Daniel Lacalle es uno de los economistas de moda en España. Y lo sabe. Pero no se envanece por ello. Con un estilo afable y didáctico, con el que es imposible no entenderle, y con paciencia de relojero suizo, va desgranando todas y cada una de las cuestiones que al ciudadano medio le parecían abstrusas pero cuyo conocimiento hoy se ha convertido en imprescindible para andar por el mundo. Sus libros, Viaje a la libertad económica, Acabemos con el paro, Nosotros, los mercados o el más reciente, La gran trampa han sido definitivos para cuantos no somos economistas y necesitábamos para perder el miedo a esta materia y aprender a entenderla… y a quererla.

Pregunta.- Acaba de estrenar el libro La gran trampa, una obra nacida en Estados Unidos, de gran éxito, como todas sus anteriores publicaciones. Tal vez, con un puntito de polémica. Denos algunas claves, para los lectores de El Independiente.

Respuesta.- La clave del libro estriba en que el ciudadano medio, que no tiene por qué ser un experto en economía, se encuentre con una obra rigurosa que le explique de manera inteligible qué es todo esto en lo que está inmerso cuando escucha, por ejemplo, que los bancos centrales ‘están creando dinero’, que los tipos de interés están a cero protagonizando una época en la que… ¡son los más bajos en 3000 años!, que se está inundando de liquidez el mercado y haciendo en suma que los ciudadanos puedan sentirse un poco perdidos. Trato de explicar todo esto, qué cosas son las peligrosas porque los expertos desgraciadamente tienden a ignorar que esta política de los bancos centrales tiene muchos riesgos, pero también aporto soluciones porque ¡no estamos solo para apagar las luces de la fiesta!

P.- Yo he criticado muchas veces a los economistas por aportar muchos diagnósticos y pocas soluciones. Pero reconozco que su libro me gusta mucho porque toca de lleno la terrible situación que hemos vivido en España por inacción de los supervisores y por una cierta irresponsabilidad de las entidades financieras. ¿Qué soluciones ofrece?

R.- La primera es que la decisión sobre los tipos de interés y sobre la cantidad de liquidez que hay en el mercado sea sistemática. Que se base en unos baremos matemáticos que un grupo de personas, por conveniencia política, no se puedan saltar, generando así esas grandes burbujas que hemos padecido. Si se observa con detenimiento, las crisis, las recesiones que se han padecido en Estados Unidos, no se han generado por subir los tipos sino por subirlos demasiado tarde. Aquí se le echó la culpa a Trichet por subir los tipos del 1 al 1,5 %… ¡oh, qué locura! Y el problema insisto, no fue esa irrelevante subida, sino que se produjo demasiado tarde. Y que se había convertido lo que era una burbuja o un problema financiero en algo que ya generaba ondas hacia la mal llamada economía real; es decir, ya afectaba al ciudadano medio.

La segunda es no hablar de cosas en las que el ciudadano sabe que los bancos centrales no tienen nada que ver, generando de paso una pérdida de confianza. La gente sabe, por ejemplo, que el problema del desempleo no tiene nada que ver con la política monetaria. La política monetaria no reduce el desempleo. Es una gran mentira. Cuando se dice: ‘Vamos a gastar 60.000 millones todos los meses comprando bonos’, la gente sabe que eso no es algo que vaya a reducir el paro. Eso es como si nos ponemos todos a cantar para que llueva. Lo que hay que hacer es ajustarse a las cosas que los bancos centrales realmente controlan: qué calidad de crédito se está concediendo, qué tipo de riesgo se está tomando en los mercados… sobre esas cosas si pueden actuar.

Y, por último, también es un libro que contiene recomendaciones para pequeños y medianos inversores. Para que no caigan en la famosa Gran Trampa: A largo plazo todo sube… ¡No! O qué, con tipos bajos, lo que hay que hacer es endeudarse…tampoco. El otro día alguien me decía en una tertulia: ‘Claro, si los tipos suben, los que tienen una hipoteca van a sufrir’. Si alguien me dice que porque a una persona que tiene una hipoteca al 1,9 % se le va a hacer sufrir al subírsela al 2 % pues… vaya clase de hipoteca ha pedido. Vaya clase de riesgo está tomando esa persona. El coste del dinero es algo muy importante como elemento para identificar el riesgo.

P.- ¿Qué se puede hacer para dar un salto más -además de libros como el suyo- a la hora de explicar mejor a los ciudadanos cómo funcionan los mecanismos económicos? ¿Deben los medios hacer un esfuerzo aún mayor para que la gente de la calle no vuelva a caer en trampas como la de las preferentes?

