». Esta es la tesis de Epidemiocracia (Capitán Swing), el libro del médico Javier Padilla y del epidemiólogo Pedro Gullón, que subrayan en el subtítulo de la obra que «nadie está a salvo si no estamos todos a salvo». El siglo XXI es el siglo de la emergencia perpetua.

Afrontamos una «crisis de civilización», en palabras de la antropóloga y activista Yayo Herrero, autora del prólogo, en un momento histórico que demanda una mirada global. Es la forma en la que abordan la pandemia del coronavirus Padilla y Gullón, miembros del Colectivo Silesia.

Pedro Gulllón y Javier Padilla, autores de ‘Epidemiocracia’.

De ahí el título del libro: «Epidemiocracia», concepto adoptado de Beckfield y Krieger. «Los términos epi+demos+cracia se refieren al estudio de cómo los sistemas y prioridades políticas dan forma a la salud de la población y a la magnitud de las desigualdades en salud», señalan en el texto. Es decir, toda crisis sanitaria ha de abordarse en un contexto social y político. Esta pandemia del coronavirus resulta paradigmática.

Pandemias hubo y habrá. Lo habíamos olvidado porque al llamado Primer Mundo no le afectaba una desde la gripe de 1918 y 1919, la mal llamada gripe española. «El modelo económico y social del siglo XXI hace que haya más porque hay más facilidad para la transmisión de animal a persona y por la forma en que nos movemos por el mundo de forma masiva y a diario», apunta Javier Padilla.

Nuestra forma de vida actual hace posible que en dos semanas una epidemia en una localidad de China, Wuhan, se propague por Europa. Y por todo el mundo, desde Estados Unidos a Sudáfrica pasando por Nueva Zelanda.

Si no cambiamos nuestra dependencia de los viajes y la invasión de los ecosistemas, siempre habrá posibilidad de sufrir más pandemias», dice Pedro Gullón

De modo que la pandemia del coronavirus ni es la primera ni será la última. «Si no cambiamos nuestra dependencia de los viajes y la invasión de los ecosistemas, siempre habrá posibilidad de sufrir más pandemias», sostiene Pedro Gullón, quien realizó su doctorado en el grupo de Epidemiología Social y Cardiovascular de la Universidad de Alcalá de Henares.

«Sabíamos que habría una pandemia de tipo respiratorio, pero los sistemas no estaban preparados para ello», señala Javier Padilla. Solo tenían experiencia los países que sufrieron los embates del SARS como Singapur, Japón, Corea del Sur o algo de China.

Los problemas, a su juicio, a la hora de recabar datos y procesarlos proceden de la carencia de elementos de inteligencia epidemiológica. Mientras no haya vacuna, estemos ante brotes o ante una segunda ola, hay que mantenerse alerta de forma individual. Pero la clave desde el punto de vista sanitario es la atención primaria. «El gran problema lo tenemos en la atención primaria. No se ha reforzado y en lugares como la Comunidad de Madrid está muy debilitada. No podemos empezar a construir la casa por el tejado: más que hospitales necesitamos rastreadores. Esto nos puede pasar factura», añade el médico Javier Padilla.

Su compañero, Pedro Gullón, diferencia los brotes, que no serían negativos si se aisla la cadena de transmisión, de la propagación con casos de origen desconocido. La temible transmisión comunitaria. «Con rastreadores y una sólida atención primaria se podría poner freno a la propagación descontrolada», afirma el epidemiólogo.

Subraya Gullón cómo los brotes de este verano han tenido origen en entornos laborales (muchos trabajos informales en condiciones pésimas), locales cerrados de ocio nocturno y reuniones familiares en espacios también cerrados. «Las terrazas como espacios abiertos tienen un efecto más emocional que real. Habría que tener mucho cuidado con esas reuniones familiares, donde hay abrazos, cercanía, se dejan de lado las mascarillas…», comenta el epidemiólogo.

Retos políticos

En Europa llegamos tarde a la hora de contener la pandemia en su estado inicial. China parecía tan lejana. Como si el mundo no pudiera recorrerse en unas horas. No se vio lo que estaba ocurriendo, y no se supo dar la importancia que tenían los datos que sí que se tenían. Tras unos traspiés en coordinación, la aprobación del Plan de Recuperación, que supone por primera vez la creación de deuda europea, permite cierta esperanza. Supone 390.000 millones a fondo perdido y otros 360.000 en préstamos.

«Europa se juega o ser comunidad o ser competición. Actuar como unidad política o económica, o ser un tren con diferentes clases. Se juega su legitimidad a futuro», destaca Javier Padilla.

Cada país también se juega mucho en esta crisis. «España, como Estado de las autonomías, también afronta un desafío relevante. Hay que repartir fondos y ver cómo establecer mecanismos de cooperación. En un primer momento cada comunidad miró para dentro, como pasó en Europa. Hubo poca consonancia. Hay que crearla», añade este médico especialista en gestión sanitaria y economía de la salud.

