Llega el final de un ciclo electoral que pasará a los libros de Historia de EEUU como diferente y agresivo. Estados Unidos es un país polarizado entre dos grandes visiones, que reflejan las posiciones adoptadas por los candidatos presidenciales. Hillary Clinton y, sobre todo, Donald Trump, han hablado a dos Américas que piensan muy diferente.

Asimismo, en la recta final de la campaña, cuando más atención prestan los votantes, las maquinarias electorales republicana y demócrata han estado marcadas por acontecimientos externos que han contribuido a la confrontación política.

Las denuncias de mujeres a Trump por maltrato, así como el vídeo publicado por el Washington Post a comienzos de octubre, han dominado en gran medida la conversación en torno al candidato republicano, cuyas disculpas a medias no han convencido a nadie.

En cuanto a Clinton, el anuncio del FBI de que investigaba nuevos correos de su servidor privado cuando era Secretaria de Estado ha condicionado los diez últimos días de su campaña. Al menos hasta hace 48 horas, cuando la agencia federal dio a conocer que no había encontrado nueva evidencia de delito y que mantenía la misma opinión que en julio: que su comportamiento no había sido delictivo. Los argumentos de la candidata tampoco han logrado desviar la atención mediática de este asunto, que ha sido su gran talón de Aquiles desde el principio.

Trump: populismo hueco convertido en show

La campaña presidencial ya venía condicionada por unas primarias que fueron diferentes. Sobre todo, en el lado republicano. Contra todo pronóstico, y desafiando las reglas tradicionales, Trump logró la nominación para disgusto del ala moderada del partido.

Lo que parecía un mal viento de los primeros compases de la campaña acabó convirtiéndose en un huracán trumpiano que se llevó por delante a candidatos como Jeb Bush (que partía con el mayor presupuesto); Ted Cruz, senador por Texas (polémico pero con grandes apoyos); y Marco Rubio, senador por Florida y favorito entre los moderados. Algo que Trump ha logrado gracias a su conocimiento del mundo del espectáculo y de la televisión: convirtió las primarias en un reality show, el terreno que mejor domina. Con sus propuestas políticamente incorrectas y sus ataques a los rivales, transformó la aburrida política en espectáculo televisivo, ofreciendo un producto que sedujo a unos votantes cansados del supermercado electoral de siempre.

Su discurso populista, muy radical en cuanto a inmigración, supo conectar con las bases más extremas y enfadadas del partido, que suelen ser las más motivadas a participar en los procesos de primarias en EEUU. Trump ofrecía un cauce al cansancio de la América blanca con menor nivel de estudios, muy castigada en la última década por la crisis económica y la pérdida de empleos en las zonas industriales. Esa población blanca sin estudios es su granero de votos. Prometía mano dura contra los lobbys y denunciaba que el juego político americano está trucado a favor de las élites. Denostaba a la clase política de Washington DC, con un discurso hueco pero que sonaba bien delante de las cámaras y llegaba al votante.

En su esfuerzo por posicionarse como un candidato diferente, rehusó producir anuncios de campaña y financió su operación electoral de su propio bolsillo hasta casi finalizadas las primarias. Pensaba que la cobertura gratuita que los medios le brindaban por ser famoso y polémico sería suficiente. Le sirvió para lograr la nominación pero, presumiblemente, no le bastará hoy en las urnas.

Clinton: una experiencia que no despierta pasiones

Al igual que los moderados republicanos, Hillary Clinton también tuvo que enfrentarse a una ola de insatisfacción entre los demócratas. Sólo que en su caso, salió victoriosa. Ningún peso pesado dentro del partido se atrevió a desafiarla una vez que anunció su candidatura, en la primavera de 2015. Tan solo un senador por Vermont se presentó a la contienda. Con un discurso muy progresista, Bernie Sanders conectó con el electorado más a la izquierda, cansado de políticos tradicionales como la ex senadora quienes, en su opinión, son más amigos de la banca y de los grandes intereses que de los americanos.