R.- Siempre repetimos que no hay inversión que no tenga riesgo. Sentado esto, creo que los medios de comunicación no tienen que hacer pedagogía, pero sí acercar la información a los ciudadanos. Y de ellos, posteriormente, debe venir el interés por informarse correctamente y por buscar informaciones contrastadas con las que formarse una opinión propia. Los medios en España sí atienden a estas cuestiones; la difusión de mi libro, por ejemplo, es una prueba. Y nadie puede decir que no se ha enterado de estas cuestiones. Pero luego, lo que hay que hacer es considerar que la inversión de los propios ahorros es como comprarse un vehículo o una casa. Cuando nos planteamos estas dos decisiones hacemos una cantidad tremenda de análisis, de comparaciones, de números… los españoles somos insuperables en eso. ¡Mis compañeros de trabajo saben de coches más que nadie! Pero cuando se trata de invertir en bolsa… ‘¡Ay…es que me lo ha dicho el del banco, es que me lo ha dicho no sé quién…!’

P.- ¿Cómo ve una hipotética independencia de Cataluña?

R.- El problema es que no hay posibilidad de que una independencia de Cataluña sea un evento positivo. El problema es que es una idea de independencia basada en el privilegio. Es como cuando un adolescente se independiza, pero va a comer y a lavar la ropa a casa de sus padres. Lo que en EEUU llaman ‘un pisito de soltero’. Resulta que esa independencia está basada en que la política fiscal va a estar dictada por la UE, la política monetaria va a estar dictada por la UE, el déficit va a venir dictado por la UE, la política comercial va a venir dictada por la UE y las pensiones y la deuda contraída hasta ahora… ¡la va a garantizar el Estado español! Eso no es independencia, sino un ‘pisito de soltero’. No tienen conocimiento alguno del riesgo que hoy conlleva una verdadera independencia. Si hoy viajamos a Estonia o a Azerbayan, veremos a personas muy mayores trabajando en bares y restaurantes porque se acabaron las pensiones. Deben saber que, una independencia, en sentido romántico, es como una ‘une’. La cuestión es cuánto de la caída de la ‘une’ se está dispuesto a soportar. Y quienes más lo sufrirían son los mayores, por las pensiones y los ahorros y los más jóvenes porque son los que sufren siempre el destrozo que se produce en estos casos a la seguridad jurídica.

P.- Y tras la masiva fuga de empresas, si todo se calma tras el 21-D, ¿podrían regresar y volverse a una senda de crecimiento de nuevo y de normalidad en Cataluña o no? Lo digo porque incluso ya, los propios independentistas, han dejado de hablar de ‘unilateralidad’ y se refieren ya a una posible ‘bilateralidad’.

R.- Depende de que se ponga encima de la mesa un compromiso; que los distintos partidos se comprometan a garantizar la seguridad jurídica, el ordenamiento y unas mínimas garantías también de inversión, entonces se normalizará la situación. Pero si se pone en duda constantemente la seguridad jurídica al servicio de las veleidades políticas de unos u otros, entonces da igual lo que se diga. Oriol Junqueras se fue una vez a la UE y dijo: ‘Si no nos dan lo que queremos, pararemos la economía’… a mí esa persona luego ya, por muchas garantías que me dé, con todo mi cariño, no me lo voy a creer porque la confianza se ha esfumado. Ejemplos que yo he vivido, como el de Quebec o Escocia o Irlanda del Norte demuestran que la cicatriz suele ser duradera.

P.- Respecto al desastre que usted acaba de mencionar en otros países, el de las pensiones, que aquí en España están también desde hace tiempo en tela de juicio, siempre se nos anima a tener hijos como conejos, como si fuera la solución ‘mágica’. ¿Hay alguna otra un poco más científica o sofisticada desde el punto de vista económico?

R.- El problema de las pensiones se puede solventar desde la productividad. Si una economía es muy productiva, lo que se genera es muy superior a lo que se genera por el mero hecho de tener niños porque hay muchos países en África o en Latinoamérica en los que nacen muchísimos niños y sus pensiones no son maravillosas. Yo repito siempre que el problema de las pensiones es ideológico. Tenemos un sistema público de reparto en el que lo que yo genero con mi trabajo sirve para pagar las pensiones de los que hoy están jubilados, no la mía. Como queremos un sistema público de pensiones, y eso no está en cuestión, pues lo mismo que no se cuestiona el gasto en defensa o en educación o en sanidad, porque son parte del presupuesto, igual con las pensiones. Que sean parte del presupuesto y estén garantizadas por él. Si la economía crece y hay más recursos, tendremos más dinero para pagar esas pensiones. Como no se soluciona ni el problema ni el financiero es si nos lo planteamos desde el punto de vista de maximizar el presupuesto. Nadie dice que el sistema de defensa sea insostenible, ¿no?… pues en esto, lo mismo.