El coronavirus no nos iguala a todos

Es falso que el coronavirus afecte de la misma forma a todas las clases sociales. El grado de exposición es mucho mayor cuanto peores sean las condiciones de vida. En muchos países el acceso al agua es un bien del que disfrutan unos pocos. El hacinamiento propicia la propagación del virus. En España han aflorado las infravidas de muchos de los que trabajan en el campo para que tengamos la nevera llena.

Padilla y Gullón hablan de cómo la estratificación social condiciona nuestra exposición al virus. No es lo mismo vivir en un chalé de 200 metros en pareja que en un local en un sótano de 40 metros cuadrados con otras diez personas, que no pueden teletrabajar. La pandemia ha sacado a la luz las desigualdades de clase. La incidencia es mayor en barrios humildes y en sectores dedicados al trabajo informal.

También subrayan cómo las mujeres, que son mayoría entre quienes se dedican al cuidado de otros, corren más riesgo. A eso se suma que, debido al confinamiento, han quedado más expuestas a la violencia doméstica.

Lecciones de la pandemia

Planteamos a los pandemiólogos cuáles son las lecciones de esta megacrisis. Javier Padilla subraya que en primer lugar, hemos de tener en cuenta que «lo improbable puede suceder, con el fin de que no descuidemos ámbitos que no dan beneficio inmediato como la salud pública». También es crucial asumir que para luchar contra una crisis así es crucial la interdependencia: «Cada uno tiene una labor que llevar a cabo para proteger a los demás». Y son los más vulnerables los primeros a quienes hemos de cuidar.

El ingreso mínimo vital tiene mayor impacto sobre la salud que un hospital de pandemias», afirma Javier Padilla

Deberíamos haber aprendido también que lo público ha de revalorizarse: «Está ahí cuando todo lo demás falla», apunta Padilla. Y, sobre todo, la conclusión sería que los problemas de salud no solo son problemas de salud. «Las medidas relacionadas con la política de salud han de ser fortalecidas con otras medidas. El ingreso mínimo vital, aprobado en el Congreso sin votos en contra, tiene mayor impacto sobre la salud que un hospital de pandemias», subraya.

Según Pedro Gullón, desde el punto de vista sanitario, «hemos de fortalecer lo invisible (atención primaria y salud pública) y flexibilizar lo rígido (la parte hospitalaria). No podemos crear camas UCI hasta el infinito, por ejemplo, sino adaptar en caso de demanda».

Desde el punto de vista social, destaca Gullón, cómo se han buscado culpables de la propagación del coronavirus. «Habría que evitar esos relatos en lso que se construye la otredad, ese culpable sobre el que descargamos la responsabilidad de lo ocurriod. Son los mayores y los más jóvenes. Los jóvenes como vectores de contagio, y los mayores, aparcados en residencias».

A su vez, a los niños se les ha negado ser sujetos de Derecho. «Era necesaria una mayor flexibilidad con los menores durante el confinamiento, como permitir los paseos de forma controlada».

Nueva vieja normalidad

La llamada «nueva normalidad» de la que tanto habló el gobierno español, entre otros, se parece a la vieja pero con mascarilla, dicen los autores de Epidemiocracia. Dado que la crisis sanitaria no es más que la punta del iceberg de otras más complejas como la social, económica y, sobre todo, la medioambiental, si no hay cambios en las tendencias, transformaciones profundas de nuestra forma de vida, la emergencia climática nos llevará por delante de forma brusca.

A juicio de Gullón, la buena noticia sería que podemos hacerlo «de forma organizada y socialmente justa». En ese mundo que hemos de (re)construir entre todos los más valiosos son los que se dedican al cuidado de los otros. Sin ellos, nada funciona.

Es hora de replantear nuestra forma de estar en el mundo, si queremos que sea un lugar donde las próximas generaciones pueden disfrutarlo. Es cuestión de defender el derecho a la salud, como plantea Gullón, de una forma amplia, incluyendo el derecho al ocio, donde viajar no sea consumir y desplazarse en medios masivos de transporte, el derecho a lo próximo, el derecho al arraigo… Y muy importante, el derecho a respirar.

El derecho a respirar comprende el derecho a gozar de un aire limpio, el derecho a no llegar ahogado a fin de mes, y el derecho a la asistencia sanitaria», dicen los autores en ‘Epidemiocracia’

«El derecho a respirar podría ser visto como el más amplio de todos, comprendiendo tres acepciones del término, íntimamente relacionadas con los fenómenos vividos en España en el seno dela crisis de Covid-19: el derecho a gozar de un aire que poder inspirar sin que sea un riesgo para la salud, el derecho a no llegar ahogado a fin de mes, esto es, a tener una renta que garantice la subsistencia, más allá de tu nacimiento, herencia o coyunturas laborales, y el derecho a poder recibir asistencia sanitaria adecuada a las necesidades», señalan en el texto.

Evoca ese derecho a respirar el grito de George Floyd, el afroamericano hostigado hasta la muerte por un policía en Minneapolis. «I can’t breathe» (no puedo respirar), su clamor final, se ha convertido en un símbolo del movimiento Black Lives Matter, en defensa de la igualdad racial, y, por qué no, puede serlo de esta crisis del coronavirus. Ya no podemos respirar.