Estado tras estado, la amenaza de que Sanders pudiera arrebatarle la nominación a Clinton fue creciendo. Al menos hasta el Super Martes, cuando la ex primera dama logró una serie de valiosas victorias que le pusieron en el camino de una nominación que, en cualquier caso, estuvo disputada hasta mayo de 2016.

El gran acierto de la campaña de Hillary Clinton ha sido dirigirse a hispanos, afroamericanos y todas las minorías, que por primera vez supondrán uno de cada tres votos. Bajo el lema de que una «América donde caben todos es más fuerte» logró proponer una coalición electoral de amplio espectro que hoy puede ser clave. Su campaña desaprovechó, sin embargo, una oportunidad de oro para crear un sentimiento electrizante en torno a la posibilidad de que, por primera vez, América tenga una presidenta.

La animadversión que genera Trump entre los moderados, y la excelente preparación de Clinton para el cargo, facilitan que la ex jefa de la diplomacia de EEUU logre buenos resultados entre votantes indecisos que quieran estabilidad. Pero la ex senadora no ha logrado tampoco sacudirse la losa que le endosan sus rivales, dentro y fuera del partido, de que no es de fiar, y despierta unos niveles de rechazo que resultan llamativos.

Retórica de alto voltaje

En este contexto electoral, llegaron el verano y las convenciones demócrata y republicana. Dos grandes focos de atención mediática que tradicionalmente ponen el broche final a las primarias, cierran las heridas que la pelea dentro del partido ha producido y sirven para que todos se pongan a trabajar en pro de la victoria final en noviembre. Sanders enterró el hacha de guerra y se puso a hacer campaña por Clinton, convenciendo a sus bases de que le apoyen hoy en las urnas.

Esta reconciliación no se produjo en un Partido Republicano sobre el que siempre planeó la amenaza de que los delegados se negaran a apoyar a Trump. Fue nominado, pero buena parte del establishment rompió con él. Desde entonces, el multimillonario afrontó una campaña sin demasiados respaldos. Así, mientras Clinton ha contado con el favor de los primeros espadas demócratas (Sanders, el propio Bill Clinton, Barack y Michelle Obama y Joe Biden), Trump ha tenido a su lado a su candidato a vicepresidente, Mike Pence, y a muy pocos líderes republicanos.

En septiembre comenzaron los debates televisivos entre Clinton y Trump, que rápidamente se tornaron agresivos. El empresario neoyorquino sacó a relucir la investigación del FBI, llegando a prometer que si logra la Presidencia, encarcelaría a Hillary. Clinton contraatacó por el flanco débil de Trump, saliendo en defensa de los grupos más humillados por el multimillonario, en especial, las mujeres y los hispanos. El candidato republicano perdió los tres combates televisivos, sin que esto le perjudicara especialmente en unas encuestas en las que, en general, Clinton siempre ha estado por delante.

La polémica de los e-mails privados de Hillary sirvió para estrechar el margen entre ambos candidatos, que han llegado al cierre de campaña muy igualados en los sondeos. En este punto, lo que suceda hoy dependerá en buena medida de los esfuerzos que Clinton y Trump han dedicado al groundgame, esa estrategia sobre el terreno que persigue movilizar a los votantes y animarles a que acudan a las urnas. Un planteamiento en el que de nuevo la candidata demócrata lleva la delantera, ya que ha invertido más tiempo y dinero que su rival. Trump ha dejado este esfuerzo en manos del Partido Republicano, que ha preferido concentrar esfuerzos en ayudar a sus candidatos en la batalla por el Senado, especialmente reñida.

Hoy América vota por dos candidatos que no gustan. Dos candidatos con ideas diametralmente opuestas de cómo debe ser Estados Unidos en el siglo XXI. Si bien es cierto que Hillary tiene un camino mucho más fácil para la victoria, y que la aritmética electoral y la demografía le favorecen, Trump podría dar la sorpresa y ganar, como hizo en las primarias. En menos de 24 horas saldremos de dudas acerca de qué piensa la sociedad, y cuál de las dos propuestas de país logra mayor nivel de apoyo.

David Iglesias es consultor político, especializado en EEUU en GAD3.