P.- Daniel, a pesar de la recuperación económica, España sigue siendo un país maldito a nivel de paro. ¿Por qué no se consigue bajar a niveles decentes la tasa de desempleo?

R.- En España hay dos problemas en este aspecto: uno, es un problema de incentivos perversos y el otro es de cálculo. El primero tiene que ver con la cantidad de ‘desincentivos’ a la contratación. El empresario sabe que contratar es carísimo y muy complicado. No es un problema de despido, sino de coste de contratación.

P.- En otros países, como el mío, Italia, también existe ese problema…

R.- Pero menos, Euprepio. Y como te digo, aquí existe ese segundo problema: el de cálculo. En Italia un jubilado anticipado no está en las listas del paro. Aquí sí. Aquí hay 450.000. Y en Italia un joven que acaba de terminar la carrera, no se apunta directamente al desempleo. Tiene que haber trabajado dos años. Aquí sí se apunta. En Italia, además, si tú rechazas un empleo que te ofrezca la administración sales de la lista del paro automáticamente. En España tampoco ocurre eso. Por tanto, en nuestro país tenemos toda una serie de ‘desincentivos’ poco alentadores. En mi libro, Acabemos con el paro, muestro cómo sería el paro en EEUU si lo midiésemos con los criterios de nuestro país. Y sería… ¡de más de un 11%!

P.- ¿Y por qué no se cambia todo esto?

R.- No es que Rajoy sea masoquista, es que en España tenemos un sistema de contratación basado en eso que se llama la ‘concertación’: sindicatos, empresarios y el Gobierno tienen que acordar las cosas casi por unanimidad y eso es muy difícil. Y luego, tenemos unos juzgados de lo laboral que siempre ponen, por encima de todo, la continuidad del puesto de trabajo de la persona en vez de la sostenibilidad. España es el único país que ha tenido en tres ocasiones más de un 20% de paro en más de veinte trimestres. Tenemos que llegar a un sistema en el que se ponga más acento en la facilidad de contratación. En España, tenemos unas empresas medianas que son muy pequeñas -la mayoría de las Pymes tienen un empleado- y unas grandes que son también muy pequeñas. En Italia, hay muchas más empresas con 50 o 100 empleados, que aquí serían ya casi grandes empresas.

P.- Por tanto, en España hay problemas estructurales que no se solucionan y a los que parece que ningún Gobierno quiere poner remedio… ¿por qué o se hace seriamente?

R.- Porque no se demanda realmente por parte de la sociedad civil. Tendemos a echar la culpa a los políticos, pero los políticos funcionan en base a los estímulos que reciben de la gente. Mire, en el Reino Unido, según Henry Kissinger, a principios de los años 70 parece que estaban ‘condenados a pedir prestado, a mendigar o a robar’. Si los políticos en vez de crear problemas como el del independentismo se dedicaran a solventarlos. En España faltan asociaciones de empresarios, de consumidores, verdaderamente independientes y que no sean brazos encubiertos de la estructura estatal vía subvenciones. En Italia se crean empleos a pesar del Gobierno, y han tenido más que nadie, y tienen unos organismos reguladores que son la bomba. Eso viene de la sociedad civil, no de los políticos. En España, históricamente, siempre nos hemos referido al concepto de colocarnos (risas) que es un concepto químico, pero no pensamos en lo que nosotros podemos crear; ser empresarios, crear puestos de trabajo… hay un miedo al riesgo enorme.

En Italia además no existe esa demonización del fracaso. Allí quien ha tenido dificultades es un ejemplo y aquí creemos que a quien le ha ido bien es porque nunca ha sufrido ninguna caída. Y cuando le va mal, aparece siempre un familiar o un cuñado que le dice: ‘Ya te lo decía yo… tenías que haber hecho una oposición’. Los grandes éxitos siempre vienen acompañados de errores anteriores.

P.- Ha hablado de energía, otro sector muy polémico, porque en España pagamos uno de los precios más caros de Europa, después de Alemania. ¿Qué se puede hacer? ¿Qué culpa tienen el Gobierno y qué culpa las eléctricas?

