Los programas de Jordi Évole tenían algo mágico y algo pésimo. Técnicamente eran buenísimos, con un guion excepcional y una fotografía impecable, y no hay duda de que Évole sabía -y sabe- mantener el ritmo y atraer a la audiencia. Pero caía en un error: había excesiva moralina, demasiada pregunta fácil y, sobre todo, llegaba a la conclusión antes de empezar a emitir los primeros segundos de programa. Muchos esperábamos que su vuelta siguiera con el mismo patrón y tengo que reconocer que ha sido sorprendente -para bien- que, en su vuelta este domingo a La Sexta, haya ofrecido una entrevista con bastantes matices al rapero Morad.

Morad era, en principio, el perfecto producto televisivo para Évole: hijo de inmigrantes marroquíes, criado en un barrio con muchas personas en riesgo de exclusión social (La Florida, en Hospitalet de Llobregat), a su madre le quitaron su custodia cuando tenía 12 años, él acabó en la cárcel de menores y, gracias a que la música se cruzó en su vida, hoy triunfa en Spotify. Sus vídeos reciben visitas récord en Youtube: 21 millones de reproducciones, incluso 35 millones, mucho más que cantantes superventas como C. Tangana o Aitana.

El programa, desde luego, se podría haber hecho solo y, en los primeros minutos, parecía que iba a caer en todos los tópicos de antaño. Jordi Évole apareció al principio al volante de su coche hablando por teléfono con un periodista que le había hablado del rapero: «Cuando en las compañías discográficas los que trabajan son 99% blancos y en los medios de comunicación sólo trabajamos blancos, se entiende que solo se hable de blancos. Pero hay otro mundo. Morad es un ejemplo de alguien que en principio no tendría que estar en el starsystem y se ha colado».

Personaje con muchos matices

Si hubiese seguido por estos derroteros, el programa hubiera sido previsible y, probablemente, banal. Pero Évole empezó a desgranar capas y capas del rapero y ofreció a un personaje con muchos matices y más de un claroscuro.

Primero ofreció al chaval que lo ha pasado realmente mal. Morad nació en Barcelona, pero su madre llegó de Marruecos hace algo más de veinte años acompañada de sus padres (los abuelos de Morad) y otros familiares. Nunca ha conocido a su padre ni quiere saber nada de él. Vivían ocho en una casa de unos cincuenta metros cuadrados -por lo que explicó era una casa okupa- y en una misma habitación dormían cuatro personas. «¿Cómo se organiza eso?», le preguntó Évole. «Con amor y respeto», contestó Morad. «No había comodidades pero había felicidad. Era muy feliz, entonces vivía muy tranquilo». Su madre, a quien él siempre se refiere como una luchadora, limpiaba casas y también un cine donde Morad iba a verla. «La quité de ahí en cuanto pude», afirmó orgulloso.

Évole también ofreció al chaval que vio cómo su madre tenía que sufrir racismo a menudo. Cuando iban al mercado o fuera del mercado, tuvo que aguantar que la insultaran, pero ella no se quejó nunca. Dentro del barrio él no ha tenido que aguantar racismo, pero fuera del barrio sí: «quiero coger el metro, pero no puedo coger el metro. La gente en cuanto me ve coge el bolso, o se aparta, o los vigilantes me dicen que si he perseguido a alguien», explicó.

«No quería ser bueno»

Su madre perdió la custodia cuando él tenía 12 años (en el programa no acabó de explicar el por qué y Évole no entró a preguntar en exceso). Lo metieron interno en un centro de la DGAIA, la Dirección General de Atención a la Infancia y a la Adolescencia. Se fugaba cada dos por tres e intentaba regresar con su madre. La experiencia lo hizo un rebelde: «Allí descubrí que no quería ser bueno», explicó Morad.

Évole podría haber seguido por aquí y la audiencia podría haber sentido verdadera empatía, incluso lástima. Pero –y aquí empezó lo interesante-, le empezó a hacer preguntas más complejas. Al fin y al cabo, Morad tuvo acceso a una buena educación: le dieron una beca para ira a un colegio de pago, de los jesuitas (era el único marroquí). También tuvo buenos ejemplos: su hermano mayor se pasaba todo el día estudiando y ahora es enfermero en un hospital. Hablaba con veneración de su abuelo, a quien parece tenerle un respeto enorme. Un par de profesores se volcaron mucho con él y también una psicóloga que, sin cobrar por ello, iba a verlo cada viernes e incluso le daba cinco euros para que pudiera ir a la cafetería a comprarse «un bocadillo con queso». Es decir: su vida no era fácil, pero tuvo una red de apoyo importante.

Sin embargo, acabó delinquiendo, aunque él explica que la primera vez que lo pillaron no había hecho nada. Lo acusaron de robo con violencia, aunque él negó los hechos. Le metieron tres meses de medidas cautelares. Poco después volvería a entrar en la cárcel, esta vez un año y medio. Esta vez sí reconoció los hechos, aunque dice arrepentirse de lo que hizo. Tiene aún tres juicios pendientes, algunos por robo con intimidación.

El tema de la música también se trata con cierta inteligencia. Puede que empezara de manera totalmente amateur y por pura casualidad (un amigo suyo, un tal Beni, empezó a cantar y le animó a acompañarlo). Sus primeros videoclips se grabaron con un móvil y, a día de hoy, no ha grabado ningún videoclip profesional. Pero no es verdad que nadie se fijara en él: al fin y al cabo, la mismísima Sony le ofreció 60.000 euros por dos álbumes bastante al principio. Él lo rechazó, lo que demuestra que tiene agallas y mucha confianza en sí mismo. Hoy cobra muchísimo más que eso (en el programa dejó entrever que alrededor de un millón de euros al año, entre ganancias por Spotify, Youtube y bolos). No tiene un disco físico, pero da conciertos por toda Europa, en Londres, París, Berlín y Copenhague. Él, que reconoce no haber cotizado en su vida antes, y que incluso tuvo dificultades para abrir una cuenta (ningún banco quería abrírsela), ahora paga religiosamente todos los impuestos que tocan.

Violaciones

Hacia la mitad del programa, Évole preguntó sobre cuestiones políticas. ¿Qué pensaba de los MENAs? «Me da mucha pena lo de los MENAs… Muchas veces lo hacen [llamarlos así] para tapar toda la realidad de la calle: que no hay comida… Lo que más rabia me da es lo de las violaciones. Usan a los MENAs para decir que la culpa de las violaciones son suyas, cuando la mayoría de las violaciones las hacen españoles. ¿Cuál es su relación con mujeres? ¿Por qué en sus videoclips no salen mujeres? «No salen mujeres desnudas», se excusa él. «Las mujeres del barrio salen, pero muchas no quieren».

Lo mas interesante es cuando le preguntan sobre Valtónic y otros casos de raperos, como Hasel, que están en la cárcel por sus letras. Estaba en contra, por supuesto, «pero también que se manifieste gente por ellos cuando por barrios como el mío no se ha manifestado nadie». Además, «ya sabían lo que estaba prohibido. Cuando yo robé, ya sabía que estaba prohibido y asumí las consecuencias».

Fue su momento más auténtico y genuino. Ése y cuando salió con su madre (no se vio la cara de ella): se vio que realmente deben tener una relación profunda y especial y, como dijo varias veces en el programa, para Morad su madre debe ser su auténtica heroína.