R.- En España se ha creado un sistema eléctrico similar al de una burbuja inmobiliaria, en el que se construye sin cesar más casas de las que se demandan y en vez de que bajen los precios, estos suben porque hay que pagar las casas que se han construido. Aquí, hace algunas décadas, hubo algunos apagones y nos volvimos todos locos por incrementar la capacidad… luego llegó la revolución verde y a lo que ya sobraba le añadimos energías caras y primadas en las que se pagó demasiado, demasiado pronto. Eso ha dado como resultado una factura en la que el 60% son costes fijos. Cada vez que oigo que el problema es la liberalización siempre respondo que aquí no ha habido ninguna liberalización. El Italia sí la hubo y fue la devastación para grandes compañías como ENEL u otras más pequeñas que tuvieron que fusionarse. Tenemos que introducir mecanismos de competencia… el mercado, que es lo que nunca se ha hecho.

P.- ¿Y la deuda pública? Es otro grave problema de nuestra economía.

R.- Creo que al Gobierno le preocupa mucho. Pero no se puede soplar y sorber a la vez. No podemos reducirla mientras todo el mundo dice que hay que gastar más. No podemos. Italia, por seguir con el ejemplo, tiene el 137%. La idea mágica de que gastando más se reduce la deuda es increíble, pero se lo escuchas a los políticos, a las autonomías… ¡reivindican su derecho al déficit! Por volver al tema de la educación financiera, hasta hace no mucho había gente que no sabía que déficit y deuda son la misma parte de la ecuación. Dicho o cual, llevamos tres años consecutivos en los que el porcentaje de deuda respecto al PIB está bajando, aunque sea del 100 al 98%. No se están haciendo las cosas mal. Téngase en cuenta además que los tipos bajos incentivan el endeudamiento. Mi primera hipoteca me la dieron al 13%, nada menos. Llevamos años con tipos ‘cero’. Si tuviésemos esos tipos del 13, le garantizo que no tendríamos la deuda al 100%  del PIB. Ningún país con unos tipos del 7 u 8%, tiene una deuda superior al 50% de su PIB.

P.- Otro problema que parece irresoluble es el de los paraísos fiscales. ¿Por qué no se eliminan?

R.- Porque no se puede. Y porque los principales beneficiados de estos paraísos son los países desarrollados. ¿De dónde reciben dinero estos paraísos? Principalmente de los países emergentes. ¿Y dónde invierten ese dinero? En deuda pública de los países desarrollados. La realidad es que los paraísos fiscales sirven mucho más a los países desarrollados de lo que se reconoce públicamente. ¿Por qué existen? Mire; abrir una cuenta en Panamá o crear una offshore es carísimo. ¿Por qué se hace? Porque los países desarrollados se han convertido en ‘infiernos fiscales’. Hay que bajar los impuestos, pero sobre todo hay que dejar de penalizar el ahorro y la inversión. La fiscalidad de los países de la OCDE ha estado orientada a penalizar el ahorro. Si la fiscalidad estuviera más orientada al crecimiento, se evitarían estas cosas. Y luego hay que resaltar otra cuestión; deslindar la parte de los paraísos que es delito (origen ilícito del dinero) y la parte que es legal.

Imagínese qué les hubiera pasado a las empresas extranjeras si, por ejemplo, cuando se produce el corralito, en vez de tener su dinero en cuentas offshore lo hubieran tenido en aquel país. Hubieran quebrado. ¿Qué es mejor? ¿Perder capital o tratar de que vuelva al país? Esto debe de planteárselo la OCDE, al igual que han hecho en los EEUU. Con otra fiscalidad, el dinero volvería. Esa es mi opinión. Esas cuentas protegen de que te hagan un corralito, o una devaluación ‘a la zimbaweña’ o de riesgos como lo que estamos viendo en Venezuela.

P.- ¿Y por qué no se hace una ley común para todos?

R.- Porque no hay intereses comunes y sí mucha demagogia. Hay muchos estados de la UE que se benefician de que existan estos paraísos fiscales. Los criticarán como subterfugio para decirte que te tienen que subir los impuestos, pero, insisto, se benefician. Si se coge la lista de los cinco países que más armas venden del mundo, por ejemplo, y en ella hay varios de la UE… pues ya sabremos por qué esto no se modifica. Desde luego quien vende armas al ejército de liberación de, qué se yo, Liberia -estoy poniendo un ejemplo imaginario- no funciona a través de una cuenta de un banco corriente como cualquiera de los nuestros. Esto no funciona así.

P.- Denos para acabar, tres consejos para mejorar la marca España.

R.- Que seamos más conscientes de las bondades de nuestro país. Nos falta marketing. Segundo, convencimiento sobre nuestra capacidad de crecer. Que se apoye más a las empresas en su andadra internacional. Y la tercera es que los jóvenes tienen que salir de España. Aunque aquí se viva muy bien. Fuera se aprende a valorar lo tuyo y lo de los demás.